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PONIENTE FLOJO & Isaías Bueno

PUBLICADO 2005

Isaías Bueno.                                      Cacahuetes a kilo

Proliferarán los cacahuetes. También los chicles de nicotina y los parches —que no para los pinchazos de las bicicletas que ejercitan nuestro cuerpo— y las pipas de gira sol. En las oficinas, las fábricas, los bares y restaurantes, en la puerta de los colegios, en nuestros hogares… Todo estará perdido de cáscaras de pipas, de bolsas de cacahuetes y de cajas de parches o chicles. Porque algunos aprovecharán el tirón de la prohibición de fumar para quitarse del tabaco, aunque, el día 1 de enero sea, como cada nuevo año, el mejor día para dejar de fumar definitivamente, pero claro, a ése planteamiento nos lleva la resaca de la Navidad y la posterior de la celebración de la entrada en el nuevo año.

Sin embargo, el negocio está servido. Se van a vender toneladas de pipas y cacahuetes. Engordaremos unos kilos y la desesperación nos alineará el ritmo cardíaco que nos hará, de nuevo, caer en la tentación. Por eso, los cacahuetes irán a la baja igual que las pipas, los parches y los chicles nicotineros. O sea, ruina para el sector y alza para Altadis. Entonces, luego de la caída imparable  de estos productos se abrirán debates al respecto y dirán que es mejor fumar pero hacerlo en pequeñas dosis de cigarrillos. Algunos bares y restaurantes lucirán un letrero que rece “local sin humos”, pero los habrá que dejen advertir un cartel en el que se lea “lugar libre de infartos”, y será entonces cuando los fumadores accedamos a él.

Veremos a gentes subirse por las paredes, arañar techos y gritar feroces a sus acompañantes; y al camarero, y al cocinero. Los sindicatos pactarán con las empresas unos minutos para el cigarrillo o un lugar destinado para ello; de no alcanzar un consenso, bajas por depresión al canto. Los ambulatorios abarrotados de deprimentes rostros incomprendidos y discriminados y marginados; mirados de reojo. Nos volveremos más mentirosos: “¿Aún no has dejado el tabaco?” nos preguntarán, con reticencia. “No, pero estoy en ello”. Mentira. No estamos en ello.

Iremos al kiosco habitual a comprar nuestro vicio y la señora de al lado nos medirá con sus grandes ojos abiertos de par en par y su boca enfrascada en un desagradable gesto de repugnancia, como diciendo: ¿Pero tendrá cara este tío? ¿Pues no está comprando tabaco delante de mí? Nos iremos cabizbajos, avergonzados, como si hubiésemos cometido un delito a gran escala. Será algo así como vernos envueltos en una conspiración contra el gobierno, contra el resto de la sociedad. Qué vergüenza nos dará fumar.  Algunos, y algunas, hasta relatarán prohibir la fumeta en la calle: “en la calle tendrían que prohibir el tabaco”. Eso dirán solapados, para que la pillemos al vuelo, un tirito que nos hará tirar el cigarro y pisarlo con disimulo; porque también los habrá que te echen la bronca por arrojar el cigarro al suelo.

Lo peor, el colega que no fuma. Este nos dará la tabarra cada dos por tres. También, los que se acaban de quitar del vicio; te echarán en cara que él tiene los huevos que tú no posees. Hasta nuestras amigas dirán que las mujeres son más fuertes que los hombres y que tienen  más fuerza de voluntad. Será venganza. Tomarán esa excusa para referirnos todo lo que no pudieron en mucho tiempo.

Algunos bares y restaurantes ya se han apresurado a colocar el letrero que su chaval o chavala le ha sacado con el ordenador. Algunos diseños son creados con mala leche. Está ocurriendo como con el euro, que algunos establecimientos ya presumían de poseer la nueva moneda, y, si lo deseabas, hasta te daban el cambio en céntimos. Del mismo modo, los primeros meses del año este será tema de debate en los bares como lo fue la calderilla comunitaria en su tiempo. Al menos, eso sí, seremos más tolerantes: “¿Se puede fumar aquí?” Preguntaremos antes de encender un pitillo. “¿Le importa que fume, señor?” En fin, si esas son las normas, pues a cumplirlas, qué le vamos a hacer. Ajo y agua, compadre.

 

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