PUBLICADO 2004
Este artículo me resultó muy difícil de escribir, el motivo quizá respondiera a que las cosas que de verdad emergen del corazón sean las más peliagudas de narrar. Quiero prologar también, y vaya por delante, con mis más sinceras disculpas a usted por entrometerme en sus sentimientos, pero creo que son idénticos a los míos.
No hace mucho publiqué en esta misma sección del diario que sostiene usted en sus manos, “Soledad, no es nombre de mujer”, y créame si le digo que me sentí realmente como el protagonista de aquella historia que pedía a gritos un soplo de compañía, de calor, pero un calor y un acompañamiento muy especial. Solicitaba a los suyos, a su gente, la de toda la vida. El afecto de sus hijos, porque los tenía. El de sus hermanos, porque quizá le quedaban algunos vivos, el de su esposa, ya desaparecida, o incluso el de la sociedad, esa que mira hacia otro lado. De todo, aquel hundimiento ajeno me llegó a lo más profundo. Sin embargo, existe otra soledad que no sé describir y casi ni me atrevo, pero debo hacerlo. Esta soledad se me antojó más cruel, o quizá no, porque todos los desamparos son realmente duros, pero al que me referiré no tiene calificativos ni dedos capaces de pulsar las teclas de un ordenador para contarlo.
El 11 de marzo de este año que nos deja ya, murieron en Madrid, la capital de España, 192 seres humanos a manos de gente a la que no quiero hacer referencia para no manchar nuestra dignidad. En aquellos días fatídicos, los familiares de los que perecieron se sintieron muy arropados, realmente acompañados y repletos de calor humano. El calor de su gente, el de su pueblo, el calor de España. Toda la Nación llamó a sus puertas para llorar con ellos y por los que se fueron. Una España de la que me siento tremendamente orgulloso y en la que nunca me hallaré abandonado. Pero aquella gente… ¿qué les puedo decir yo? ¿Guardar un minuto de silencio antes de comenzar a cerna en noche buena? ¿Unos fuegos de artificios para recordarles? ¿Olvidar? No lo sé. Aquel día a todos y cada uno de nosotros se nos fue un trozo de nuestro corazón, de nuestra alma, de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que seremos. Todos los españoles nos quedamos despoblados, solos. No obstante, había que ser fuertes y mirar al futuro con esperanza. Y eso hicimos al unísono, enfocar nuestra mirada a lo más grande que tiene delante el ser humano: el futuro. Pero, ¿y las familias de las victimas mortales y los heridos? ¿Hacia dónde miran ahora, en estas fechas tan señaladas? Tampoco lo sé, pero quiero creer que adonde apunto yo, y usted: al futuro y al cielo.
De todos modos, basta con que no se halle entre nosotros uno de los nuestros para que todo el conjunto de la familia se sienta vacía, desdichada. Esta navidad va a ser difícil de cargar en nuestros hombros, pero hagamos un pequeño esfuerzo y colguemos de nuestro árbol de navidad un regalo para los que se fueron en ese tren y nunca más volvieron. Envolvamos en el mejor papel que tengamos en casa, un trocito de nuestro amor más sincero para que esa estrella mágica les haga llegar a esa gente inocente todo nuestro calor, todo nuestro cariño y respeto, y hagamos, aunque sea sólo con el pensamiento, que se sientan queridas y nunca olvidadas.
Feliz Navidad.
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