El otro día, viniendo de Cádiz por la N-340, se estampó un pájaro contra el parabrisas de mi coche. Imagínense el susto. Plafff, se oyó. Un golpe seco. Fulminante. ¡Joder! Exclamé, no de sobresalto, sino de lamento. Y salió el perdigón, atontado, moribundo, revoleado por encima de mi coche y por el que venía detrás. Un Seat, era. Lo conducía una chica, joven. Al mirar por el retrovisor interior advierto que la conductora me hace señales de luces y mueve la boca sin que se percibiera lo que decía, pero el ceño fruncido de la paisana me dijo muchas cosas impropias. Digo yo... Creo que la chica esperaba que detuviese mi vehículo en el arcén y atrapara al pájaro, le hiciera el boca a boca y, si no respondía, llamara al 061. Otra explicación no guardaba las ráfagas de luces y el manejo de labios que se traía ella sola.
Durante todo el tiempo, su coche venía pegado al mío en persecución extraña cuando me percato que la colega se quita el cinturón de seguridad (a cien kilómetros por hora), toma algo del asiento trasero (creo que un móvil) y comienza a hablar más relajadamente. Entonces, ésta vez sí, me dije: compadre, esta te denuncia. Al poco, se me pega más al coche y se asoma por encima del volante dando datos. “Compadre, ésta está cogiendo la matrícula”, balbuceé, creyéndome jodido. Cuando la chica hizo lo que fuese, me adelanta con un cabreo de tres pares de tercios de la Legión y se pierde en el horizonte zigzagueante. A esto que me planto a la altura del cruce de Bolonia, en Tarifa, y me la veo aliviada. Al llegar a su altura, pega un acelerón y, tomando las curvas de la peor manera, observo que se aleja más y más. Creo que no me quería ver el careto. El caso es que, a los pocos minutos, comiéndome el coco como iba, se me ocurre alcanzarla, hacer que detuviera su coche y preguntarle a qué venía el cabreo, pero a los pocos segundos reparé en que aquella no era una manera decorosa de hacerme con información y que, al fin y al cabo, lo del pájaro fue un accidente. Nadie quiere matar un animal por la cara, digo yo, aunque algunos hay por ahí que darían lo que fuera por ello. Luego, ilustré mi imaginación sobre que la chica pudo pensar que lo que sobrevoló su vehículo pudiera ser un objeto que yo, supuestamente, habría lanzado a la vía, y eso me erizó la piel. “¿Mira que si la pájara esta se cree que he tirado algo por la ventanilla y me pone una denuncia?” Me pregunté, sudando. Así, a la altura de Valdevaqueros, me volví a decir: “A esta la paro yo como me llamo Isaías, y me entero de su cabreo”. Pero la dejé ir.
Rebasamos Tarifa y la joven subía con su coche la pendiente haciendo caso omiso a la advertencia del control de velocidad, y fue entonces cuando pensé que huía de mí por temor a que le formara el taco si la Guardia Civil me paraba en la carretera. Menuda película me estaba formando yo solito y menuda multa me veía acoquinando por culpa del puto pájaro (muy a mi pesar) al que torcí la vida libre que llevaba minutos antes. Llegando a Algeciras, comiéndome el coco, decido ir a la Comandancia de la Guardia Civil para avisar del hecho y preguntar si alguien había denunciado mi matrícula, pero era pronto aún, me dijo un guardia de tráfico, y no se podría saber.
Pues con esas llegué a mi casa: un pájaro agónico dejándose las plumas sobre el asfalto, una chica que supuestamente pensó cualquier cosa pero ninguna buena y yo, que con las protuberancias de corbata temo liquidar de la paga de julio la poca viruta que me dejen los impuestos. Me relajé, respiré hondo y recordé, con agobio, algo que el guardia de tráfico añadió al comentario: “...de todos modos, la sanción no sería mucha. Tenga en cuenta que no es un delito grabe arrojar un objeto a la vía sino una falta leve”, etcétera. Ya, dije yo, con cara de jilipollas, preguntándome qué hacía allí informándome sobre una supuesta denuncia de una supuesta progre perteneciente a una supuesta asociación que supuestamente defiende no sé qué. Me quité los zapatos, cerré los ojos, recé por el pájaro una oración, y, si la multa llama a mi puerta, pensé, se la abriré, me acordaré de los familiares de la chica y asunto cerrado.
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