PUBLICADO 2005
Hombre, tener lo que se dice tener, no tengo nada en contra de los gatos. Pero ya me empiezan a dar la lata un poquito, especialmente cuando no son míos y además usurpan mi parcela. En realidad, creo que no son de nadie, porque al igual que las personas, ellos son dueños de su propio animal, o clase animal, o como demontre se diga. Lo que sí sé es que van a su bola, sean o no tu mascota o por mucho que a la gente les mole. El caso es que en invierno no duermo a mi hora o, igual que hago ahora, en verano, salgo al jardín y les grito con la voz desgarrada eso de “¡Saaaaapeee!”; porque ahora descubro que estos se lían en todas las estaciones del año. Pero nada. Montan unas que para qué les voy a contar. Creo que se trata (los gritos que dan) de celos. O sea, que se lo están haciendo con la gata. Ella no se queja, pero ellos… Desconozco si es que se envalentonan o qué, o, si por el contrario, su rival, ese que con su orina marcó su territorio, es decir, mi parcela, también se quiere ensamblar a la muy gata. La cuestión es maullar toda la gatanoche.
Entre las razas más encumbradas, o pijas, se encuentran los siguientes felinos: Abisinio; americano de pelo corto, Burmilla; británico de pelo corto, Manx; Mau egipcio, Rex (Siamés); siberiano. Los tres que irrumpieron en mis terrenos deben ser de Lebrija de gaznate agudo y calentorris de rabo largo, porque esto no hay quien lo pare.
Al margen de los distintos linajes que existen en todo el mundo, el gato es un animal que ya hizo su primera aparición (según algunos historiadores) en los graneros egipcios atraídos por las ratas, hace 3000 años aC. Ahora se han instalado en mi jardín, pero a lo que voy. Los egipcios, con la llegada de los gatos, celebraron el acontecimiento como un envío divino de los dioses para proteger sus cosechas, claro que estos no sabían que cuando protegen también a sus gatas mozas lo hacen a gritos pelados. Creo pues, que los gatos faraónicos no se lo montaron muy bien en aquella remota época. Sin embargo, fíjense hasta dónde llega el asunto que con tanta adoración que le prestaban al minino crearon una diosa que se llamaba Bast, tenía cuerpo de mujer y cabeza de gato; ella simbolizaba fecundidad, belleza y luz. Hay que joderse. Luego los romanos —supuestamente— lo llevaron desde Egipto hasta su inmenso imperio. Una vez adaptados, los gatos se reprodujeron como Dios manda y se extendieron por todo el planeta. En EEUU (ya sé que los yanquis son exagerados para todo, pero que sirva como referencia) hay ya más de 50 millones de gatos. Desconozco cuántos habrá en Europa, sólo en mi parcela hay tres, o vienen de vez en cuando esa terna.
Se dice de él, que reúne cualidades estéticas muy valoradas por el ojo humano, que es bello, armonioso y equilibrado en sus formas. No sé yo. Y también elegante en sus movimientos. Tampoco sé yo, porque para mí que son muy socarrones. Afirman algunos, que es el gato un excelentísimo animal de compañía. Supongo que a sus dueños, si los tienen los tres que me visitan, no les deben hacer mucho acompañamiento, pues se pegan todo el día en mi jardín dale que te pego a la gata esa, que no sé de dónde habrá salido, pero seguro que de un prostíbulo felino. He oído decir también de él que en pulcritud es el mejor animal que existe; cosa que dudo, porque la gata, cuando termina el trío va que se las pela, ni siquiera se da un lamido en las patitas manchadas de barro cuando las clava en la tierra del rosal trepadera que preside la entrada al jardín. Y, por decir, se dice que hasta nos estimula su compañía y que poseen poderes de curación a nuestras enfermedades comunes. Pues con todo, yo me los quiero quitar de encima y no sé cómo. Claro que sin hacerles daño, no crean ustedes que yo soy como ellos. Cuenta una leyenda que alguien le hizo daño a un gato y tuvo cincuenta años de mala suerte, y yo estoy ahora como para que me caiga un san rorro encima. En fin, no sé cómo ahuyentar a los felinos y en la búsqueda del remedio me estoy dejando la vida. Si encuentro la solución, se lo cuento en la próxima columna. Palabrita.
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