PUBLICADO 2005
A muchos nos les gusta nada, pero a mí me pierden los días nublados. Ya sé que los soleados son más alegres y todas esas cosas, pero la quietud de esos días otoñales o invernales son entrañablemente más serenos. Y también fríos. Aunque de pequeño no me hicieran demasiada gracia y el sopor junto a la estufa en aquellas tardes grises que se tornaban más lóbregas me invadiera aburriéndome como un caracol en un cristal.
El verano pasado, mi amigo Paco me decía mientras dábamos un paseo por la orilla del mar, en Getares: “Ya tengo ganas de que llegue el invierno, Isaías. Este calor no hay quien lo aguante”. Los meses pasaron y con él el sofoco abrasador que hemos sufrido toda la época estival, y, no hace mucho, me dice: “Ya tengo ganas de que llegue el verano, Isaías”. Solté la copa, me giré hacia él, le miré con el ceño fruncido y le dije: “Vamos a ver, Paco, el verano pasado, mientras caminábamos por la dura arena de la playa me dijiste que deseabas la llegada del invierno, y ahora me dices que la del verano, qué poquito te duran la estaciones, ¿no?” Todo tiene su encanto. El verano nos deja noches maravillosas, días soleados donde poder refrescarnos en el mar, en los ríos o piscinas, y amigos que, de súbito, salen de todas partes, como los osos. Las terrazas están más alegres y las calles… las calles… Bueno, las calles insoportables con el agobio, tampoco nos excedamos. Pero es cierto que el verano es más generoso con todos nosotros. Por añadidura, con el estío le salen más novias a los adolescentes y las noches de bochorno los admiras por cualquier rincón jurándose amor eterno. La magia del verano tiene su puntito de sal, es maravilloso, por ejemplo, contemplar la luna y las estrellas; a las que no hacemos caso en invierno. No obstante, yo me quedo con este periodo hasta que acabe, porque, aunque el verano es como es, el invierno guarda también días apasionantes donde el agobio diario se torna apacible. Demostración: ¿A quién no le apetece estar sentado, después de una larga jornada laboral, junto a la lumbre de una chimenea? ¿Quién no abre un libro tumbado en el sofá con la mantita echada por los pies? ¿A quién no le gusta enfundarse en su pijama de algodón sabiendo que ya no va a salir a la calle para nada?
Los días nublados son esos que te sugieren esas y otras muchas cosas. Esos días son los que te invitan amablemente a sentarte a la mesa con el ordenador para contar cosas a otros mientras observa tu taza de té humeante. Esos son los días en los que te asomas por la ventana, mientras haces una pausa en el teclado, para vislumbrar y percibir la montaña húmeda —si vives junto a ella— o las oscuras nubes anunciando agua abundante para las cosechas de esa fruta fresca que nos nutre en la época más sudorosa. Las avenidas desbordantes flanqueadas de tiendas de todo tipo, invitan a comprar un buen libro o tomar un chocolate espeso. La gente va más deprisa acorrucada en las orejeras de los plumas y los coches, climatizados, dejan ver el bao en sus cristales. Los niños pueden, igual que hicieran en la arena de la playa, dibujar en los ventanales rociados de sus casas las figuritas de Navidad… La nieve nos deja también en el recuerdo un día maravilloso y los pequeños, amantes de cualquier época del año, sueñan cada día con volver a pisar esa blanca espesura que nos trae, además, año de vienes. Los deportes invernales se hacen más accesibles que los náuticos en verano y las tardes anticipándose a la cerrazón nos hacen ansiar ese mullido colchón que nos acalorará hasta el próximo día. Al franquear un parque o cualquier otro retiro, los árboles se distinguen desnudos, y, los que no lo están del todo, se mecen al ritmo silencioso de la brisa cortante que te hace aspirar esa frescura depurándote el alma mientras los pilares de las fuentes delatan el musgo adherido instigándote a tomar un trago fresco. El invierno es también un tiempo de reflexión, un paseo por nosotros mismos y un rincón frío donde por fin nos abrazamos y se hacen más visibles las virtudes humanas. Yo, de momento, me quedo con la inclemencia. También con la primavera cuando llegue y con el verano, para oír decir a Paco que añora el frío.
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