A las once de la mañana ya están dale que te pego a la cerveza y las tapitas. Un piscolabis, lo llaman, bajo la sombrilla, o sombrillas (hay en coro al menos siete quitasoles, de distintas tonalidades). Ellos, panzudos, en torno a las dos mesas plegables; ellas, también. Los niños en el agua, con la colchoneta, la barca, la ballena orca de plástico, las gafas de buceo y, los más pequeños, con los cubos —todos, claro está, embadurnados de protección solar del calibre 30 o 40—. Ellas no paran de darle a la tortilla, a la bolsa de patatas fritas, a las aceitunas aliñadas, la ensalada de huevas, pipirranas y al tinto de verano. Ellos, a la cerveza y las banderillas, los pimientos, el jamón, las gambas, los langostinos, a la ensalada de pimientos asados, a las papas aliñadas... Están todos, no se les une nadie, salvo mi intromisión en el festín. Ellas, al cabo de una hora bajo el insufrible efecto invernadero del sombraje, se levantan y se dan un remojón —esta vez por fuera—, pero ellos ni hablar. Se han postrado a las sillas de listas azules y de ahí no hay un dios que los mueva. Ellos les preguntan cómo está el agua, ellas responden que buenísima. Los niños vienen a por la ración de lo que sea y a por el refresco. “Ya está, niño, que después no quieres comer”, pero quien lo ha amonestado se está poniendo hasta las trancas, tiene los carrillos inflados de empanadas de la nuera o la cuñada. Hay que joderse.
A los hombres reunidos se la traen al pairo que el niño coma o no coma. Que pique de la bolsa de patatas o de las aceitunas rellenas de anchoas. Allá que se va el chaval al agua con la boca rebosante. Qué jodio. Ellas siguen dale que te pego al parloteo y, entre risas y complicidades, pican de allí y de allá. La que no abre una fiambrera de tortilla se desliza por las empanadas. La otra por las croquetas. La de más allá por la sangría y los boquerones en vinagre o las albóndigas. Joder. Parece una boda, observo. Son al menos quince el número de comensales, sin contar a los niños, pues cada vez que se acercan por el tinglado para picar, alguien los espanta: “¡Niñoooo, no comas más, hijooo!” Llega la hora del almuerzo y, lo primero que hacen las señoras, es adecentar las mesas para servir, ahora sí, lo gordo, o sea, la comilona. Lo de antes fue poca monta. Un tentempié de 18 kilos de comida variada y más de 15 litros de pirriaque. La leche, ya les cuento.
Ahora sí están los niños a la mesa y devoran. No es para menos. Después del atraganto, el postre. Empiezan a desfilar sandias y melones y, visto desde mi posición algo más alzada porque me encuentro de pie, advierto que más parece un paisaje almeriense de invernaderos que una reunión familiar. Cada familia trajo un melón y una sandia, así que figúrense. Rodajas por allí y por acá. Chupetones y más rechupetones. Y más rodajas. Y más pipas a la arena que ellos ocultan distraídos. Y todas y todos con los morros escarlata de la sandia y gelatinoso del melón. Chup, chup, chup, se lo zampa uno de un tirón. Luego, como cabe suponer, para ellos la dormidera y para ellas la partidita al bingo. “¡El cuatro!” Dice la que canta los bolos. Ja, ja, ja, se ríe una. “¿De qué te ríes, Pepi?” Pregunta otra. “ De mi marío, que mira cómo duerme, ¡así tenía que estar hasta mañana!” Ahora carcajean al unísono. “¡El treinta y cuaaatro!” Y más risas y más números. “¡El sesenta y nueve!” Y fue cantar esto y todas troncharse. “Ése número yo no lo veo ni en la cama...”, dice la de más allá, entre algazaras, le faltaba el aire, a una se le soltó la gota y a la otra se le cayó el café. Ellos a lo suyo, es decir, a dormir. Están todos tirado en sus sillas reclinables y ni el Lorenzo que cae de bruces los espabila. “La niña bonita”. “¡Niña, niña, mira lo que hace tu marío con la boca!” Ahora interrumpen el bingo para reír más abiertamente. Se entera toda la playa. “El cincuenta”. “¿Ese no salió antes?” “No, chocho, pero como tú estás con el cachondeo...” Luego la merienda. Decenas de bocatas para los hombres y los niños. Ellas repostería casera y café con leche. Me fui de la playa a las siete de la tarde y los dejé comiendo. No me extraña que haya colas en la 340, los coches vienen hasta las trancas.
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