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PONIENTE FLOJO & Isaías Bueno

Isaías Bueno.                               Entre el mar y la tierra

Veinte años, hace ya. Cualquiera lo diría. La cámara que yo llevaba en el hombro por aquel entonces, era más grande que yo; y el trípode, un torpedo pesado que requería, a veces, una par de manos más, y a esa ayuda siempre estaban predispuestos Antonio Muñoz y los componentes del Grupo Ecologista Verdemar, con el que viví aventuras y anécdotas entrañables. Hace veinte años que se fundó esta organización que no ha desistido, jamás, en la lucha por salvaguardar los intereses de nuestro hábitat, que, en definitiva, son los de cada uno de los seres que arrendamos este planeta cada vez más podrido. He acompañado a este grupo ecologista en cientos de incendios, manifestaciones, actos de boicot a empresas contaminantes, gritos en las plazas de los pueblos y a un lugar muy especial y poco conocido: la colonia de Babuinos. Éstos son unos monos simpáticos, pero agresivos, que habitan una altiplanicie sanroqueña. Habría de cruzar el Pinar del Rey, sortear un sinfín de trochas y riachuelos secos para llegar al lugar, luego de escalar, empetado de material de rodaje, una montaña empinada por la que las rocas se desprendían con facilidad, y, sobre todo, desde la que te vigilaban, escépticos, los monos, que más pendientes estaban de echarte el guante y recompensarte con un mordisco, que con una gracia, una monada. 

Era verano cuando subimos Antonio Muñoz y yo a la cúspide babuina sin tan siquiera llevar una botella de agua. Eran las cuatro de la tarde. “Una buena hora”, me decía Antonio, carcajeando. Recuerdo una tarde tórrida, agobiante, y la cámara, el trípode y las baterías se nos antojó que pesaban toneladas. Así, el aliento y la saliva se no iba por aquellos carriles pedregosos. De súbito, Antonio Muñoz, asfixiado y con el timbre de voz entrecortado, me dijo: “Ahí están los putos monos, Isaías”. Aquella noticia me entusiasmó, pero cuando me anunció que debíamos subir la montaña, me rilé pata abajo ante el descojone del ecologista, acostumbrado a patear el campo.  “Pero si esto no es nada, hombre”, me alentaba Antonio. Luego del debate, pusimos las piernas y nuestros ánimos hacia la atalaya. Al llegar, después de un recibimiento babuino poco habitual en el comportamiento de la especie, Antonio Muñoz, mientras yo prepara el equipo para grabar, abrió una talega que llevaba y se puso a repartir chuscos de pan entre los monos. Una vez preparado el montaje del equipo, tocaba rodar. En silencio. Ante la atenta mirada de los babuinos, y babuinas. Algunos monos copularon delante de la cámara; otros, mordían el pan de Antonio.

Tras unas horas haciendo planos, dejé de grabar y me senté sobre una roca con Antonio Muñoz a contemplar el paisaje único, grandioso, que aquella altura nos ofrecía, y tras hablar del peligro de desaparición que corría la especie, nos planteamos dar caña en los Informativos de La Primera (La 2 Noticias aún no se emitía.) Aquel reportaje grabado con la incondicional ayuda de Verdemar, dio la vuelta al mundo al ser esta colonia de babuinos la única que quedaba en España, y aquello sentó las bases de la reflexión impidiendo que los terrenos que los monos cohabitaban fuesen contaminados de ladrillos de lujo, piscinas privadas, etcétera. Así, los monos vivieron en paz, pero no los vecinos de San Roque, que más veces que pocas se quejaban de los pillajes que los babuinos hacían en las casas de los humanoides. Esta colonia de monos fue trasladada a otro lugar, quedando en la actualidad dos hembras de esta especie en aquel monte insufrible. Indiscutible fue que, tras la emisión del reportaje, la reacción política y social para librar al mono de las garras de la mafia urbanística, fue total y absoluta, pero, sin lugar a dudas, quienes depositaron la fe, la perseverancia y el esfuerzo por salvar a los monos, fue el Grupo Ecologista Verdemar. Gracias a los hombres y mujeres que componen esta asociación,  la zona que habitaban los babuinos hoy está protegida. El pulmón de San Roque quedó intacto. Por ello, y porque Verdemar me mostró la naturaleza en carne viva, dedico este Poniente Flojo a las personas que día a día se han dejado el alma en curar nuestro entorno de las heridas de los malvados. Enhorabuena pues, y que sean cien años más. ¡Feliz cumpleaños, Verdemar!

  

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