Vi un documental muy bueno (como todos) en el que se narraba la vida rastrera y pirata de los Conejillos y conejillas del Tiramisú, que es un poblado de por ahí, del Amazona, más o menos, unos kilómetros al norte o unos kilómetros al sur. Da lo mismo. El caso es que, estos conejillos, color café algunos, color hueso otros, viven escondidos casi todo el día y la noche, y son los más atrevidos, los que por así decirlo son los más valentones, los que se creen que todo el monte es orégano, y, por lo tanto, los que presumen de tener el campo que husmean controlado y salen, sin tener en cuenta los peligros de la selva, de las madrigueras para comer y llevar, sigilosamente, la manducatoria a los otros, que tranquilamente permanecen ocultos esperando que estos les lleven las riquezas, que hagan el trabajo arriesgado, que en este caso es alimento y no coches de lujos ni casas en la Moraleja ni comisiones.
Así, los conejillos y conejillas que se arriesgaban, un buen día se ven sorprendidos por un zorro, o una zorra, no especificaron el sexo, y salieron espantados para ocultarse en sus guaridas. A esto que me entero que, lo que hacían estos valientes conejillos era robarle el alimento a los zorros, hasta que uno de ellos, hasta las protuberancias del tema, se percata del asunto y se dice, para sus adentros, aquí se va a mear la perra como yo atrinque un puto cuy. Y así fue. La primera vez no logró el zorro alcanzar ningún cobayo, pero a la segunda, sí. Correteó a dos de estos animalillos color café, los zarandeó, los estrelló contra un árbol cercano y los degolló con su colmillo afilado. Al carajo con los conejillos. Ya no se comen más mis provisiones, se debió decir el zorro, de pelambre canelo y estirado, con un rabo largo encima del buje y un hocico poco amistoso. De súbito, la cámara toma una imagen de los otros, de los que no salían ni pa dios de la cueva, y sus ojos brillaban, no de miedo, sino de astucia, pues al poco, uno de estos caradura, incitó a otro convecino a que saliera de la guarida para trincar algo para comer mientras el zorro vapuleaba a los villanos de turno. Y así, entre tiras y afloja, unos se llevaban las hostias y otros resistían desternillándose de la risa. Y resulta que, viendo aquel gesto canallesco de los conejillos, me acordé de la crisis macroeconómica que algunos ex – ediles de Marbella están padeciendo. Y se preguntarán ustedes qué leches tienen que ver los conejillos estos con los presuntos mangantes.
En Marbella, como en la comunidad conejera, se están llevando los palos, como todos sabemos, los catetos, los que una vez salieron de sus pueblos (porque ninguno es de allí) para enriquecerse y enriquecer a otros a costa del ladrillo, del alimento que engorda las cuentas corrientes de Suiza, mientras los avispados se ocultan tras los muros infranqueables de las empresas que endiñaron las comisiones para que éstos, los catetos, les permitiese crear fortunas cósmicas vendiendo pisos, chales y parcelas o apartamentos y luego darse el piro dejando a los necios apañándoselas con los zorros que ahora le piden cuenta. De momento, observé también en el documental, aquellos conejillos que nunca salían de sus guaridas se mudaron de territorio, y fue entonces cuando crearon otra panda de palurdos que les proporcionase alimentos. Así, pasaron los días y, cuando llegó el tiempo del cortejo, los cojillos villanos, los que robaban, se van de parranda y conocen hembras. Pero uno de aquellos conejillos egoístas, conoce a una hembra de pelambre raro, distinto al de ellos, y se dice, como quien no quiere la cosa, ésta me jubila a mí. Luego del cortejo, el cobaya mangante le dice a la coneja que le atesore alimentos, y, miren por donde, llega otro zorro, ¿y saben con quién se lía a palos? ¡Exacto! Con la coneja, mientras su conejo platónico se desvanece en el olvido de la trinchera enemiga, sin comer, sin llevar alimentos y, casi, hasta sin aliento. Luego, el narrador del documental dijo algo así como que la naturaleza es sabia, pero lo que no especificó es a qué naturaleza hacía referencia, si a la animal o a la humana. Ahí me embargó la duda, que no la cuenta corriente.
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