PUBLICADO 2006
Corría yo por aquella calle donde me crié cuando llegaba cada tarde el padre de mi amigo Juan Carlos. Moreno, altísimo y de porte no del todo consumido, guardando siempre esa figura elegante, Juan tenía un saludo para todos nosotros y un consejo para su hijo: “Juan Carlos, no corras más, que estás sudando y por la noche te asfixias”. Siempre andaba mi amigo algo delicado de la respiración (decía yo) y cada verano, u otoño, o primavera, sus padres lo llevaban a un sitio que en aquellos años me sonaba a chino, y ahora, a una ciudad de una luz prodigiosa: Torrox. Decían que allí se curaban o calmaban algo los males respiratorios.
Pasaron los años y ya no jugamos con los balones de fútbol, ni con los soldaditos de plástico ni con los coches a escalas, ni con los trenes eléctricos, ni al escondite ni a los Juegos Reunidos Geyper; ni nos obliga nadie a coger por las tardes las Caligrafías Rubio. Ahora mi amigo ya no padece de respiración ni de ninguna otra cosa. Ahora él trabaja y yo también. Ahora no somos niños, ahora somos hombres. Ahora Juan también es amigo mío, ahora puedo tomar café o una copa con él, ahora tengo dos amigos: él y su hijo. Ya jubilado Juan (bastante se lo ha currado en una conocida compañía), evoca momentos de entonces cuando me ve por ahí, o cuando lee un artículo mío en este periódico. Al saludarnos me pregunta: “Isaías, ¿te acuerdas de lo diablillo que eras?” Claro que me acuerdo. Es cierto que yo era un elemento, pero mis vecinos se desternillaban conmigo y aquello avivaba aún más mis ideas encaminadas siempre a hacer alguna travesura. Aún hoy las hago, no crean.
También a nuestro encuentro me informa de que el último artículo publicado se lo ha llevado a mi madre: “Ayer leí tu artículo. Se lo he llevado a tu madre porque me gustó mucho. Hay que ver, parece que fue ayer cuando te veía jugar con Juan Carlos y ahora fíjate, trabajando en la tele y escribiendo”. Bueno, ya saben ustedes que son cosas de la nostalgia lo suyo y de la hipoteca lo mío, o, quizá, como creo que es el caso de Juan, bromas aparte, del cariño, el respeto y la admiración que siente por los demás. Porque Juan es de esos hombres que se visten por los pies, y de los que cada vez van quedando menos, lo crean ustedes o no.
Las tardes noches estivales al fresco también las repasamos. Me decía Juan el otro día que se acordaba de aquellas veladas en las que yo contaba chistes verdes y “pecaminosos” bajo aquellas estrellas que brillaban más y mejor cuando las farolas de la calle, de súbito, dejaban de iluminar, y cuando los azotes que nos dábamos por culpa de los mosquitos nos dejaban la piel rojiza y oliendo al ungüento para ahuyentarlos. Sus ojos aún brillan como antaño. Su tez bronceada y su caminar ahora sosegado, delata que sobre sus hombros cae toda una vida plagada de cosas buenas y menos buenas. De una vida dedicada a los suyos y una existencia, al fin, merecedora de ser invitada a este Poniente Flojo. Porque además de nuestra familia biológica, nuestros vecinos fueron uno más de la ralea, los niños de otros no les eran indiferentes y el contacto diario formaba parte no sólo de la educación de su vástago, sino también de la de los demás. Del mismo modo que antes se tomaba el fresco por las noches veraniegas y ahora no (porque somos menos sociables, más desligados y más indiferentes y déspotas), también antes estábamos más unidos y ahora pasamos tres kilos del vecino del tercero. Sus recuerdos son los míos. Su mirada es la de entonces y su cabello, ahora más ceniciento, me trae a la memoria un camino librado de la mano de los mejores hombres y mujeres de mi barrio, a los que siempre les mostraré mi admiración, cariño y respeto. Y a Juan, al que espero volver a ver muy pronto, le quiero pedir que me siga trayendo cositas de entonces a la memoria, esa que no se debe perder jamás, porque es aquella etapa la que nos hace ser mejores cuando vuelve a nosotros.
0 comentarios