PUBLICADO 2006
A Abdelak lo conocí en Tarifa hace cuatro años. Eran, creo recordar, las cuatro de la madrugada y estaba rodeado de otros inmigrantes que, como él, habían arribado la costa tarifeña siendo luego interceptados por la Guardia Civil, así que fueron trasladados a la Isla de las Palomas y una vez allí se realizaron, por parte de la Cruz Roja de la ciudad campo gibraltareña, los primeros auxilios: ropa para cambiarse, algunas curas, algo de alimentos. Yo franqueé el umbral del que fue en otro tiempo acuartelamiento militar y posé la cámara sobre mi hombro. Al comenzar a grabar, observo que Abdelak se encontraba en perfecto estado y no aterido como los otros, y aquello me llamó la atención, así que fui hasta donde se hallaba y le saqué unos planos. Llamé a mi redactor para que le hiciera unos totales (entrevista corta) y se enrolló bastante bien a pesar de no pronunciar correctamente nuestro idioma, pero Abdelak hizo un esfuerzo y lo consiguió hacer casi rozando la perfección.
Luego de las entrevistas, reanudé mi andadura por la estancia rebosante grabando a otros compañeros de aventura y, al concluir mi tarea, me acerqué a Abdelak y comenzamos a charlar un poco. Me dijo que era la primera vez que cruzaba el Estrecho, “pues vaya suerte la tuya, machote”, le dije. Me anunció que lo volvería a intentar, no se cansaría de hacerlo hasta lograr ver su sueño hecho realidad; a mí me pareció bien, pero no la forma de hacerlo. Viajar en una patera es muy arriesgado. Dicho en otro tono: para venir en patera hay que tenerlos muy bien puestos. Te juegas la vida a cada segundo.
Alrededor de las siete de la mañana, casi despuntando el sol por levante, y tras una larga conversación con Abdekak, nos intercambiamos los teléfonos: él el de su casa en Marruecos y yo el móvil. Todo sobrevino a cuento de un favor que me pidió: “¿puedes llamar a mi casa y decirle a mi madre que mañana estoy devuelta y que no me ha ocurrido nada?” “Por supuesto, Abdelak, faltaría más”, me presté yo. Dicho y hecho. A las doce del medio día, envié las imágenes a Sevilla y Madrid y telefoneé a su familia para despreocuparlos y advertirles, también, como así me lo pidió Abdelak, que el trotamundos saldría en La Primera de TVE a las 14:00, 15:00, 21:00 y 00:00 horas del día en cuestión. Cuando Abdelak atracó de nuevo en su país, me llamó por teléfono para decirme que había sido deportado y todo fue bien.
A los tres días, Abdelak y yo nos volvimos a cruzar. Otra madrugada, a la misma hora que la anterior, me lo veo amoratado de frío acorrucado entre una manta en el puerto de tarifa; otra vez lo habían trincado los picolos. Lo de este chaval era mala suerte y mala leche; aunque peor es morir en el intento. Extrajo del bolsillo trasero de los tejanos chorreando, mi tarjeta. Conversamos largo rato y me contó muchas cosas, una de ellas que tenía novia en Madrid y que su tío, afincado en la capital española, le había encontrado un currelo. Me volvió a solicitar que llamara a su familia para tranquilizarlos y para advertirles que regresaría en cuestión de horas; y que no se olvidaran de conectar La Primera. “Así se lo haré saber, amigo mío”. Nos dimos un abrazo y nos despedimos. “Hola, soy Isaías”, me presenté de nuevo a una prima suya. “¿Quién?” Inquirió ella, no me entendía muy bien. “Isaías, el de la tele”. “Ah, sí, sí. ¿Qué ocurre?” Quiso saber, y le narré el episodio. Pero hubo una tercera y una cuarta vez y en todas coincidimos. Lo que es la vida. En el estudio conservo las grabaciones, y aún hoy me parece mentira: cuatro veces lo pescaron. Lo de Abdelak ya no era mala suerte, sino mala pipa. Este chico era torpe con cojones; pero muy buena persona. Al cabo de unos seis meses después de que lo detuvieran los guardias civiles por cuarta vez, Abdelak me telefoneó desde Marbella para decirme que iba hacia Madrid. Me alegré no saben ustedes cuánto. Pero no habíamos coincidido con la patera, y me dijo que había salido oculto en un ferrys. Ahora disfruta de trabajo, de permiso y de la chorva. Me llamó a hace tres días y si no subo en los próximos meses a Madrid, él bajará en primavera y nos reencontraremos. Ansío la llegada de la estación o viajar a la capital. Quiero abrazarlo. Hace cuatro años que no le veo el pelo. Buen tío Abdelak, sí señor; y con las turma en su sitio.
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