PUBLICADO 2005
Nunca puse en duda aquello que dicen los expertos de que el ser humano mantiene viva su memoria genética en la que guarda, desde hace millones de años, un deseo irrefutable de cazar y recolectar. Por eso, con la llegada del otoño, o ya bien entrada la estación, cuando libramos caminos silvestres y advertimos colgados de los árboles los frutos expuestos a los elementos que les dio esa brillantez, acariciamos con nuestra mirada esa creación natural deseando cogerla y llevárnosla a la boca —pero sólo eso: mirar y desear; no se le ocurra caer en la tentación, más adelante les explicaré por qué—. El otoño, nos promete ese paisaje oriundo. No sólo mueren las hojas de los bosques más espesos, sino que también nos muestra, inocente, algunos de sus frutos. Voy a citar, por ejemplo, el higo, que tiene dos recolecciones al año: en primavera y en la transición que va del verano al invierno; el otoño. Por esta estación, se hace el pan de higo en la Alpujarra granadina. O la granada —más conocida como graná—, que siendo más pequeñas las silvestres, se utiliza también en aquellas tierras para comer con hojas de lechuga. O el membrillo, con el que hacemos compotas o carne del mismo nombre que el fruto (carne de membrillo).
Otra exquisitez que nos brinda el otoño, es el azofaifo —o azofaifa, como decimos aquí—, que es ese fruto parecido a la aceituna y que puede tomar un color verdoso, rojizo o amarillento —a mí me flipan—. Ahora lo podemos encontrar en los tenderetes de castañas y en el mercado de abastos, pero los que se comen directamente del árbol, tienen un sabor celestial. Con este manjar se pueden preparar mermeladas. Igualmente podemos encontrar en los bosques, junto a las riberas de los ríos, la endrina. Un fruto que presenta un color azulado con el que podemos disponer de licores, jaleas y mermelada. En los pueblos granadinos de Cájar y Güéjar, existen dos fábricas de preparación del producto —se lo comento por si pasan por allí—. Si por el contrario desean ustedes tomar una buena porción de azúcares, vitaminas, sales de calcio y ácidos orgánicos, degusten la mora. La zarzamora es una planta espinosa, pero con un poco de paciencia, se dan el lote. También se preparan mermeladas y tartas.
Los demás frutos, o algunos de ellos, conviven con nosotros casi todo el año, por eso no creemos necesitarlos, pero son tan importantes para nuestro organismo como para el árbol que nos lo dedica el aire, el sol, y el agua; y los nutrientes de la tierra. Hablo de las nueces, que poseen un elevado valor energético y digestivo, añadiendo que se puede hacer un aceite bronceador. Florecen en primavera, pero en otoño, podemos disfrutar de ellas. O las avellanas, con las que podemos hacer turrones, horchatas y un sin fin de dulces. Nos ofrece, asimismo, una buena cantidad de energía por el alto porcentaje de aceite que contiene; aunque no tanto como el de la nuez. Con la avellana, por ejemplo, se hace una harina que se utiliza para la fabricación del chocolate. Y no olvidemos la castaña, ni los dátiles.
De la castaña todos conocemos que se pueden hacer desde mermeladas hasta platos típicos serranos; sólo hay que visitar Benalauría, Atajate, Algatocín o Jimera de Líbar para comer estos guisos o saborearlas en almíbar. La pena de todo esto, es que como les pillen en plena naturaleza cogiendo de un árbol un solo fruto, lo llevan jodido. Es más: ni siquiera una castaña del arcén de la carretera; porque como les vea el dueño del erizo, les hará pasar un mal rato. A mí ya me ocurrió. Por eso, tenemos que seguir manteniendo ese espíritu de cazador y recolector alejado de tentativas, porque ahora todo se compra en el mercado a un precio desorbitado y de una calidad pésima. Lamento haberles puesto la miel en los labios, pero no ha sido mi intención herirles. Ya no pertenecemos a nuestro hábitat. Al igual que las fieras de un zoológico, nosotros estamos prisioneros en nuestro propio mundo. Ya nada es igual que cuando fui niño; aquellos domingos en los que iba con mi padre a coger madroños o moras. Así pues, del otoño sólo nos queda la observación de esas tardes grises y calladas. Los frutos de esta estación, los tenemos enlatados en los super. Qué remedio.
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