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PONIENTE FLOJO & Isaías Bueno

PUBLICADO 2005

Isaías Bueno.                                     El día que lloré en la cárcel

Hace algo así como… ¿cuatro años? No, creo que fue hace tres. Bueno, el caso es que estuve en el talego, en el de Botafuegos, en Algeciras. No cumpliendo condena, sino trabajando. En realidad lo visité tres veces: una cuando se terminó de construir (hubo una visita programada para la prensa), otra cuando se inauguró (con Jaime Mayor Oreja al frente) y una tercera para cubrir un acontecimiento bellísimo. Para ello, tuvimos que traspasar mi compañero el redactor y yo un sin fin de pasillos y portalones de hierro que se abrían y cerraban de forma calculada. Cuando franqueabas un corredor no se abría una puerta hasta que no se cerraba la que dejabas atrás, y así sucesivamente. Las cámaras de seguridad te acechaban y los fríos muros de hormigón te atrapaban alejándote de lo que todo hombre y mujer ansia: la libertad.

Fue la víspera de nochebuena y aquel día el centro penitenciario había dispuesto una fiesta para los hijos de las mujeres privadas de libertad. Habían decorado el gimnasio con globos y serpentinas, prepararon bolsas con mata suegras y caretas de espanto, improvisaron unas mesas repletas de paquetes de patatas y refrescos, y cacahuetes, y pasteles, y hasta repartieron regalos, juguetes… En fin, algo digno de elogio. Las madres habían montado una obra de teatro, que representaron en el auditórium del penal, en la que se dejaban el alma actuando. Otras mujeres, aunque no recibirían visitas por tener ya a sus hijos pasando los treinta, ayudaron con entusiasmo para que todo aquel festín saliera lo más bonito y digno posible. O sea, las más caldeosas.  Mi cámara comenzó a temblar cuando aquel montón de niños y niñas se hicieron con el gimnasio y se tiraron a los brazos de sus madres dejándose todo su ser en besos y caricias. Se tocaban el pelo y la cara, se alejaban para mirarse mejor y de nuevo se besaban. De verdad, se lo juro, mi cámara se desgarró por dentro, y del visor  se dejó caer una lágrima, la mía. Fue algo indescriptible, hermoso. Cuando acabé la faena salí de allí. Fui hasta mi delegación, envié las imágenes y más tarde, a las 15 horas, en el telediario las pudo ver toda España. Aquel calor humano en estado puro sobrepasó las paredes de millones de hogares en vísperas de nochebuena, y también mi corazón.

Hoy recuerdo esto porque Ricardo, un colega que me ha salido en  chirona, ha escrito a este diario para contar que mis artículos le gustan y que me lee, gesto que le agradezco. Así pues, el hecho de rememorar esta experiencia se me antoja una visita a la inversa, es decir, esta vez ha sido un privado de libertad quien me ha cumplimentado. No conozco a Ricardo, no sé dónde vivía antes de ingresar o cuáles son sus aficiones. Desconozco si tiene novia o esposa, hijos o hijas… Ignoro si trabajaba o estudiaba, por qué está cumpliendo condena y quiénes le visitan o le dejan de visitar. Lo que sí sé es que Ricardo está ahí dentro, con los demás, con la gente de mala sangre y con la otra, la de buena sangre. También sé que sale al patio, me lo imagino, y que cada mañana mira al cielo pidiendo a Dios que los días trascurran lo antes posible. Sé también que no quiere enfermar porque está solo, más solo que nadie en la tierra. Puedo imaginar que pide cada noche a Dios para los suyos. Y, también, que hace tiempo juró que nunca más volvería a pisar una trena. Pero ahora está ahí, en Botafuegos, alejado de todo cuanto fue y lo que quiso ser. Apartado de la sociedad que lo encerró y a la que ahora se quiere unir para aportar cuanto la vida le enseñó y las puñaladas traperas que le dieron. Para contar a todos su paso por esta existencia que lo llevó a cometer errores que ya está pagando con sudor y lágrimas cada segundo, cada minuto, cada hora, cada mes, cada año. Uno tras otro. Por eso quiero dedicar a Ricardo este artículo, porque es tío de buena cepa y porque haya hecho lo que fuere, Ricardo es un hombre al que todos debemos brindar nuestros respetos. Y a esas madres que me hicieron llorar, un beso.

             

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