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PONIENTE FLOJO & Isaías Bueno

Isaías Bueno.                               La visita a Ochoa

La semana pasada me di un garbeo por Tarifa para saludar a mi colega Ochoa, marinero versado y hombre que en tierra firme ha vivido los avatares del céfiro que, a veces, sopla más fuerte de mar afuera que de mar adentro. Es como algunos toreros, que dicen recibir más cornadas de la vida que del morlaco. Y allí estaba Ochoa, al que popularmente conocemos como capi, y no haciendo alusión a la mazorca, sino a la graduación de capitán, con la gorra marinera calada hasta las cejas. Nada más encontrarnos, nos dimos un abrazo que supimos acompañar de una carcajada. Estuvimos charlando, acodados a la barra del bar El Nata, recordando los pasados conflictos pesqueros y celebrando el nuevo acuerdo de pesca con Marruecos, y comentando que la peña estaba muy quemada de tanta mala mar. Me dijo que nadie, ningún medio de comunicación, había hecho referencia a la caída al mar, de noche  (hace ya cuatro o cinco meses de esto), de un marinero que pudo ser rescatado al fin a duras penas. “Éste ha cogido la isla, seguro, porque sabe nadar bien, me dije, con miedo en el cuerpo, Isaías. Pero como era de noche, ¿sabes? yo temía lo peor”. “No apareció nadie con mantas en el puerto. Ni una ambulancia. Ni un vaso de café”. Relataba, indignado, Ochoa.  “Parece que la gente de la mar importamos un carajo”, sentenció, meneando la cabeza. Y mientras tomábamos unas cañas en lo de El Nata, bar decano y marinero, luciendo las delicias de la mar sobre el mostrador, le comenté lo de introducirlo como uno de los personajes en una historia. Le excitó mucho la idea y me recordó que la semana que viene sale en el programa de María Jiménez, en Canal Sur Televisión. Me invitó Ochoa a tomar asiento y a otra caña fría para narrarme un episodio de su vida que muy pocos conocen. Así, entre jergas marineras, anécdotas y puñaladas traperas, y escarceos varios muy necesarios para la descripción de su personaje, fuimos dando forma a la tertulia y a su actuación en mi ficción.

Mencionó un hecho del que todavía no se ha podido deshacer su formada memoria, remembranza ésta que con el transcurrir de los años ha dejado en su rostro acanalado la pisada indeleble del tiempo amargo, la fatiga y ver morir a los suyos. A sus camaradas de la mar. Fue hace cuarenta y siete años, en diciembre de 1960, relata con los ojos ahogados, y la piel erizada como nunca antes vi en él. Faenaban a pocas millas de cabo Espartel, en Larache, cuando un temporal de tres pares se les echa encima. El patrón de Ochoa ordenó echar fondo al abrigo del cabo pero otros pesqueros, entre los que se hallaba pescando el Joven Alonso, decidió tirar millas. “Pero la mar —me decía, dejando asomar su alma por entre sus ojos claros—, es muy hija de la gran puta, ¿sabes?” “De eso —añadía más tarde—, no ha hablado nunca nadie. El mar se tragó a toda la tripulación, menos a uno: el timonel. En la vida se supo de los demás”. Así, y penetrando más tarde en el asunto, nos encajamos en otras épocas igualmente aciagas que bosquejaban la dilatada experiencia de un hombre que a base de vientos, sal y arena había consumado la gloria de otro tiempo y existía recalado, esta vez, en tierra firme para siempre. Pero nunca, me decía con un brillo indisoluble en sus sentidos, dejaré de mirar la mar. “Porque como yo no salga ahí afuera por las mañanas a las seis y me plante en el espigón del Sagrado Corazón a ver la mar y los barcos que entran y salen, me muero. Y como no me dé la vueltecita por la lonja, ni te cuento”.  Así es, amigo Ochoa. Como no te des tu garbeo matutino, no eres nadie. 

Ochoa y yo pervivimos allí  repasando el anecdotario extenso hasta que se nos echó encima la tarde.  Tras pagar la cuenta, me dijo: “Capi, cuenta conmigo para lo que quieras”. Nos dimos un abrazo y hasta verle de nuevo, que ya tengo ganas de sentarme con él a ver y oler el mar, porque a su lado, uno navega sin barco, conquista sin ejércitos y arriba a los mejores puertos.

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