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PONIENTE FLOJO & Isaías Bueno

Isaías Bueno.                           La arrogancia imperturbable

Nunca me gustaron los arrogantes. No los aguanto. Los esquivo. Procuro pasar el menor tiempo con ellos; y cuando debo tenerlos al lado, me recomen los hígados. De hecho, a todo aquel que he conocido a lo largo de mi vida con esas dotes demoníacas, apenas si le he mirado un par de veces a la cara, y, cuando lo he hecho, ha sido para referirle su más absoluto estado de pobreza interior. Porque se puede ser pobre de muchas cosas; sin embargo, ser pobre de espíritu es realmente triste, patético y, sobre todo, se es un ser enfermo, carente de vida plena. Sé  de algunos, y algunas, que, creyéndose los amos de cuanto le rodean, han caído en la falta de humildad arropándose con la mejor manta que han conocido a lo largo de su vida, esto es, la arrogancia, y, como cabía esperar, se han dado con estrépito contra una pared infranqueable. Ahora toca pagar y mentir: porque ésa es otra; en vez de corregir los errores cometidos, el arrogante falsea la realidad del asunto con tal de salvarse.

La arrogancia no ha sido nunca buena amiga de nadie, excepto de quien o quienes la padecen, y, mucho menos, compañera con la que compartir el arduo trabajo cada día; porque terminas perdiéndolo todo. La arrogancia le lleva a uno a cometer errores tales como amenazar al prójimo para beneficio propio o de unos pocos. La arrogancia te hace olvidar dónde estuviste la última vez y por qué ya no estás; pero ni por esas escarmientas esos pobres. El arrogante, igual que le sucede al envidioso, “es un ingrato que detesta la luz que le alumbra y le calienta”, dijo Víctor Hugo. Y como también apuntó Napoleón, “la envidia es una declaración de inferioridad”, que el arrogante —esto lo anoto yo— hace enaltecer para no ser detectado. El arrogante se mueve en su mundo irreal, y los que estamos en derredor somos su circo.

Esto de la arrogancia tiene para escribir un libro si de veras se conoce a unos cuantos tipos de estos. En el arrogante, por ejemplo, no reside claro que hay que tratar al pequeño como tú quieres que te traten los mayores. Y para concluir el repaso filosófico a los pobres de espíritu, añadiré otra cita: “con buenas palabras se puede negociar, pero para engrandecerse se requieren buenas obras”, al menos eso dijo Lao-tsé.

La arrogancia, consume las fuerzas de quien la practica, haciéndole sentir un impulso inmediato a pisar al de abajo. Ello le lleva, más pronto que tarde, al fracaso. Un consejo esencial en marketing dice: El éxito conduce a la arrogancia y la arrogancia al fracaso. Se dice del marketing, pero podría aplicarse también a la literatura, ¿no? En cambio, el arrogante es servil con el de arriba. Si le está echando un cable al del piso 56 es porque el arrogante pretende algo mucho más a cambio. Si le fallas al arrogante luego de haberte hecho una asistencia, más vale que se diga eso de maricón el último. El arrogante, el soberbio, el desdeñoso, nunca pide perdón; su ego lo impide, y mentir, en tal caso, es cuanto le queda para lavar su mala imagen. El perfil del arrogante es, generalmente, el de un tipo, o tipa, a los que les gustan viajar para inventarse pasados gloriosos, son retadores, o retadoras, buenos oradores, carismáticos, evitan mirarte a los ojos —porque saben que pueden ser delatados— y nunca se arriesgan por nada ni por nadie; lo quieren todo libre de polvo y paja.

George Washington reclamaba ser llamado “Su poderío, el Presidente de los Estados Unidos”; Colón, “Almirante de los Océanos y Virrey de las Indias”; Catalina la grande, “Su Majestad Imperial”. Al prenda que tengo más cerca, ¿cómo le llamaría yo? ¿Ilustrísimo Señor de las Artes y las Letras? Mejor le doy un consejo al arrogante: “El secreto de la sabiduría, del poder y del conocimiento es la humildad”, dijo Ernest Hemingway. Éste sí que es un ilustre de las letras.

      

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