Blogia
PONIENTE FLOJO & Isaías Bueno

PUBLICADO 2005

Isaías Bueno.                                   Esclavos en Nueva York

El caso es, que después de dar un repaso a uno de los periódicos que reposa aún frente a mí, veo, junto a la puerta del despacho, una pequeña litografía (20x40) de Miquel Barceló. Extendiendo aún más la ojeada y veo un estudio no muy sugerente. A mi izquierda, se encuentra el armario que sirve de archivo, de librería, de dormitorio para los objetos (pocos) de recuerdos y de videoteca. Justo al lado del mueble, advierto una estatuilla de escayola que mi madre decoró cuando le dio por pintar figuras y que nos regaló hace algunos años. Detrás de mí, cuelga un cuadro dedicado a la Batalla de Trafalgar, junto a este, una imitación de otra obra que me regaló mi amigo Pepe Carre, y, más abajo, apoyada en la pared, mi guitarra, a la que no acaricio desde hace bastante tiempo. Sobre media columna de escayola, reposa mi maleta, o maletín. Sobre mi mesa hay una foto de mi hijo, dos agendas, una factura que no pienso pagar, dos cuadernos de notas, dos revistas (una de literatura y un dominical), dos diccionarios: uno de la RAE y otro de sinónimos y antónimos de Ediciones SM. Y dos periódicos del lunes 12 de este mes. Y dos libros: el premio Planeta 2005 y el finalista del mismo galardón. Bueno, y el teclado, monitor y altavoces del ordenador, claro. ¡Ah! Me olvidaba. Sentado a esta mesa estoy yo; dándole a la tecla mientras descubro a uno y otro lado de la estancia para referirles a ustedes.

Pero a lo que voy. Resulta que la estampa de Barceló de 20x40 que cité al principio, sugiere una canoa con gente abordo, y esta gente, ataviada con coloridas prendas, deja entrever, porque se les distingue acurrucados, sus cabezas negras y extremidades del mismo color. Se me antoja una patera, pero no lo es. Así que después de leer un artículo sobre los esclavos negros de la América de 1675 (que se podían comprar por el equivalente a 300 euros de ahora) en uno de los periódicos,  esa litografía se torna en estos momentos una barca negrera. Tiene toda la pinta.

El artículo, rigurosamente elaborado, narra la exposición dedicada a la esclavitud en aquellos años en Nueva York recogida en el New York Historical Society que hoy ha batido record de visitas y de suspicacias, pues Nueva York estaba implicada muy seriamente en esta compraventa de hombres y mujeres que asistían en los hogares de los más ricos de la ciudad. La muestra refleja el dolor, el sufrimiento, su forma de vida y sus trabajos además de numerosos documentos relacionados con los barcos negreros que arribaban la costa norteamericana en aquellos años bárbaros en que el hombre poderoso compraba a otros menos acaudalados para que le relamiera a toda la familia a cambio de un plato de mala comida y un cobertizo donde descansar su mala fortuna.

En la exposición,  se proyectan vídeos con libros de registro de esclavos y el estado en el que se entregaron a sus compradores, la procedencia y, por llamarlo de alguna manera, el certificado de calidad, o sea, algo así como un documento que acreditaba que aquel hombre de color no procedía de ninguna otra familia, sino que era primerizo, que no había servido antes en ningún hogar. Una de las ilustraciones que se puede observar en el museo de la ciudad, advierte el talante portentoso de un matrimonio adinerado enfundado en  la vestimenta de la época que  dejaba tras ellos el caudal que lo delataba como comprador de seres humanos; claro, que esto le importaba un huevo a la peña; todos eran del mismo clan.

Pero aún existen esclavos. Estos pueden ser negros, blancos o mulatos. Pueden, también, ser hombres o mujeres, niños o niñas. Sin ir más lejos en la historia, hoy por hoy, hay miles de niños en todo el mundo que satisfacen con su pequeño gran esfuerzo las cuentas corrientes de mucho hijoputa que anda por ahí suelto. Trabajan en las minas, en los basureros y en fábricas de ladrillos allá por el nuevo mundo. Incluso, los hay que, con cuatro o cinco años, se suben al capó del coche y te limpian el parabrisas. Otros aún malviven en Asia tras el paso del maremoto… ¿No es esa, acaso, una forma de ser esclavo de su propia miseria? ¿Por qué no hacen en Nueva York una exposición de la esclavitud de ahora? Posiblemente porque se les caería la cara de vergüenza. Digo yo.

0 comentarios