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PONIENTE FLOJO & Isaías Bueno

Isaías Bueno.                                   Adiós a una estrella

Los viajes en tren, cuando me desplazo en ellos en la noche, siempre se tornan éxodos tristes para mí, de adioses difíciles de digerir, de dudas también desgarradoras y de soledades muy persistentes que me trasladan a la memoria, al recuerdo. Los apeaderos son fríos, también solitarios aunque estén a rebosar. Cada uno va a lo suyo. Se leen libros mientras se aguarda paciente a que las cintas separadoras del andén y nosotros se plieguen de la mano fiel de ese ferroviario veterano que espera ansioso a que también le llegue su tren (ése que lo llevará al reposo tan esperado: la jubilación). Las salas de espera de las estaciones son  errabundas, la diversidad de transeúntes las hace distintas cada día, y cada noche, como del mismo modo los andenes se convierten en dilatados pasillos que dejan distinguir a multitud de almas solitarias que, arrastradas por la impaciencia, buscan su lugar, su vagón, su encasillamiento.  Igualmente, los olores a hierros oxidados y a pastillas de frenos humeantes, manifiestan el asfixie de la caravana que se deja arrastrar desviviéndose por  las enmohecidas correderas que al estrecharse en el horizonte parecen morir en ese punto. A bordo, los compartimentos bosquejan la estampa misma de la solead y el abatimiento de sus conquistadores, que atisban por las ventanillas cómo los más tardos amplían su forma de caminar para llegar a tiempo de tomar, posiblemente, su último tren, y, quizá, dar sus últimos adioses; ésos adioses acre que los ahoga.

Son los acoplamientos de los raíles, latidos del corazón más duro y viejo. El paisaje agreste de las serranías penetra lóbrego por el rancio cortinaje de la peor manera al tiempo que la fila de cajas metálicas repletas se deja llevar por entre los collados, pero somos ajenos al panorama que apenas percibimos (porque la Estrella viaja sólo de noche) y clavamos nuestra única mirada en las letras del tomo que nos cuenta la historia de un personaje igualmente extraño a tan indecisa vista que se rinde a nosotros como si de un obsequio de la casa se tratara al adquirir nuestro pasaje de ida, sin vuelta. De repente, la delgada luz que sitia nuestro espacio se derrite y deja oír un grito: nos hemos fundido con un túnel oscuro y frío que abuchea su transcurrir por el tiempo y la memoria llena de miedos, de fantasmas lejanos y de ánimas intranquilas; aquellas que nos agarra con sus penas y nos libera cuando el tren se desenfunda ese luto que en un momento dado nos estremeció. Pero más allá permanece otra montaña abierta de par en par con sus foscas y heladas entrañas deseosas de ser penetradas por tanta vida. Luego, otra estación. Y otras vidas y otros sueños o idas sin regresos. Y otros olores y otras esperanzas de volverte a ver. Y un reloj que cuaja la hora advirtiéndote de que todo se esfuma a cada segundo, a cada minuto, a cada hora, cada día que pasa. Una ligera banderola roja se alza y el tren obedece. Se mueve, y desaloja muy despacio el añeja y remota estación que tanta emigración a otra subsistencia ha contemplado quieta, impertérrita. Ahora son dehesas de trigo que renuncian a lucir su amarrillo pues la noche las cubre, negándoles a nuestros ojos, a nuestras retinas húmedas de tanto ardor, tan regio preludio que cuando el sol luce nos brinda. Y más llanuras y más caballeros andantes en la memoria de las mejores obras literarias que las decoraron de amor y recuerdos remotos ya. Y el balanceo no cesa, y la que parece la cuna que una vez ocupamos, nos deja cerrar los ojos para que acompañados de una serena respiración nos amortigüe la remembranza con la que viajamos, cogidos de la mano, para no extraviarnos de ella cuando esta Estrella, que llaman del Estrecho y que transita sólo cuando en las ciudades todos sueñan, muera en el andén del olvido contemplando, al fin, su reposo eterno, porque pronto, y la Estrella lo sabe, será sustituida por otro transporte más rápido, más fugaz, menos romántico, con más luces y glorias, con más idas con sus vueltas y con menos despedidas empapadas. La Estrella del Estrecho, ésa es la estrella de la vida. Del recuerdo. De mi último viaje en tren.

 

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