PUBLICADO 2006
Un estudio ha corrido la cortina dejando ver que somos muy embusteros. Bueno, mucho, mucho no, sólo un poquito, pero yo debo llevar miel pegada en el trasero, porque todos se me adhieren. Algunos, compulsivos: esos mentirosos que se creen sus propias ficciones hasta rayar el ridículo (aunque ellos no se cosquen de que hacen el ganso). Otros, los menos, son esa clase de gente que te mienten para salir del paso porque lo has pillado in fraganti; pero también las cuelan.
A los farsantes que conozco, yo los llamaría arrogantes (que lo son además) y pelotas, y mienten por afán de protagonismo y envidia. Dejan ver, por lo general, un ademán rastrero y peligroso, apuñalando a traición a todo aquel que se tropieza (acuchillan con la palabra, claro, para aplastarte). Otros, por añadidura, hasta disponen de unas perfectas dotes para ejercer la envidia; son aquellos que, por antonomasia, unen las dos patologías para encarar la vida de la manera que creen deben hacerlo, pero se equivocan; la envidia y la mentira los envilece. Fíjense hasta dónde llega el lío, que cuanto más años llevan ejerciendo el oficio (porque ciertos personajes también lo hacen para comer y otros para enriquecer sus almas vacías y desnutridas) más fácilmente se las empotran a uno. Y con sagacidad. Conozco a fantasmones que lucen buen porte para fingir, u ocultar, su real estatus, es decir, una altura patatera. Amén de salvaguardar sus tinieblas, su educación y la mala postura a la hora de encarar las cosas, estos fantoches se las ingenian de manera fachosa para endosarnos sus peores actitudes y proteger así su imagen. Pongamos un ejemplo. Si tienen ganas de largar a uno, o quitarlo de en medio hasta otro día (porque le restan protagonismo a ellos), le dicen al vecino algo así como: “ayer se llevó la grúa municipal mi coche de donde lo tienes tú aparcado ahora; vaya morro que tienen”. Entonces, va el fulano cagando leches y se da el piro. Así, de ese modo, le recuerdan al tipo que espabile y se dé el garbeo de una vez.
Son casos corrientes, pero los hay de alucine. Usted, respetable lector, seguro que se ha topado con estos argumentos. Yo, con frecuencia. Cuando no quiero bregar con esta gentuza, pues no habito sus inmundas formas de morar y punto, pero cuesta. Más aún cuando no te los puede quitar de encima.
Hace algo así como un año publiqué aquí mismo un artículo dedicado a dar algunas descripciones para detectar a los envidiosos y llegué (después de consultar a varios expertos en la materia) a la conclusión de que lo mejor que podemos hacer es quitárnoslos de encima y no compartir con ellos ni una mirada al coincidir a la vuelta de la esquina. Pues con los patrañeros ocurre lo mismo, y es que yo (seré muy delicado, no lo sé) no puedo soportar ni a los falsarios ni a los envidiosos (y empléense también estos adjetivos en femenino). Simplemente no los aguanto. Pero me tengo que fastidiar. No me queda otra cuando lo mandan los cánones.
Recuerdo un caso en el que al no disponer el fantasma de las mismas dotes (fíjense qué tontería) de arengar que uno, se propuso el embustero y a la vez envidioso hacer de personaje fastidioso para interrumpir una conversación versada en la que, por ignorancia o lo que fuere, no se atrevía a intervenir; a eso también le llamo desafección y egocentrismo.
Alzar la voz, dicen los especialistas, es otra técnica que explotan a diario los resentidos e hipócritas para ser oídos en todas las estancias, cuantas más mejor. A veces, hasta simulan una sordera desproporcionada para no atender a su interlocutor; otra defensa del animal, o de esta especie animal, cada vez más (gracias a Dios) en peligro de decadencia. Sin embargo, sí disponen de audición cuando el interés los reclama; oír a hurtadillas es su gran afición, les sirve de defensa. Odio a esa gente que está constantemente pergeñando una mentira, fastidiando por envidia y calentando cotarros para avivar fuegos que no son capaces de ahogar del modo que conocemos los que no poseemos su misma mala leche.
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