PUBLICADO 2005
Se llama Adolfo Scilingo y fue uno de los que participaron en los vuelos de la muerte en Argentina, entre los años 1976-1977. Él mismo confiesa haber arrojado al mar a más de sesenta personas vivas desde un avión Electra de la Aviación Naval que volaba a unos 2.000 metros de altura. Los lanzamientos se realizaban a una hora de vuelo de la costa y con este hijoputa viajaban también otros desalmados: un médico, un cabo y un teniente. Aquel miércoles de junio del 77, cuando le anuncian al ex militar participar en uno de los vuelos, se dirige al ESMA y comienza la operación.
Fueron 4.400 disidentes de la dictadura argentina a los que tiraron desde los aviones no sin antes ser anestesiados. El propio Adolfo Scilingo dijo que los sacerdotes navales “estaban a favor de una muerte muy liviana”. Primero se les anunciaba que serían trasladados a otra prisión y debían ser vacunados, pero nada más lejos de eso. Los adormecían. No se enteraban de nada. Los presos iban camino del abismo, de la salvajada. Mientras se encaminaban como zombis al Electra, que aguardaba en la pista con sus dos motores crujiendo y levantando las piedrecillas y el polvo, Scilingo, jefe del vuelo, hacía hueco en el aparato para amontonarlos como si de una fosa común se tratara. Afirma éste fulano que los vuelos se realizaban de quince o veinte hombres una vez a la semana, los miércoles, no obstante, algunos fines de semanas se hacían vuelos extras. Llegados al lugar del lanzamiento, se oía en la cabina donde se hallaban apilados los desdichados la voz del piloto que ordenaba abrir la portilla por donde los despedían y, en perfecta sincronización, mientras el médico abría la escotilla y Scilingo se disponía a lanzar a esos hombres al vacío, otro, el teniente Vaca, se los acercaba cual sacos de ayuda humanitaria se tratara, pues el estoicismo con que narra los hechos el ex capitán de corbeta Adolfo Scilingo así lo parece.
Este perro salvaje, ocho años después de la dictadura, comienza a largar fiesta a la prensa de su país de lo que vio o dejó de ver. El caso es que sintiéndose desprotegido en su Argentina vino a España (en 1997) para contar al juez Garzón toda esta historia y para que se le diera protección por colaborar con la justicia. Así las cosas, ingresa en prisión, concretamente en Carabanchel, y una vez en el trullo, declara que vino a España a contar la “fantasía más grande del mundo para sensibilizar a la opinión pública y para ayudar a Garzón”. El pasado martes fue juzgado y condenado a una pena de 640 años de prisión de los 9.138 que pedía la fiscal por genocidio y terrorismo durante la dictadura argentina.
El perro sarnoso del que les hablo narró también, con heroicidad, que en uno de esos vuelos estuvo a punto de caer al mar cuando al arrojar a uno de los presos resbaló. “Menos mal que justo a mi lado se encontraba el cabo, que fue quien me sujetó, de lo contrario hubiese caído” dice este pedazo de lo que ustedes quieran. Al leer no hace mucho una entrevista que le hacen a este caprino descubro que, además de estar como una moto con las bujías sucias, el cinismo de su relato lo envolvía de orgullo. Creo que vino a España para vacilar, pero se la metieron doblada. A este tipo de personas, si la primera vez falló su caída libre tras los prisioneros, se les debería dar una oportunidad de salto, o sea, la patadita, el primer empujón, una oportunidad para conocer de primera mano qué se siente cuando al caer te hostias y revientas. Pero sin anestesia, para que su ego heroico ascienda hasta latitudes desconocidas, es decir, hacerle un pequeño favor a él y a la humanidad, y a los familiares de los 30.000 desaparecidos que, veintidós años después del genocidio, siguen llorando a los suyos. No soy retorcido, pero debo reconocer que aquel cabo chusquero y pelota no actuó en consecuencia. Qué pena que estaba allí el cabo ese de los cojones. Maldita sea. Qué pena.
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