Descendí del todoterreno para grabar unos planos de aquella vasta y tórrida extensión; bajo mis pies, piedras rojizas y formaciones prehistóricas de arena. Advertí, más allá de mí, mucho más, como a un kilómetro, montículos sabulosos, dunas quizá, que brillaban, como si de migajas de cuarzo se tratara, a la luz del sol incorrecto que arrojaba sus afilados rayos sobre mi cabeza y la de los otros, que también saltaron del 4X4 para tirar algunas fotos. Pero no oí a los compañeros. Quiero decir que, a pesar de encontrarse el grupo a pocos metros de mí, el silencio era total, en el ambiente no se percibían olores y todo aquel paisaje adusto, despropositado e hiriente, se me antojaba un lugar en nada parecido a la Tierra.
Subimos al coche todoterreno y seguimos lo que a todas luces parecía un carril para luego abandonarlo y tomar una dirección (para mí cualquiera, pero para el conductor, nativo, certera) ininteligible que conducía, según el sol, el viento y un médano concreto (nos indicó el chofer), a uno de los campamentos de refugiados: Smara. Pude vislumbrar, nada más despejarse la flama que caía sobre el suelo pedregoso, los techos armoniosos de las jaimas, que lucían varios colores. En las personas reparé más tarde, cuando nos acercamos y detuvo el conductor, del que ahora no recuerdo su nombre, aquella cuna inestable llamada Toyota que todos aclamábamos “todoterreno”. Sin embargo, sí perpetúo la imagen de aquel hombre que, durante once días, además de ser nuestro incondicional chofer y guía de rodaje, fue ilustrador y narrador de historias. Era bajito, de tez muy morena (como corresponde a los hombres y mujeres del Sahara), vestía una camisa a cuadros, pantalón vaquero y calzaba zapatos deportivo traídos de no sé dónde. Uno de los zapatos, el derecho, delataba una forma inusual: el hombre era cojo. Sí, le fallaba la pierna derecha, y, no impidiéndole esa condición saltar del coche o caminar con presteza, tampoco remembrar cómo se quedó en aquel estado. Un balazo, decía, que le dieron los marroquíes cuando los echaron del Sahara Occidental, de su tierra. “Entró por aquí y salió por aquí”, me indicaba, con precisión, el saharaui, apuntando luego el tamaño del proyectil.
El campamento, como les decía, parecía estar abandonado, pero al poco de frenar el coche salieron de las jaimas hombres, mujeres y niños a nuestro encuentro. A partir de ahí, todo fue hospitalidad, un trato sin precedentes y una bondadosa imagen para regalar a nuestras retinas, esas que nunca se desprenden de lo auténtico que, a veces, nos da algún ser humano. Comimos queso y bebimos té. Charlamos largo rato con la familia que nos ofreció su jaima, su hogar, para pernoctar, y nos dimos de cara con la realidad más cruda. Lamentaban depender de la caridad de otros países, como España, para comer, vestir, estudiar u operarle un ojo a un niño. Decían que ellos tenían un pueblo, de donde los expulsaron a tiros, y que clamar su tierra parecía, a los ojos de Marruecos, y de la ONU, y de todos cuantos parecen mirar hacia otro lado, un delito. Se apenaban de cuanto estaban padeciendo por el simple hecho de que nuestro país, España, abandonara un día aquellas tierras africanas desentendiéndose del asunto, y que sólo Argelia había cedido a donarles un pedazo de desierto. Los ojos del conductor del Toyota, que eran oscuros, se tornaron vidriosos y dejaron correr una lágrima que supo disimular. Y yo otra. Y otros, otras. Pero aquella lágrima incontenible no cayó sobre la arena, como dice la rumba de Peret, sino sobre la alfombra coloreada de aquel hogar honrado que me guareció aquella noche. Un hogar sobre el que brillaba un manto de estrellas (algunas fugaces, pero que no conceden deseos, por lo visto) que representaba, cada una de ellas, un albor esperanzador con el que alentar sus corazones sacrificados, que hacen que los ojos brillen como aquellas pequeñas luces que venían del cielo oscuro que, mañana, será azul, y que José Luis Roca supo inmortalizar, con maestría, para hacer llorar en una exposición.
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