Rostro fruncido pintorreado del color de las hojas caducas y perennes de las frondosidades tenebrosas. Manos frías, torso erguido al pasar revista y ligeramente giboso luego, en el campo de batalla. Los ojos parecen de sapos, pues llevan acopladas dos miras: una de ampliación de la visión; la otra, infrarroja, para ver en la noche cargante, para descubrir al enemigo y darle para ir pasando, o sea, para llevárselo a la novia con el pijama de madera. Qué figura. Azules y Reales se llama su regimiento. Lleva casco antibalas (más parecido a una maceta de geranios) y chaleco con la misma finalidad: frenar uno poco el proyectil. El tres cuarto deja ver mil bolsillos repletos de lo necesario para sobrevivir si le da los buenos días, o buenas noches, según se tercie, el enemigo, ese que también lleva los mismos aparejos de muerte que el fulano en cuestión. Las vestiduras son de un verde (ahora en los entrenamientos, luego se tornarán de tonalidad correspondiente al entorno donde se raspen unos a otros) boscoso muy profundo. En los adiestramientos (que en mis tiempos eran maniobras), va siempre disfrazado de matador de hombres y sugieren sus ojos, cuando se los descubre apartando los mecanismos telescópicos esos, la frialdad con la que estaría dispuesto a apretar el gatillo y decirle al de enfrente: o te rinde y te dejas llevar al campamento base para que me den una medalla y a ti por el mismísimo, o te llevo a dar el paseo y acabamos antes. O sea. Claro que, el otro, accede a que le lleven al campamento y le den la manta, el café, el turrón si es Navidad y que le hagan las fotos de rigor mientras deciden, o decide la Casa Blanca o Londres, si lo dejan en libertad (que lo dudo) o lo abren en canal. Como a un gorrino de la mancha. O de aquí, vamos.
Con todo, ahí está el tío. Como su padre cuando las Malvinas, luchando, dice el inglés, por su país, como sus compañeros. “De ninguna manera voy a pasar por Sandhurst para después sentarme en casa con las manos en el culo mientras mis chicos están peleando por su país”, dice, literalmente, el príncipe Enrique, tercero en la línea de sucesión al trono británico. Ahora veo una foto de AP en la que aparece su imagen, camuflada (la que les describía al principio), compaginando su sangre humana con la savia de las florestas más cercanas al campamento de reclutas. Luego la cosa, cuando lleguen a Irak, porque es allí donde va a luchar como un hombretón, cambia mucho, porque como es sabido, en aquellas lejanías el asunto no va de pintorreo de caras, allí como no espabiles te dan para ir pasando. Así que ojito, muchacho. No te dejes llevar por los demás, tú a lo tuyo. Si ve Su Alteza algo que no guste, pin, pin pin, pin. Listo Perico. O zag, zag, zag si es cuerpo a cuerpo. Pero tenga cuidadin, por Dios y la Virgen. Bueno, ya se preocuparan otros de vigilar su retaguardia, pero de momento, ojo que la cosa no es como en los videojuegos. Eso de ataviarse de naturaleza cuando ésta, que pervive serena a los tiempos y se defiende de los intrusos con sabiduría y complicidad sin lanzar granadas de mano, sino manzanas y almendras, sobrepasa los límites de la imaginación de cualquier ser humano antibelicoso que, de ningún modo, imitaría los modos y coloraciones más bellos para engañar a su enemigo y llevárselo por delante. Pero las guerras son así, y así son los que van a ellas para defender no sé qué cosa que no sé quién está haciendo mal y que a unos cuantos que no conozco personalmente no les gusta cómo lo hacen porque ellos lo harían mejor. Es decir, que hay que ir porque la industria armamentística, si no, se va al carajo, y porque los compadres tienen derecho a comer porque para eso apoyaron las campañas electorales. Y si no hay enemigos, me los invento, pero descuida, Marc, que tú ganas dinero como yo me llamo Bush, o Blair, según se mire. Pues nada, muchachote, a dar tiros en Irak, que para eso están las balas y sus compañeros allí. No se quede en casa, como usted dice, sentado. Que haya suerte, Alteza. Un besote, hijo. Cuidadin, que la cosa anda chunguilla por allí. Por cierto, no se lleve el disfraz hitleriano que vistió en aquella famosa fiesta, que allí no mola mucho.
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