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PONIENTE FLOJO & Isaías Bueno

Isaías Bueno.                                     La lata amarilla

Es un señor de avanzada edad el que está sentado en un banco metálico, escurridizo, guarecido bajo un techo que desprende flama como la plancha ardiente de una cocina de bar. A esa hora bochornosa, aún  no ha llegado el autobús urbano que llevará al hombre a su barrio. La verdad es que, luego de mirar el señor la hora en su reloj, advierte que lleva esperando el transporte al menos treinta y cinco minutos, y que a esas alturas de la espera aún no tiene claro que por allí pase el de su destino; porque como no hay información alguna en la parada, pues sólo queda perseverar para saber si va a ser víctima de un platón o no. Paciente, mira hacia un lado y otro de la vía y sólo distingue un asfalto infernal y lujosos automóviles con las ventanillas cerradas para que el frío del aire acondicionado no se esfume. Qué lujo, se dice el hombre, corriendo la vista mientras libra el coche la calzada. Sabe, el señor, que posiblemente a él le aguarde también esa recompensa del aire fresco, pero se equivoca en sus elucubraciones, porque los autobuses esos sólo dejan sentir la frescura cuando funciona el aparato refrigerador en algunos de la flota, no en todos.

Al fin, luego de tres cuartos de hora, llega lo que en Canarias llaman guagua y aquí ojú. El señor se pone en pie, y permanece quieto en la arista misma de la acera. El autobús se detiene. ¿Es éste el autobús de la Granja? Le inquiere el señor al conductor de la lata metálica aquella con ruedas. No, le responde el joven chofer de un manojo de hierros casi oxidados. Creo que es el siguiente, oiga, le informa. Y ¿a qué hora pasa? No lo sé, tiene que esperar, es la última respuesta. Y el autobús se pone en marcha envuelto en una humareda negra como los infaustos minutos de los que depende que el hombre viaje o no en ese ruin, obsoleto y denunciable transporte algecireño.  Y hasta aquí mi  relato; ahora, viene la queja.

Me anuncian hace unas semanas que el precio del autobús ha subido; y algunos de sus habituales clientes lo admiten. Lo que no se admite, en absoluto, es que los usuarios tengamos que abonar una cantidad de dinero por un transporte arcaico, de mal aspecto y a veces inseguro. Además de contaminante. El otro día caminaba yo por el Paseo Marítimo de Algeciras y advertí, en el horizonte, una bola cuajada de negrura. Era humo de los autobuses. Sus tubos de escapes deben de estar en mal estado o las revisiones periódicas nos las pasan adecuadamente. El caso es que, los 20 céntimos de más que pagamos, al parecer no solucionan el problema contaminante ni otros. Por ejemplo, que en todas las paradas de Algeciras no haya paneles en el que se nos informe de los horarios y destinos —solo se cuelgan tías buenas comiendo helados, y cosas por el estilo—. Que el conductor te diga que si tu coche no ha llegado; que esperes. Que cuando llegue tu urbano, antes de llegar a tu destino que en media hora hubieses hecho caminando; tardes tres cuartos de hora o más pagando, además, más caro. Que te toque un autobús en el que hagas el viaje escorado porque los amortiguadores están de pena. Estas quejas me las trasmiten los usuarios afines, y yo, en cumplimiento de mi compromiso como articulista u opinante en este diario, le comunico a quien o quienes correspondan lo que sufrimos los ciudadanos de este pueblo. Perdón, ciudad. La ciudad de Algeciras tiene muchas carencias, todas conocidas, pero el transporte urbano es la Biblia en verso. La mayor clientela de esta compañía, C.T.M, son personas mayores que para librar lo que para ellos son largas distancias, dependen de ese bastón a veces pobre. Oí en la radio no hace muchos días, a un señor, no recuerdo ahora exactamente a quién, al parecer responsable de este servicio, que las cosas iban a cambiar con respecto al medio de transporte más cutre que queda en España —como siempre en este pueblo—, pero mientras tanto, debemos seguir pagando un precio insultante para desplazarnos, contaminando el doble que con nuestros coches, en esa lata amarilla que para lo único que de verdad sirve es para la propaganda electoral, esa que viaja fresquita porque va por fuera. Y si los responsables quieren corroborar lo que escribo, que hagan una encuesta —como las de las elecciones—, que ya verán el hostión que se pegan.

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