Las noches en que el bochorno no nos deja dormir y la calígine penetra en tierra firme empujada por el levante sin que podamos ver a un palmo de nosotros, oigo el ronquido de los barcos fondeados en la Bahía de Algeciras. No diría que fueran ronquidos, más bien se me antojan lamentos, quejas abatidas con las que ruegan a otros barcos que se encuentren franqueando la ensenada que no les endiñe por la amura de estribor o babor. Las pitadas largar y agudas que dan los gigantes del mar, son probablemente una de las cosas que me hace pensar fríamente que a bordo, en las profundidades de sus tripas, hay hombres y mujeres en guardia, al loro, atentos a que otra mole no les mande la hoja de caducidad con la mercancía y todo; claro que esa mercancía pocas veces es grano o cemento, en la mayoría de los casos transportan petróleo, gas, gasolina, gas-oil. Si otra nave les da bien dado y el barco al que abordan está hasta las trancas, pumba, pumba. Llegando antes que el pumba una gran bola de fuego que dilapidaría la niebla y mucho más.
No obstante, la Bahía de Algeciras, además de las señales acústicas y luminosas necesarias, posee una torre de control marítimo que cuenta con un montón de expertos que se lo curran todos los días para que eso no suceda. Son marinos mercantes (capitanes y radiotelegrafistas) que se dejan los ojos hora tras hora en las pantallas de los rádares de los que dispone la torre, incluyendo una buena comunicación entre el centro de control y los barcos que salen o entran en la bahía, los que arriban puerto o los que toman el portante; además de observar las maniobras de carga y descarga que realizan otros buques dentro o fuera de la dársena. De igual modo ocurre con el Centro de Coordinación de Salvamento Marítimo en Tarifa, lo que conocemos como Tarifa tráfico; la diferencia es que éste centro examina el tránsito de buques por el Estrecho de Gibraltar. Están atentos, cada día, de los 240 buques que ponen proa al canal. Al mismo tiempo, amparan el medio marino (no vaya a ser que un barco capitaneado por un cerdo deje sus despojos en nuestras aguas), viven prevenidos las 24 horas para rescatar vidas en caso de naufragio, desorientación, remolque de barcos a la deriva o lo que encarte. Vamos, que si no es por ellos, ocurrirían varias cosas: que nos comería la mierda, que desapareceríamos en un plis-plas en el mar o nos hostiaríamos con otras embarcaciones.
Estos hombres y mujeres (con nombres y apellidos, casados/das, con hijos o sin ellos) se lo curran codo con codo, están perfectamente coordinados y el sentido del trabajo en equipo y el compañerismo lo llevan por bandera. No hay nada que les guste más que la mar, sus gentes y el medio natural que vigilan con buenos ojos. Son profesionales bien entrenados en todos los campos relacionados con el medio en que desempeñan sus labores (hay que tener en cuenta que este organismo no sólo dispone de hombres y mujeres en tierra, sino también en el mar y el aire). Las numerosas embarcaciones y helicópteros repartidos por todo el litoral español, mantienen los sentidos abiertos de par en par para evitar siniestros o socorrerlos, llegando, en la mayoría de los casos, a jugarse sus propias vidas.
Cada año, cuando se aproxima la época estival, en la que los devotos a la mar desempolvan sus embarcaciones, el neopreno y el arpón, lanzan mensajes y consejos que algunos descerebrados se pasan por la guata, sin embargo, ellos nunca bajan la guardia. O sea, que hacen más horas que un reloj, se lo aseguro, y todo para velar por nuestra seguridad y la de los gigantes que cortan cada año nuestras aguas. Por eso, este artículo se lo dedico a estos hombres y mujeres, porque gracias a ellos podemos surcar nuestro mar con total seguridad, siempre que también nosotros seamos responsables y no le perdamos el careto al charco. Así que ya saben: “en calma de mar no creas, por sereno que lo veas”. Buena guardia, Tarifa tráfico. Buena guardia, Algeciras tráfico.
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