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PONIENTE FLOJO & Isaías Bueno

Isaías Bueno.                                       Preñados

Caminaba recta, soportando el esfuerzo al levantar los pies a cada paso que marcaba con suma precaución para no resbalar y caer. No se apresuraba, ya digo, en alcanzar la acera donde aguardaba paciente su marido —supongo que sería su marido— dentro del coche, con el motor en marcha, y la puerta del copiloto abierta. Al poco, la mujer se subió al vehículo y, como pudo, o más bien, con la precaución e incomodidad que entrañaba su estado, se amoldó al asiento minutos antes reclinado un poco para que el corpulento torso de la dama se sintiera holgado. Pasados un par de minutos, el coche se puso en recorrido y, a poca velocidad, rodó por el asfalto horas antes acalorado, abrasador como el rostro que advertí en la señora, más sudoroso que refrigerado a pesar de rozar su partida la medianoche. Y hasta ahí llego, porque lo demás no lo vi; pero lo imaginé. Imaginé a la señora llegando su casa. Pensando, primero, en cómo salir del coche; luego, en cómo subir al tercero D por unas escaleras escurridizas y peligrosas. En estos casos, nunca da uno con el interruptor de la luz, y es por ello que, en medio del zaguán oscuro, igualmente abrasado por las largas horas de sol hiriente, la señora destilaba el refrigerio minutos antes ingerido en la terraza de un bar cualquiera de Getares. Ahora se enciende la luz, y su marido —repito que supongo que sería su marido— la toma del brazo y la ayuda a salvar uno tras otro los peldaños. Ella exhala el poco aliento que le queda y, al alcanzar la cúspide codiciada del tercero D, dice: “Joder, vaya escaleras con más mala leche”. “No te preocupes cariño, que ya te queda menos”, le dice él, con ánimos de ayudar. Sí, le debían de quedar una par de semanas, o menos, para dar a luz a su Carlitos, o Juanito, o Davilito, o Tomasito, o Rafalito —y encima para que le salga periodista el niño, haciendo alusión al último diminutivo—.

Cuando se me fueron de la cabeza aquellos bagajes oníricos,  me quedé leyendo, en mi  memoria, cada acepción que el diccionario de la Real Academia Española guarda de la palabra embarazo —que son tres las significaciones— o embarazado, da aunque de ésta última no dice lo mismo que de la primera. Veamos pues: embarazo. M. 1. Estado en que se halla la hembra gestante. 2. Impedimento, dificultad, obstáculo. 3. Falta de soltura en los modales o en la acción. Ahora bien: embarazado. PART. de embarazar. ADJ. dicho de una mujer: preñada. Sin  embargo, en otro diccionario de la ilustre casa de las letras, me encuentro con que embarazado —en masculino, como han leído— guarda una acepción más que el primero: embarazado. Adj. turbado, molesto. Es decir, que al  hombre aquel que ayudaba imponderablemente a la mujer embarazada, o preñada, como prefieran, también se le notaba su estado —no de gestación— de dificultad infinita. También sudaba, supongo, al subir aquellas empinadas escaleras sosteniendo el delicado pero robusto cuerpo de la señora, también se desvistió —echándole antes una mano a ella— dificultoso antes de ir a la cama y también su cuerpo se tumbó sobre un colchón que, a cada kilómetro librado con el coche, anhelaba. Estaban embarazados los dos; ella y él —yo también lo estuve una vez—. Aquella salida nocturna a la terraza de un bar para charlar y refrescarse, habría sido, cuanto menos, un suplicio para ambos, pero claro, qué se le va a hacer, habrá que salir, ¿no?

Al rato ya grande, cuando me dispuse a marcharme de la terraza en la que también yo me refrescaba y huía de las mamarrachadas que la tele emite en verano —y también en invierno, pero en verano es la hostia—, advertía a otra mujer en el mismo estado que la anterior y acompañada de un señor que se las veía negras como el que les he referido. Pero ahí no acaba la cosa cuando, al subirme al coche, me veo a dos mujeres más en estado avanzado de gestación. ¡Joder! Me sorprendí, porque al poco de poner en marche el coche, veo a tres más. O salían de una de esas clases de respiración y pre-parto, o el debate del Estado de la Nación lo vio el martes y miércoles pasado todo cristo, porque si me disponía a sumar cada futuro nacimiento por 2.500 euros, las cuentas superaban el kilo de euros, y eso, sin salir de Getares. Aunque a estos no les dio tiempo a ver el debate y concibieron a sus hijos antes, los que se van a apuntar al carro, ni les cuento. De todos modos, las felicito a todas y a todos.

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