Isaías Bueno. El Mediterráneo se muere
El título de este artículo son palabras que Jacques Cousteau pronunció a finales de los 60. A mí no me sorprende que los ecologistas sostengan que el Mare Nostrum sea el mar más contaminado del mundo. Y no me sorprende porque somos chanchos de cojones los 130 millones de almas que habitamos en sus 46.000 kilómetros de litoral europeo, y si a eso le añadimos que la gran mayoría de pueblos y ciudades costeras no poseen depuradoras y si las tienen no funcionan o lo hacen mal, pues ahí tenemos que el mar Mediterráneo esté de pena. El atún rojo, tan codiciado en todo el planeta, principalmente en Japón, se está yendo a la covacha, a la tortuga boba le quedan dos telediarios, dos Gran Hermano a una especie de delfín, cinco Cámera Café a tres especies de ballenas y poco menos a la calidad del agua, que es de lo más triste que podamos comprobar.
Pero sigamos con las cifras. El mar Mediterráneo refresca tres continentes: Europa, Asia y África. Agrupa a veinte estados con sus 400 millones de habitantes incluidos. Es el mayor destino turístico del mundo y agrupa la mayor biodiversidad de Europa. El 50% del tráfico marítimo del mundo surca sus aguas, en las que desembocan los principales ríos, el 80% de los cuales están contaminados. Un chapú, oiga. Y por si fuera poco, la única salida que tiene el Mediterráneo para depurar sus aguas es el estrecho de Gibraltar, al que por cierto también le hace falta una manita de pintura, o sea.
Como ocurre con todo, los políticos se han estado pasando por el mismísimo forro los veinte años de actuaciones que se han empleado solamente en medir la calidad del agua —nivel de contaminantes y las zonas más afectadas— y en ningún momento en detener la masacre ambiental, es decir, algo así como hacerse el tonto, mirar hacia otro lado o callar bocas. Pero claro, como el mayor nivel de contaminación lo extiende las construcciones incontroladas en las cotas —por lo que hay media España metida en el trullo—, las grandes industrias —que sueltan la tela en los despachos nacarados de algún que otro golfo—, los vertidos de petróleo —que tantas hipotecas paga todos los años— y un larguísimo etcétera, pues luchar contra el mal es, no imposible, una utopía solo alcanzable por el polvo de oro.
Pero lo que viene ahora es la leche. Resulta que ojeo en una página web, al parecer de lo más eco, eco, eco, eco ecologista, una serie de artículos que denuncian las dolencias de nuestro mar y, al pie de la página de uno de los artículos que me pone la piel de gallina con las cifras, leo: “Tu crucero por el Mediterráneo por tan solo 350 euros”. “Ahora tú también puedes disfrutar del Mediterráneo navegando por sus aguas”. “Compra’t Casa a Menorca. Invierteix i Guadeix per 290 €/mes”. Hay que joderse, oiga... Ahora, más abajo, continúa: “Aguas residuales: Construcción y urbanismo, ofrecemos soluciones”. Muá, por esta que es para volverse majareta. Uno dándole a la tecla para concienciar a la peña y resulta que hasta los que publican estos datos se lo pasan todo por los huevos sin compasión. Es, pongamos un ejemplo, como si se diera en las páginas de un diario la noticia de que un hombre dispara tres veces a su pareja y, más abajo, en la publicidad, lee usted: Se venden recortadas a buen precio. Compre aquí la caja de cartuchos para su superpuesta. Machetes afilados por tres euros, y cosas por el estilo.
No obstante, el Mediterráneo se muere y ello ya es una realidad. Este verano, me consta, los ecologistas —honrados— se están dejando la piel en la salinidad del mar para desenterrar misterios, poner denuncias y clamar la atención de los políticos. Nosotros, los veraneantes o bañistas, domingueros o románticos, debemos unirnos a esas protestas si se tercian, y hablemos más del asunto con los amigotes, porque lo de los fichajes del Real Madrid y el Barça ya nos lo sabemos, pero que la mierda nos come, aún no lo alojamos en un lugar muy claro de nuestra retorcida conciencia. Así que pongámonos las pilas y cavilemos sobre ello para que luego no tengamos que ir al médico pidiendo remedio a nuestro mal irreversible. Que es lo que solemos hacer, dicho sea de paso.
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