PUBLICADO 2005
Fue antes de llegar a Zahara de los Atunes cuando me apeé del coche para contemplar una escena campera y nuestra. Era medio día, y bajo aquel sol justiciero que caía sobre el tractor, avivando la chapa del techo, un agricultor agitaba la tierra, aquella que lo vio nacer y puede que algún día morir, para hacerla resurgir de nuevo.
Avanzaba la máquina agrícola lentamente, dejándose mecer entre las zanjas de aquel latifundio que unos meses más tarde daría sus frutos. Aquellos que, con la mano de aquel hombre, y la incondicional ayuda de la ingeniería, alimentarán a buena parte de la comarca. Libraba los últimos metros de finca aquel campesino, cuando dio un ligero volteo al tractor y lo apuntó a la dirección contraria para seguir la senda de la tierra que estaba removiendo. Llegó entonces al otro extremo e imitó la misma maniobra del principio. Así, hasta que se aproximó a la altura de la carretera, cerca de donde yo me encontraba. Abarrotó de semillas un depósito situado en la parte posterior del tractor y emprendió de nuevo la marcha seguido de pajarillos que se nutrían de tan valioso grano. Y así, hasta que aquel semillero se desprendió de toda la simiente.
Junto al único árbol que poblaba el labradío, el agricultor detuvo el vehículo y saltó con destreza del mismo. Tomó una botella de agua y bebió un trago no sin antes haberse descubierto la cabeza, oculta bajo un sombrero de palma. Luego, sacó de la cabina una talega y extrajo de ella una fiambrera, que abrió cuidadosamente para atrapar con la navaja un trozo de comida, el costo, que sin titubeos se llevó a la boca. Al tiempo que masticaba la ración, cortaba un trozo de pan de una telera, y aquel pedazo lo utilizaba para sostener el siguiente pincho de su almuerzo. La estampa la dibujaba aquel hombre, solo, como sola se encontraba, hasta hacía un instante, la sombra del árbol que lo cubría y le proporcionaba aire fresco, casi hasta devolverle el aliento que había perdido sobre las cuatro ruedas que habían cesado de chillar. Imperturbable a mi presencia, el hombre sólo inclinaba la cabeza para tomar de la tartera la comida, y una vez que la alzaba atisbaba a uno y otro lado para distraerse con la retahíla que se traían los perdigones que también habitaban entre el ramaje de aquel árbol o, vaya usted a saber, si para calcular las horas de labranza que aún le debían quedar por delante.
Una vez hubo concluido el refrigerio, limpió y guardó la navaja. Cerró la fiambrera y la introdujo en la talega junto con el pan sobrante y la botella de agua. Todo, fue a parar de nuevo a la cabina del tractor, a la que se subió el agricultor sólo para seleccionar una cinta de casette y volver a la sombra de aquellas nobles hojas que lo envolvían. Se dejó caer sobre la fina arenilla y se cubrió el rostro con el sombrero cuando al poco empezó a sonar aquella selección. Eran fandangos, y miren ustedes la casualidad, que cantaba Paco Toronjo, y aquella letra decía así: Er viento le va quitando/ árboles que en el otoño/ er viento le va quitando/ hojas que en la primavera poco a poco le fue dando/ para que sombra nos diera. El agricultor, tras puesto ya, se dejó llevar por aquel cante maestro que unos pocos privilegiados saben desgranar palabra a palabra para narrar la vida misma, esa que el hortelano y usted, y yo, vamos librando cada día por cada camino y por cada surco, asemejado al rostro de aquel hombre, que franqueamos ansiando en la vereda un árbol como aquel que nos brinde sus brazos sombríos para saciar tanto ardor.
Antes de alejarme y subir al coche, sonó otro cante, esta vez de El Cabrero, que describía el amor que un hombre de campo derrochaba hacia una mujer, quién sabe si inalcanzable del hombre que dormitaba a unos metros de mí. Yo soy viento de la sierra/ tú del campo eres la flor/ ese perfume que encierra te lo voy a robar yo/ pa perfumar toa la tierra. Eres la espiga del trigo/ yo el sol que te da calor/ si te llevan al molino dime a mí quién te cortó pa alimentarse contigo. Ahí queda eso, señores.
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