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PONIENTE FLOJO & Isaías Bueno

Isaías Bueno.                              Inseguridad en la Bahía

Ya van dos hostiones de tres pares en lo que va de año. Pero este último hundimiento —o parcial hundimiento— quedará repartido entre Gibraltar y España, para que no todo el marrón nos lo comamos nosotros, a veces hay que compartir, como buenos hermanos. Con todo, en la Bahía de Algeciras, creo, no estamos seguros. Salga el sol por donde salga. Si en vez de colisionar un petrolero contra un chatarrero son dos petroleros los que se hostian, se mea la perra. Pero como en este país, especialmente en esta zona, nos la suda todo esto y no pedimos responsabilidades porque nos la pelan de igual modo las cuestiones del mar y lo de los siniestros nos la trae al pairo, como también pasamos tres kilos que los que deben controlar la Bahía no controlen, pues ahí andamos calladitos con el rabo entre las piernas desconociendo que, el día menos pensado, pagaremos caro, muy caro, que hayamos mirado hacia otro lado.

Cualquier día colisionan dos petroleros o gaseros o se nos mete encima un temporal y se hartan de agua los pasajeros de un ferrys —no seas exagerado, Isaías, dirán algunos—, y créanme si les digo que esa noticia la grabaré, al paso que vamos, antes de jubilarme. No sé si son —estoy haciendo memoria— nueve o diez los siniestros en el Estrecho y en la Bahía los que llevo a las espaldas, y en todos ellos, existía Tarifa Tráfico; en otros, ya se encontraba en servicio la torre de control marítimo de Algeciras. Y ahora, visto lo visto, me pregunto para qué leches sirven las torres. En estas estancias sombrías,  hay pantallas —no saben ustedes cuántas— de radar por las que se “controlan” —y lo entrecomillo porque para mí que controlan lo que usted y yo sabemos— los buques que surcan nuestras aguas, pero creo que sólo eso: “controlar”, preguntar a dónde van y de dónde vienen, qué llevan en sus barrigas y qué bandera o tripulación llevan a bordo. Pero nada más. Cuando dos buques se encuentran de cara, nadie les advierte del riesgo de colisión —como es el caso de las torres aéreas—. Ninguna torre llama por radio al barco y dice oye, fulano, que mengano te va a endiñar por la amura de estribor o la de babor. Que se las arreglen sus capitanes. Total,  con ponerles luego una multa y recoger la mierda, tenemos bastante, oiga. Y si un buque se mete en la ruta, rumbo, derrotero, o como diantre se diga, del otro, que le den por el buje. Me da igual que haya salido del puerto de Gibraltar o del de Algeciras: que se busquen la vida los capitanes, que para eso les pagan. Nosotros a lo nuestro: a mirar las pantallitas de radar y a ver los barquitos que van de aquí para allá de mala manera navegando por rutas totalmente inseguras. A los hechos me remito, señores.

Lo que más me fastidia es que, a estas alturas de la película que vemos —y lo que no vemos— casi semestralmente, todavía no haya caído la cabeza de ningún responsable de la Marina Mercante de este lado de la Bahía. Del otro lado no les hablo porque ya les doy para ir pasando cuando toca, que toca con frecuencia. Por cierto, a los gibraltareños, cuando les reviente un buque por hacer bankering de mala manera, a ver cómo nos las arreglamos, ¿recogemos  el fuel del mar nosotros o ellos? Será algo que habrá que tratar en la próxima reunión tripartita esa de buen rollito que se traen los paisanos. 

Pero bueno, a lo que iba. Decía que nadie ha saltado de su sillón para dimitir como tampoco nadie le ha exigido a cargo alguno que dimita. Que las cosas sigan así. Total, se dirán algunos, para tres días que me quedan en el convento... Lo que sí se tomaron inmediatamente, luego de la colisión entre el New Flame y el Torm Gertrud, fueron las medidas de seguridad oportunas ante posibles vertidos de fuel o gasoil al mar, en tomar esas medidas somos los primeros, los mejores, pero como la colisión se produjo cerca de Gibraltar, dijo el delegado del Gobierno en Andalucía, pues le tocaba a las autoridades gibraltareñas “tomar las decisiones oportunas”. Vaya, me dije. Ahora sí tiene Gibraltar aguas propias. Cuando no interesa, los llanitos no tienen más que el agua del grifo. Por cierto, ¿dónde están hoy los ecologistas? Ah, claro, como no ha habido vertido, pues no pasa nada. Yo los hacía, fíjense, a las puertas de alguna administración pidiendo seguridad en la Bahía, pero se habrán ido de vacaciones, con el Nano.

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