Tenía el chucho los ánimos por los suelos. Se la traía al pairo que un todoterreno le aplastara la cabeza en el asfalto o que un camión de treinta toneladas lo dejara pegado al alquitrán —como un filete de ternera— esparciéndole los hígados hasta la cuneta. Lucía el perro pelambre canelo, pero descuidado, y mordeduras en los muslos, como si sus rivales le hubiesen dado para ir pasando, por listillo, en cualquier callejón de cualquier ciudad. Su costillaje, que como cuerdas de una guitarra se le perfilaba bajo una piel desacostumbrada engalanada de parásitos chupasangre, delataba, al menos, tres o cuatro días sin probar bocado. Advertí un perro pijo en otro tiempo. Un perro de esos que no se tienen que mover del canasto para ir a por la comida porque la Chus se la llevaba pronunciando palabras ricas en contenidos cariñosos. Un can que iba a la peluquería cada semana para el riguroso corte de pelo a lo Anfri Bogar, como si dijéramos, para resplandecer en el jardín de Chus y de los otros. Así se me antojó el que ahora se había convertido en un simple chucho de carreteras despobladas de almas caritativas que lo adoptaran para realzar la belleza de otro tiempo. La raza del animal no la descifré, así que es por ello que no se la señalo.
Me pregunté, por qué motivo alguien habría abandonado al perro. También me dije que, quizá, nadie lo abandonó, y que simplemente el perro se dio el piro porque estaba hasta los huevos de que lo maltratasen. No sé —elucubré también— si en ése momento la Chus lo buscaba a la desesperada —no es el primer caso de búsqueda el que nos encontramos cuando vamos al quiosco de la esquina y vemos la foto de un pastor alemán: Se busca, es noble, se llama Limón…—. Lo cierto es que, el perro, vagabundeaba por la 340 bajo un sol de justicia que caía sobre su raspada cabeza, esa que casi pierde en la última pelotera callejera que, si bien no a navajazos, sí que a base de hincar el colmillo en el pescuezo del otro, te vas para arriba en nada de tiempo, degollado, sangrándote vivo. Ahí te quedas, por cabrón. La vida, desde luego —me dije también, mirándolo por el retrovisor—, le está enseñando lo jodido que es buscarse las habichuelas. Pero daba pena ver así al faldero.
Más adelante paré el coche porque tenía yo que grabar unos planos. El perro me alcanzó al trote. Parecía como si para sus adentros dijera: ¡éste ha parado!, cojonudo; sino lleva un trozo de bocata, lleva agua fresquita; pero algo me da el paisano. Pues no llevaba bocata, ni agua… Se frenó el chucho, desconfiado, a dos metros de mi coche. Me miraba fijamente a los ojos; yo le miraba como él a mí: inamovible. De repente, sus ojos se tornaron más tristes aún; los míos, que ya venían de vuelta, lo observaban recelosos. Pero qué va. El perro era más noble que muchos de nosotros, que somos más perros que él. Dio unos inestables pasos hacia a mí y, más suplicatorio que antes, el chucho meneó el rabo y agachó la cabeza en son de paz, una paz que, por su puesto, yo estuve dispuesto, desde el principio, a brindarle. Dejé la cámara y le acaricié la cabeza revestida de costras. Él agradeció el gesto y se retiró unos centímetros de mí. Lo convoqué silbando; y obedeció. Me pregunté cómo se llamaría. No obstante, yo lo bauticé: Nacional lo llamé, por aquello de que estaba tirado en la N-340. Al poco de mirarnos, me sobresalté al comprobar que el chucho no era chucho, sino chucha, o sea, perra, como la vida aciaga que llevaba a cuatro patas. ¡Hay que joderse! Exclamé. Es perra, la pobre. ¡Mierda! Mascullé. ¿Tendrá cachorros que alimentar? Y si los tiene, ¿adónde los habrá dejado? Miré a mí alrededor buscando, quizá, una finca cercana que me hiciera suponer que procedía Nacional de ella, pero no advertí nada más que carretera, coches y un sol de tres pares de cojones. Me mosqueé sobremanera y me pregunté que, en vez de tanta pasta en anuncios, por qué no se daban una vueltecita los de las asociaciones de protección de animales por las vías acogiendo a estos, o estas, infelices. Nadie tenía la culpa, me respondí al cabo. Cada cual, perro o no, lleva la vida que lleva, pero la pena me angustió y me marché con la conciencia aplastada en esa 340 salvaje y perra que más dispuesta está a llevarte por delante que a prestarte una oportunidad. Al llegar a casa, me interrogué de nuevo: ¿Por qué no la adopté yo? Seré hijo…
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