Conversaba yo el otro día con Abdul, un amigo de hace años, marroquí. Abdul había llegado a España en patera pero lo trincaron, así que volvió a intentar el cruce del estrecho y ahora tiene papeles. Tras aquella conversación, cuando ya se despedía Abdul, volviéndose hacia mí dijo: “Todavía recuerdo al guardia civil del mar que me dio la manta y me abrazó con fuerzas para darme calor”. Yo eché un vistazo al suelo. Luego miré a Abdul, y le dije: “Sí, amigo. A veces las cosas son así porque hay gente así en este mundo”. “¿Sabes cómo se llamaba?” Me inquirió el marroquí. “No, no tengo ni idea”, le respondí. Y al poco de marcharse Abdul recordé algunos momentos pasados con la Guardia Civil del Mar.
Nacieron en 1992 pero un año antes ya disponían de la documentación reglamentaria para comenzar a operar en unas aguas henchidas de Historia y fábulas aún hoy irrompibles que desgranan el paso de una vida colmada de tráficos ilícitos, batallas navales y pirateos varios. Con todo, la Guardia Civil del Mar se supo armar de valor y, con una embarcación —hoy en día más de diez lanchas—, zarparon para explorar lo que hasta entonces para ellos era un medio hostil e indefinido, un piélago de dudas y una esfera que los llevaba a un cuadrante, quizá, más real que el que atisbaban en tierra firme. Pronto, ya digo, se hicieron con el rugir de los motores que, desde la distancia a veces, se siente a orillas del mar que abre sus entrañas a los hijos de todos los dioses habidos y por haber.
La voz áspera del capitán Valverde, impulsor de aquellos primeros días de periplo marinero de la Benemérita, delataba que los mares eran de este cuerpo enérgico que acababa de nacer. Cada noche, al acecho del contrabando de tabaco o la droga, recalaban en los abismos de la incertidumbre. Un cambio de rumbo a sudeste o con la proa hacia Trafalgar, hacía de aquellos hombres los auténticos guardianes de los que a este otro lado del territorio pervivíamos a salvo. Navegar con la Guardia Civil del Mar en muchas de esas noches, me hizo ver que, al contrario de lo que opinaban muchos, aquel nuevo destino de los mares que se daba cita cada nocturnidad entre las Columnas de Hércules, valía para algo más que para salir a la busca y captura de una Phantom empetada de chocolate o tabaco rubio americano: salvar vidas en el mar ha sido, y será, el mejor gallardete que luzcan estos hombres y mujeres del mar.
Aquella noche, como decía, en que embarqué por primera vez en una de sus lanchas, descubrí en la cabina de mandos una vocación precisa con la que cada miembro de aquella tripulación se vestía cada jornada. Muchos años después, cuando leo los balances de servicios de la Guardia Civil del Mar, advierto más de veinticinco toneladas de droga y el rescate en aguas del estrecho de alrededor de veintiséis mil inmigrantes a los que ellos, esos guardias del mar, supieron dar nombre y apellidos con cada manta que los cubría y cada caricia que, a cada rostro empobrecido por culpa de nuestras miserias, supieron extender.
Muchas de esas noches amargas, algunos de los miembros de la Guardia Civil del Mar se masajeaban su fisonomía atisbando el dolor ajeno en cuerpos extenuados, y cada madrugada, cubierta o no de luceros resplandecientes, aquellos hombres del mar vociferaban el ardor que les quemaba por dentro el alma cuando un gemido de frío o hambre irrumpía junto al noray del puerto de Tarifa, abordado de seres abatidos por las tormentas del hambre. Y la misión de la Guardia Civil del Mar no ha sido exclusivamente evitar la entrada de inmigrantes a nuestro país, sino también la de reclutar, con cada viento de levante o poniente, un hálito de esperanza para que este mundo sea un poco mejor. Puede que Ovidio, Manolo, Dani, Luis y otros muchos guardias civiles del mar regresen a sus hogares después de cada travesía con la certeza de haber contribuido a mejorar el trozo de mundo que se les encomienda guardar, pero de lo que no me cabe la menor duda es de que cada vez que un inmigrante mira al cielo ve, en silencio, cómo aquel hombre extraño, una noche, le salvó la vida. Abdul, aún lo recuerda.
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