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PONIENTE FLOJO & Isaías Bueno

PUBLICADO 2004

Isaías Bueno.                                           Olor añejo

Para conservar lo auténtico hacen falta muchos medios. Estos, que normalmente son aportados por las instituciones públicas, mantienen algunos lugares populares, monumentos, edificios históricos y toda la parafernalia patrimonial que de algún modo depende o pertenece a nuestro pueblo o ciudad. Sin embargo, hay otros pasajes y garitos monumentales que para sobrevivir necesitan directamente de nosotros, porque las instituciones ahí no tienen nada que hacer, ni nada que rascar. Así, cuando la modernidad nos despelota, se lleva lugares de encuentro y alterne realmente fascinantes, pero nosotros, que a todo eso hacemos caso omiso, nos conformamos con un plagio de lo que fue o pudo ser aquel sitio en su tiempo.

No hace mucho me desplacé a Málaga para cubrir un evento deportivo y lo que encartara, así que estuve subsistiendo —con mucho gusto— en aquella soleada ciudad tres días y, en uno de esos, a la hora del piscolabis, me di el paseo por una de las más concurridas avenidas, la Alameda Principal, y me detuve ante la fachada de la Delegación del Gobierno de la Junta de Andalucía para tratar de averiguar de dónde provenía aquel olor avinagrado que se coló repentinamente por mis fosas nasales. Era levante, deduje por la dirección en la que evocaba el viento y, exactamente, de aquel rumbo emanaba el olor agrio que se hizo más denso  cuando libré los cinco metros que me separaban de un portón remoto  que lucía un rótulo con la leyenda «Bodega Antigua Casa de la Guardia, Fundada en 1840.» Esta bodega, fue creada por José de la Guardia, caballero español que unos años después ostentó el título de Gobernador de Segovia a propuesta de la Reina Isabel II. El cargo obligó a de la Guardia a vender el establecimiento a Enrique Navarro, quien en 1895 lo legó a José Ruiz Luque, que se mantuvo a pie del negocio toda su vida. Cuando sucumbió, sin descendencia en 1932, la fundación pasó a mano de su sobrino, José Garijo Ruiz, convirtiéndose así en el principal incitador de la bodega durante el siglo XX dando a conocer los mejores vinos de Málaga en estado puro. Pues allí me frené en seco y efectivamente, no cabía duda. Me encontraba ante el umbral de una vinatería de ciento sesenta y cuatro castañas que, en un tiempo, fue taberna de  marinos,  de gente de bien y gente de mala sangre. Me zambullí en aquel ambiente porteño y descubrí una autentica máquina del tiempo que me hizo permanecer junto al mostrador varios minutos admirando todo a mi alrededor hasta que una voz tosca me preguntó: « ¿¡Qué va sé!?» Por el vocinglero ambiente rulaban platos de gambas, de conchas finas, banderillas de atún con queso, mejillones, cigalas, búsanos, cañaíllas, colas de langostas, corrucos —como le llamamos aquí—, vasos de vino por doquier y antes, para regar la plaza, botellines de cerveza fría —casi escarchada— que los camareros dejaban a su suerte sobre la antiquísima barra de madera añeja que pringaba de marisco y de años. Miré al frente y vislumbré unas veinte barricas de los mejores vinos malagueños que me avisaron desde dentro cuando yo me encontraba frente a la delegación gubernamental, y leí, casi de corrido, escrito en unas tablillas blancas en el frontal de los toneles: Moscatel Guardia, S.M. Doña Isabel II (Málaga Moscatel Trasañejo), Moscatel Guinda, Pajarete Dulce, Pedro Ximen, Garijo Dulce, Verdiales Cream, Verdiales Seco… ¡Increíble! Del techo colgaba un cable mugriento sujetado a una viga con un cáncamo, con una bombilla y su casquillo de porcelana que centelleaba sólo de noche, de día, el interior quedaba lóbrego como en antaño. «Que qué va séMe preguntó de nuevo el camarero aquel, de porte enjuto y encorvado, de piel lívida que no ha visto nunca el sol de medio día y enfundado en su camisa blanca, de manga corta, estampada de caldos de gambas y los mejores vinos. «Un Pajarete.» Le pedí al fin. Fue hacia la barrica y con medio giro abrió el grifo dejando verter la joya que no les describo, ustedes la catan. Apuntó con tiza, sobre la barra «1». No supe, hasta bien apurado el último trago, de dónde salían los platos de mariscos, porque sobre el mostrador no se veían vitrinas con tapas ni nada que se le pareciera. Pero más allá, junto a una ventana que da a la calle Pastora, un señor alto, peinado hacia atrás con espuma de goma, colocaba delicadamente los crustáceos sobre platos Duralex que ya procuró de ordenar para servir sin parar. Era el marisquero. Fui hacia él y le pedí una de gambas blancas y otra de mejillones. «Ocho euros.» Espetó. Le pagué y fui de nuevo a la barra. «¡Otro Pajarete!» Grité al que me atendió antes, que en aquel preciso instante rellenaba una botella verde de Verdiales Seco, dejándose ver la espuma que producía el vino al caer en el casco. En segundos sirvió el mío.

La degustación  fue lenta porque al tiempo que libraba a la gamba de su armazón, no perdía detalle de las joyas históricas que el local guardaba celosamente colgadas de sus paredes de enfoscado irregular pintadas de color pálido que, además, mostraba páginas de periódicos enmarcadas, amarillentas por el paso del tiempo, y otros documentos gráficos para el recuerdo. A unos metros de mí, apiladas en un rincón, se dejaban ver algunas  garrafas panzudas con un letrero que rezaba: «Garrafas de 8L 6 euros. Vacías —matizó más abajo—.» Del poco testero que se advertía sobre las garrafas, colgaba, en blanco y negro, una litografía de José Ulloa el  “Tragabuches”, un pinta que nació en Arcos de la Frontera el 21 de septiembre de 1781 y que fue torero, después asesino —se llevó por delante a su mujer y al amante de ésta, José el Listillo— y luego bandolero de la cuadrilla los Siete Niños de Ecija, dirigida por Juan Palomo. Al otro lado de mi posición, una especie de taquilla de billetes de autobús improvisaba un  reservado para los más asiduos a la casa, luciendo en su interior una delicada colección embotellada de los mejores caldos malagueños. El flanco derecho del reservado mostraba también recuerdos de hace, al menos, cien años. Fotos de personajes ilustres como el maestro Matías Prat y reconocidos escritores de nuestro tiempo y de otro más lejano, picaores, banderilleros de prestigio. Otras fotos, las situadas más arriba, exhibían los tramos de la Alameda Principal cuando ésta contaba con pocos años, fotos familiares de amigos que por la indumentaria y la calidad del papel fotográfico delataba, calculando por encima, ochenta años, instantáneas de la bodega y sus trabajadores, los primeros coches que debieron circular por las inmediaciones y, haciendo honor a sus años, algunas telarañas que, imagino, no han quitado de en medio por temor a rejuvenecer el local.

Así que les digo, que si frecuentan ustedes los tugurios de toda la vida, estos no se pierden, como ya ha ocurrido en Algeciras con muchas bodeguitas. Los malagueños aún apuestan por lo auténtico y castizo, pero las otras provincias vecinas lo perdieron casi todo. Si el vino es cultura, mantengamos vivas las bodegas que lo arropan, porque de ellas y de nosotros dependen las tradiciones más viejas de la historia. 

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