Blogia
PONIENTE FLOJO & Isaías Bueno

Isaías Bueno.     La columna del abuelo

Hace dos o tres meses publiqué un artículo dedicado a una tarde muy especial que me regaló, además de un artículo, una imagen también muy especial y, por tanto, bellísima. Era la estampa de un abuelo que, asiendo a su nieto de la mano, le mostraba, desde la balaustrada de Getares, el horizonte del mar. Le indicaba algo, quizá los barcos fondeados o los que se dejaban ir más allá, pero al rato, pasando junto a mí el septuagenario y su descendiente, el pequeño preguntó al abuelo si él, algún día, cuando abandonara en la vereda de la vida aquella estatura recortada e ingenua, podría ser también marinero como lo era su padre, a lo que el abuelo respondió que sí. Vi entonces al niño, en aquel preciso momento, pilotando un barco. Con su timón de madera, su bocina, vestido de uniforme y vociferando “¡avante! ¡Atrás! ¡Media! ¡Toda! ¡A estribor!” Y toda esa jerga marinera. El otro día no vi a un nieto, solo vi al abuelo, pero éste, en vez instruirlo, o mejor dicho, instruirla, en la marinería, lo haría, por lo que advertí en su rostro, en la literatura, o en el periodismo de trinchera, ése por el que se descubre la vida más de cerca y del que aprendes muchas cosas, buenas y malas, que te dejan claro que vivimos de puta pena y que hay que andar con pies de plomos y mirando para atrás de vez en cuando por si te la endiñan por la retaguardia.

En los ojos de este abuelo al que me refiero, lo vi claro: cuando mi nieta tenga unos añitos más, le voy a enseñar esto y lo otro, y la voy a llevar a la biblioteca, y a la redacción de un periódico, y le pondré el ordenador para que escriba cosas, y le presentaré a algunos de mis colegas...” Creo que este abuelo ha vuelto a nacer, queridos lectores. Y es joven. Muy joven. Y es que a veces se es abuelo desde muy figurín. Esas cosas pasan. Pero los sentimientos son idénticos. Da igual si se tienen setenta, ochenta o cuarenta y tantos o cincuenta años. Lo mismo da que da lo mismo.

Los abuelos son una historia de amor y fidelidad auténtica, porque alguna vez, cuando los retoños se marchan se quedan huérfanos de hijos. Luego, cuando les dan nietos, vuelven a renacer y a vislumbrar esa maravillosa luz que un día, así porque sí, y porque forma parte de la vida, se apagó. Es entonces cuando se hallan otra vez en el camino y comprenden que sólo fue un apagón como los de las tormentas. Dicen que los padres estamos para educar y los abuelos para deseducar, pero no sé yo si es todo lo contrario. Los abuelos son sabios, y más sabios se vuelven cuando caminan de la mano de sus nietos, porque rememoran, les hacen recordar, escenas tan inocentes como cuando también ellos fueron niños. Y aquellas tardes cuando paseaban con sus hijos cogidos de la mano abriéndoles el camino, despejando de maleza las trochas por las que discurren nuestras vidas, vuelven a ser caminos franqueables que no pudieron de otro modo ser salvados de no ser por esos nietos. Este abuelo que les refiero hoy, es un tanto especial (o al menos lo es para mí). Sabe, siendo primerizo, todo lo que hay que saber sobre nietos. Es increíble. Y todo lo que hay que saber sobre nietos es muy simple: dar amor. Esa es la única lección. Dar amor. Con esa base, luego vienen las emociones, aquellas que te dejan un brillo indecible en los ojos, las que te hacen derramar una lágrima o te brinda un par de musas para dedicarle una columna a tu nieta y no tener capacidad literaria para narrar lo hermoso que es sentirte abuelo y que tu descendiente te pida alguna cosa que acaba de ver, y si no la ha visto tú se la compras y listo. Hay abuelos que no saben cómo funcionan las máquinas esas de las bolas a las que hay que echar un euro, porque cuando sus hijos fueron pequeños no existían tales adelantos, pero sí derrochaban en otras distracciones por las que igualmente se pagaban.

En fin, que da igual pasear con tu nieto un domingo por la tarde o sentarte cómodamente sobre una  roca junto al mar un lunes al sol  para desparramar letras de ternura en el cuaderno del corazón, lo importante es amar, y los abuelos, de eso, vais sobrados.

 

0 comentarios