PUBLICADO 2006
Estaba tumbada boca arriba tomando el sol. Su airosa figura delataba un período de relajación en estado puro y sus ojos cerrados expresaban serenidad. Una respiración lánguida también se advertía teniendo en cuenta los demás elementos que la elevaban. Sobre la arena de la playa, parecía haber recuperado aquello que todos perdemos alguna vez, la libertad.
Lo supe porque al cabo se incorporó. Se ayudó con las manos a levantarse y, una vez erguida, inspiró profundamente. Dejó escapar el aire lentamente como aquello que la dejó ir a ella y avanzó un paso al frente. Un paso tímido, muy corto. Alzó los brazos y luego los situó en cruz, como queriendo dejarse acariciar por el aire que depuraba delicadamente su torso. Elevó la cabeza sacando pecho y mirando al cielo con los ojos nuevamente tupidos volvió a dejar que penetrase en su interior la brisa salada que provenía del sur. Su corta melena revoloteaba con el soplo como pretendiendo formar parte de aquel delicado baño de independencia que aquella tarde se estaba regalando. Sólo en aquel rincón humedecido por el mar quedaba la silueta de una mujer que hizo suya aquella infinita soledad para sentirse la persona más feliz de la Tierra. Aquella última hora, cuando al sol le quedaban unos pocos minutos para dejarnos la visita indeleble de la luna, la mujer aquella, imperturbable, volvió a echarse sobre la arena para extinguir los últimos rayos de luz que del mismo modo la impregnaban de emancipación.
Es cierto que no escrutamos la relajación o la soledad. Es cierto que cuando nos apuramos en encaminar nuestros pasos hacia un lugar remoto lo que ensayamos es unirnos a nuestro entorno, a ese que aún queda virgen, despoblado de gigantes de cemento, de ruidos, de caminos infranqueables, para reencontrarnos con la libertad. Aquella que nos pertenece y que, en estos primeros días de primavera y privilegios naturales que nos da la vida, ansiamos abrazar. Porque en eso consiste: en sentirnos libre. Sueltos. Desnudos de cuanto nos enfundamos quiméricamente y de lo que aspiramos a arrancarnos, quizá, para siempre. Liberarnos de aquello regulado por pautas que rigen nuestra actividad o conductas que nos dicen aquello que debemos o no hacer, e incluso, sentir. No queremos estar solos. Perseguimos ser autónomos, y, para ello, apelamos a la única manera que conoce el hombre para lograrlo aunque sean unos pocos minutos, el aislamiento. Aquello que a veces se nos antoja cruel y que en cambio nos embalsama.
Es cierto desde luego, que el hombre por el hecho de ser libre está condicionado por su propia persona, pero aquella mujer sólo se dejaba conducir por el susurró del mar, el silbido de aquella cálida brisa y por el manto esponjoso que se rendía bajo sus pies. Esta vez, cuando de nuevo se levantó, fue para doblar cuidadosamente la toalla, introducirla en su bolsa arco iris y enfundarse la camiseta, el pantalón, la gorra y la falsa predominante. Sin embargo, no se alejó sin antes rendirse a la orilla del mar para empapar sus manos y luego su rostro. Unos segundos de luz anaranjada también le dijeron adiós, para más tarde desaparecer. Yo permanecí inmóvil unos metros más allá observando cómo libraba anémicamente el último tramo del camino que la arrastraría de nuevo al otro lado de esa frontera fantaseada que separa un mundo de otro. Un estado racional de uno inventado y más limitado que nunca. Atrás quedó pues, la perdurable soledad que, por un tiempo circunscrito, le había otorgado a esa mujer el derecho a ser libre. Porque en primavera, cuando los primeros rayos de sol caen enérgicamente sobre todo cuanto de natural nos rodea, eso es lo que deseamos hacer junto al mar: sentirnos libres. Dijo Che Guevara: “Podrán cortar todas las flores, pero nunca terminarán con la primavera”.
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