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PONIENTE FLOJO & Isaías Bueno

Isaías Bueno.                                    Aroma de amistad

Yo sí que he ganado las elecciones. Lo mejor de la campaña electoral para mí fue verme inmerso en un paisaje único, rodeado de compañeros únicos, comiendo un plato único antes de tocar y cantar temas únicos (previo pago al que nos arrendó la guitarra) y poder desconectar el chip electoral durante unas horas de disertaciones filosóficas que se me antojaron unos pocos minutos. Y es que en todo esto  de los seguimientos de candidatos, ocurre que a veces se abren ventanas por las que vislumbrar un hermosísimo rincón en el que uno se apoya para ventilarse. Al fin y al cabo todos tenemos derecho a un respiro, ¿no?

El marco que enriqueció el entorno fue la Alhambra, y, el copeo, en lo del Tino, por donde (para poner el broche de oro) discurría nervioso un riachuelo que procuraba, además, frescura al ambiente nazarí que de súbito nos habíamos enfundado como quien no quiere la cosa, fue un regalo añadido por el que todos dimos gracias a los dioses. Fandangos canturreó Paco a las notas regias que los dedillos de Lola fabricaban con extrema delicadeza; Juan Giralde, oía sin perder un ápice cuanto nos brindaba la tarde y yo tentaba palmas sordas que daban un punto (aunque a destiempo) de percusión al toque de Lola. Imagínese el panorama.

A veces ocurre que cuando menos se lo espera uno salta la liebre, y aquella tarde del martes pasado fue uno de esos momentos mágicos que te desenredan de las cuerdas que como garras de una fiera te atrapan, te apresan el alma. Aquellas callejuelas del Albaicín nos arrogaron; nos besó el blanco de las fachadas, nos dotó de amor el rojo de los geranios y nos iluminó el sol que de punta caía sobre nosotros agradecidamente. No hay nada más dulce que el beso de un niño, pero convendrán conmigo que tampoco hay nada más tierno que la caricia de Granada. De la antigua Granada árabe que nos ampara cuando la contemplamos prodigiosos con un aire fresco que desmembrara nuestras penas para arrojar los retazos al río del olvido, ese que nos ve crecer y a veces se desternilla con apariencias orgullosas como diciendo ahí te quedas porque yo me renuevo a cada guijarro que libro bajo mi transparencia por momentos fingida. Así permanecimos los cuatro compañeros de fatiga electoral y otras fatigas: teñidos de cuantos colores y perfumes nos concedía, porque sí, Granada. La Granada de los moros. La Granada del cielo azul y la del infierno encendido; abismo ardiente que nos acorrucó cuando las estrellas (que debían salir, y salieron) hicieron brillar el firmamento que de techo adiamantado e inquebrantable sirvió a la Historia escrita en aquellas piedras que una a una formaron el patrimonio de la Humanidad que nos hizo sentir en la piel la misma brizna de suavidad que los pétalos de las rosas que advertimos calle abajo guardaban recelosos. Y al llegar la celada, ésa que  impensadamente nos acechaba para desarreglar cuanto de hermoso  nos habíamos engalanado quiméricamente aquel martes de campaña electoral (acto político que en nada se asemeja a la palabra hermosura), nos desarropamos aquella joya prestada que habíamos lucido con gozo.

El día sucumbió y, entre el almohadón de la memoria, durmió, para siempre, aquella sensación de libertad, amor y conformidad que habíamos aspirado Paco, Lola, Juan y yo dotando nuestros sentidos del más cálido mimo que la Alhambra, la esplendidez más grande del universo, candidata a  Maravilla del Mundo, nos cedió abandonando en nuestro rostro, y en lo más hondo de nuestras almas,  el aroma indisoluble de la amistad.  

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