PUBLICADO 2004
Es reconfortante oír declaraciones de expertos del mundo del cine, con todo lo que la palabra mundo y cine conlleva, aludiendo a nuestro cine, que por fin ha dejado de ser españolado para ser español. Ahora, lo mejor de nuestro arte cinematográfico, ha cruzado el gran charco para mostrar su crecimiento en el enraizado Festival Spanish Cinema Now que se inauguró en Nueva York con la proyección de Te doy mis ojos, de Iciar Bollaín. Además de este título, el festival contará con El séptimo día, de Carlos Saura, Atún y Chocolate, de Pablo Carbonell, Astronautas, de Santi Amoneo, La Pelota Vasca, de Julio Medem, Héctor, de Gracia Querejeta o Nubes de verano, de Felipe Vega entre otras obras como dos de Fernando Fernan Gomez que se exhibirán con motivo de un caluroso homenaje que se le rinde. Como buena noticia acogí por añadidura que este invierno se están proyectando en salas comerciales estadounidenses al menos cinco películas, entre las que se encuentran Mar Adentro y La mala educación, de Alejandro Amenábar y Pedro Almodóvar respectivamente, y todo eso gracias a un público que nada tiene que ver con la opinión que del cine español tenía un buen amigo mío. Un día, muy frío, recuerdo, quisimos ver una peli en las salas de Cine Magallanes y, al leer, cada uno por su lado, la cartelera, me dijo: “ya lo tengo, ésta”, señaló con el dedo. No recuerdo el título pero sí la procedencia, era, para no variar, americana. Yo, que más allá atisbé otra muy distinta la señalé también con el dedo y dije “mejor ésta”, y mi amigo, con ademán chocante, me replicó: “¿Eeeeesssstaaa?” “Pero si esa debe ser un bodrio…”, añadió. “¿Por qué lo sabes si ni siquiera has leído el título u oído hablar de ella?” Inquirí. “Porque todas son iguales: unas españoladas”. Discutimos varios minutos sobre el asunto y le convencí, con la condición de que si no le gustaba lo invitaba al cine cinco veces y yo, con él, vería sus americanadas. Pero para el reto, utilicé el argumento de lo que en producción se llama la pela, o sea, la pasta, el dinero. Los productores no invierten en hacer cine si no ven rentabilidad. Este beneficio se lo aportan el público y los patrocinios. Si los españoles no vemos cine español, los productores dejan de invertir y los patrocinadores de colaborar. Si esto ocurre, los guionistas, directores y actores no tienen nada que hacer, o si hacen lo hacen de muy mala calidad, por tanto, nosotros, al no ver buen producto nos negamos a pagarlo. En cambio, si vemos cine español los productores ganan, y con ellos los patrocinadores, directores, actores y guionistas que se esforzarán cada vez más en fabricar un cine de calidad, que es precisamente lo que está ocurriendo muchos años después de exponer a mi amigo esta cadena industrial. Y ocurre ahora, porque una nueva generación, mucho más sabia que la de antes, apuesta por el cine que se esta haciendo y, con ella, los productores se están implicando de nuevo y arriesgando su pasta.
No obstante, todo esto (me refiero al éxito actual de nuestro cine) no es posible sin nuestra audiencia y sin la colaboración imprescindible del Ministerio de Cultura y sin la participación de las cadenas de televisión de nuestro país, que dicho sea de paso, no se implican lo suficiente, ni unos ni otros, con la industria cinematográfica española. Así pues, les invito a que abandonen de vez en cuando los DVD´s, Internet y los vídeos para ir al cine a conocer nuestras historias, que seguro son mejores que las americanas, y dejemos en manos de los talentos que existen en nuestro país las recaudaciones, que, desde luego, harán que pasemos dos horas de “alu-cine”. Y a propósito de la que disfruté con mi amigo, fue Belle Epoque, de Fernando Trueba, una producción de 1992, mi amigo perdió la apuesta y yo, desde entonces, no me pierdo los estrenos del cine español, sean o no buenas las películas, pero al menos contribuyo a mi cine y con eso me doy por satisfecho.
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