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PONIENTE FLOJO & Isaías Bueno

PUBLICADO 2005

Isaías Bueno.                                                 El 0-2

Dice mi amigo Juan Manuel que si en cái hay que mamar, que mamen ellos. Que aquí, en Algeciras, no mamamos, ni falta que nos hace.

Claro que todo esto viene a cuento de que el Cádiz ha subido a primera y los de este extremo de la provincia están que trina. A mí, como el fútbol me la trae al pairo, no me preocupa lo más mínimo que suba o baje, que pierda o gane, que se lesione fulanito o que se dé de baja sotanito. En cambio, a Juan Manuel no le da igual. Mi amigo, o más bien hermano, se lo toma en serio, y dice que “como el Algeciras no hay ná”.  Añadió también —a la corta charla que mantuvimos el pasado sábado—  que si los de la capital gaditana no tienen en cuenta a los demás pueblos de la provincia  —como si los de allí fuesen los únicos pobladores del territorio— por qué carajo íbamos a celebrar nosotros su triunfo: “anda y que se lo coman con papas”, dijo con las venas del cuello hinchadas.

Ése cero-dos palmario con el que concluyó el encuentro del Cádiz y el Xerez Deportivo ha obligado a muchos a decir que “pa ellos”, “que mu bien”, que “a nosotros [los algeciristas] nos han hecho mucho daño” y que lo celebren donde más les gusta hacerlo: “en el puente Carranza pescando con una litrona al lado del cubo”.

Juan Manuel pasó cinco años de su vida en Cádiz, currando, y reveló un cierto ademán de rechazo argumentando que durante esos años fue testigo directo de cómo los de la capital despreciaban a sus vecinos de otros pueblos y ciudades. “Se creen —dijo— superiores”.

En uno de los balcones de un edifico del paseo marítimo advertí a dos jóvenes que más que disfrutar de la cabalgata anunciadora de la Feria 2005, gritaban al unísono eso de “esto es cái, y aquí hay que mamar”, una y otra vez. Hasta que alguien se volvió y miró hacia arriba con una mueca de asco en su rostro. Creo que dijo algo así como “esto no es cái, es Algeciras, y aquí no se mama”. Así pues, este señor coincidió con Juan Manuel.

Sin embargo, y a pesar de no deleitarme  ni relamerme con el balompié, creo mucho en mi más que amigo hermano Juan Manuel, porque es tío de esos que tienen más millas en lo alto que la quilla del barco de Cousteau, y, por tanto, más sabio que los del comité que todos conocemos. Juan Manuel lleva en sus venas el salitre de la vida, y de la muerte, porque los temporales por esos mares se los puso de corbata en más de una ocasión. Juan Manuel es tío audaz, listo, muy inteligente, como todo marino. Conoce las marejadas en la mar y en tierra. Conoce los atardeceres más lejanos y en su retina se vislumbran dos horizontes: el de la mar y el de su equipo de fútbol, el Algeciras.

Juan Manuel es un esposo cojonudo y un padre ejemplar. Es un hermano al que cuando se le reclama está ahí antes de que llegue el momento. Un hombre, en fin, al que le hubiera gustado ver a su sobrino —y el mío— Javi en la elite futbolera. Su afición el fútbol y su pasión surcar los mares. Su entrega es la amistad y su amor la vida. Por eso, y a pesar de que el deporte más solicitado no me guste, cuando él dice que no somos de cái y que aquí no se mama, pues eso, que no mamo, que mamen ellos. Que lo que dice Juan Manuel para mí va a misa.

Pese a todo, no quiero pensar que el fútbol, ese deporte en el que meten la mano muchos sinvergüenzas, divida una provincia, rompa un lazo cultural y humano. Porque, no sé ustedes, pero yo no quisiera ver cómo hombres honrados de uno y otro lado se tiran los trastos a la cabeza deseándose, a veces, lo peor que nos pudiera pasar. El fútbol, si de veras se considera un deporte que une y por el que se dejan los huevos los jugadores de la forma más honesta, debe servir también para mostrarnos respeto, para enseñarnos, como así lo aprendieron los profesionales que se la juegan en el césped, a ser mejores personas, a respetarnos y admirarnos cuando se gana y también cuando se pierde, porque la vida —la de los algecireños o la de los gaditanos— consiste en eso, en perder y a veces ganar. Pero con respeto. Como los hombres de bien.

                       

 

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