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PONIENTE FLOJO & Isaías Bueno

PUBLICADO 2005

Isaías Bueno.                                          Caídos sin nombre

Nació en 1761. Ingresó en la Compañía de Guardia Marinas de El Ferrol en 1776 y entre 1781 y 1782 participó en el asedio a Gibraltar a bordo de la fragata Santa Bárbara. Fue profesor de guardiamarina además de participar en la segunda expedición al Estrecho de Magallanes con los paquebotes Santa Casilda y Santa Eulalia a las órdenes de Antonio de Córdoba. Con los bergantines Descubridor y Vigilante, realizó durante dos años y medio tareas hidrográficas para las reformas del atlas marítimo de la América septentrional. En 1798 se le confió el mando del navío Conquistador y participó en la campaña que concluyó en Brest en 1799. Mandó en la nave Príncipe de Asturias. Solicitó (en 1802) y se le concedió la potestad del buque San Juan Nepomuceno, un navío de 74 cañones que estuvo en Brest con la escuadra de Mazarredo y que fue construido en Guarnido en 1766, tenía una eslora de 196 pies de Burgos, una manga de 51, un puntal de 21,5 y con él luchó en la batalla de Trafalgar, donde pereció gloriosamente.

Este brigadier honorable que detallo, Cosme Damián Churruca y Elorza, dejó escrita esta frase: Si llegas a saber que mi navío ha sido hecho prisionero, di que he muerto. Con dos pares, sí señor. Supongo que los marinos reclutados por el morro dejaron dicho a sus familias: si no estoy aquí mañana, es que la he palmao. El San Juan Nepomuceno se vio entre dos fuegos  por los navíos enemigos de tres puentes Belleisle y Tonnant, y a las tres y media de la tarde perdió gobierno además de sus palos, trapos y estribores. Sin embargo, y a pesar de verse desarbolado de todos sus masteleros y cordadas sus jarcias, inutilizados 19 cañones y perdido a más de un tercio de la tripulación, el Nepomuceno seguía su enérgica defensa. Don Cosme Damián Churruca prefirió pelear  antes que rendirse, pero un cañonazo lo hizo expirar relevándolo en el mando el Teniente de Navío don Joaquín Núñez, que continuó con la lucha veinte minutos más estando convencido de que prolongar la agonía de los heridos y de la propia nave era inútil. Desesperanzado de ser auxiliado y con la nave destrozada, se rindió a las 15:50 (con 120 muertos y 175 heridos) al navío Dreadnought, cuya tripulación y mando inglés quedó extasiado al ver su valerosa defensa afirmando, incluso, que habían batallado de un modo ejemplar nunca visto.

Álvarez Dumont inmortalizó en un lienzo el abatimiento de Churruca (titulado Muerte de Churruca en Trafalgar), que hoy en día se expone en el Museo del Prado de Madrid, cuando aquellos que fueron movilizados a dedo y a la fuerza le ofrecieron al comandante unos brazos ensangrentados donde soltar el último aliento. El último ronquido de muerte y la última mirada hacia ese horizonte humeante y fosco que se elevaba envolviendo las almas de los que allí combatieron también con valentía, importándoles un huevo de pato que se los llevaran a ellos por delante del mismo modo que al comandante; de un leñazo a la caída de un madero o de un zambombazo. Sin embargo, este rechoncho marino que sostenía el cuerpo de Churruca no tenía nombre ni figura reconocida (como es el caso del brigadier u otros honorables) en ningún texto que he escrutado ni en el cuadro. Sólo se sabe de él, en el lienzo, que la pinta  era lo más parecida a un matarife y que su rostro desaliñado delataba un acojonamiento incontenible. También sus órbitas desencajadas descubrían que los siguientes minutos irían destinados a ver desde lo más alto aquella lucha salvaje. En la obra aparecen bajo sus pies dos de sus compañeros destripados, cubiertos de sangre ya helada y trozos de mástiles cayendo más allá sobre otros hombres. Hombres a los que nadie le cedía un brazo como almohada para que expiraran en paz ni oficiales (como también hicieran con Cosme Damián) corriendo a su auxilio. No, no, qué va. Aquellos valientes sin nombres estaban solos. Únicamente acompañados por la Virgen del Carmen, a la que rogaban a cada bala que no veían venir. En la conmemoración de la batalla el día 22 de octubre, dirán en los discursos: a los caídos en la batalla. No citarán a Manolos ni a Antonios o Paquitos. A esos no se les conoce de nada.

     

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