De esto hace ya unos seis meses. Ahora me acuerdo, no sé por qué. Venía yo de Cártama, en la provincia de Málaga. De cubrir el homenaje a un alcalde republicano.
Era de noche. Estaba el cielo despejado, no corría viento (salvo el relativo que producía mi coche al rodar) y cada treinta kilómetros, cuando abría la ventanilla para ventilar el habitáculo y despejarlo, inhalaba el aire puro (que venía mezclado de tierra húmeda) del exterior, que se percibía solitario y bruno, avaro, callado y vacilante (por ser, precisamente, de noche), pero incorrupto. Intacto. Hube de mirar a la derecha porque, de un pueblo lejano, venían destellos de una luz desacostumbrada que acaparó mi atención: el láser de una discoteca. Me dije. Pero no. En nada aquella irradiación auguraba divertimento alguno, sino más bien los reflejos de una advertencia: dos ambulancias, me labré luego.
En un cuarto hora ya me encontraba a la altura del pueblo aquel que antes vi en la lejanía. Aminoré la marcha antes de salvar lo que había presagiado kilómetros atrás. Era un accidente. Pero no un accidente entre dos vehículos, sino un atropello. Y la vi allí tirada. Con las piernas flexionadas, sangrantes. El rostro yacía cubierto y sus sueños rotos como el espejo al que se miró, quizá, hacía tres horas, en el lavabo de alguna pensión de mala muerte, o de buena muerte, según se tercie y para qué se vaya a una pensión, si para morir voluntariamente o para que te maten violentamente, como otras muchas han perecido en plena jornada. Sí, estaba allí tirada, y escribo en femenino porque era una mujer. Una mujer que estaba trabajando en la noche. En esa noche de muertos indecibles que, a pesar del frío, nos dejan ardiendo a los que vislumbramos estas escenas en plena soledad, en plena sombra del miedo y entre esa barrera que separa tu vida de la del otro.
La Guardia Civil me dio el alto porque necesitaba el coche fúnebre espacio para maniobrar. Pregunté y me respondieron: “Era una prostituta de por aquí”. Ya, musité. Y ladeé la cabeza y reparé en el coche que, presuntamente, sin querer, se la había llevado por delante. Al poco, metí la primera, me dejé ir y, desde más allá de la carretera oscura y privada, ésta vez sí, de aire selecto, observé que se aproximaban al lugar del accidente un grupo de cinco prostitutas. Corrían hasta faltarles el aire negro aquel. Dos de ellas, gimoteaban; las otras tres, extenuadas, se iban consumiendo a cada paso que libraban. Claro, me dije. Era una prostituta. Estaba ganándose la vida (para perderla en poco tiempo) y el fulano se la ha llevado por delante. Qué pena, joder, mascullé, meneando la cabeza. Vaya mierda, me indigné. Sola en aquella noche. Donde los noctámbulos se deslizan entre el sonido del saxofón y la ceremonia de la vida y la muerte, y de los recuerdos, de los triunfos y decepciones… Sola en aquella noche, abrigada con un papel frío y muerto como ella. Así ha muerto la meretriz: sola. Pero, ¿por qué? ¿La han atropellado a propósito o fue un descuido? ¿La violaron y luego le dieron la patada arrojándola del coche? ¿Un ajuste de cuentas, quizá? ¿Un asunto de drogas? ¿Tenía hijos y se prostituía para alimentarlos y vestirlos y llevarlos a un colegio porque en este país no hay trabajo para todo el mundo? ¿Se drogaba para soportar el peso de las noches cargantes? ¿Fue alguien del pueblo quien la mató o vino de fuera? ¿Era joven? ¿Qué hacía de día, dormir? ¿Hasta qué hora trabajaba en la carretera? ¿Merecía la pena? ¿Cuántas veces la golpearon y le afearon el rostro en toda su vida? Claro que sí, por apócrifo que parezca, todos nosotros tenemos las respuestas a estas preguntas que, como me hice yo, también se hubiera hecho usted. Sin embargo, una vez aclarado el accidente del que no supe nunca más nada de nada, salvo una esquela en la prensa local que dijo que L.M.N. había perecido atropellada, nadie se manifestó pidiendo seguridad para las putas, ni hubo lugar a quejas de esas que aglomeran a yo no sé cuántos millones de españoles los sábados por la tarde en cualquier ciudad española para exigir lo que sea a cambio de lo que fuera menester. Nadie. Allí quedó la prostituta, la noche, el aire, que luego hedió, las luces y yo, que tiré carretera y manta, manta fría de miedo y de muerte.
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