PUBLICADO 2005
Si de algo puedo presumir es de llevar a las espaldas más kilómetros que el baúl de la Piquér. Y de otras muchas cosas, pero dejémoslo en el kilometraje librado. En cada parada y fonda institucional, me he encontrado con mamarrachos y mamarrachas de todas las vestiduras existentes en el mercado y de todas las sangres que fluyen desgastándoles las venas. A cada kilómetro recorrido, he ido observando con suma atención los semblantes amargos que, algunos de estos cenutrios y cenutrias, iban luciendo con el más absoluto deterioro de la vida con la que se hostian cada día. A más kilómetros salvados, más gilipollas en el camino. Tanto es así, que algunos y algunas con las que me he cruzado se han creído los dueños y señores de los cortijos que, como perros guardianes, han defendido a capa y espada creyéndose custodiar el Santo Grial o algo legítimamente suyo.
Pues con todo —ya sólo me quedaba ver eso en los últimos kilómetros franqueados, que corresponden a los del pasado día 23—, nunca había estado frente a frente con la bedel de un instituto que más que una conserje parecía un Rotbailer enfurecido deseando lanzarse sobre mí y apretarme la yugular con su fuerte mandíbula. Me quedé patitieso al contemplar la colérica mirada con la que aquella mujer se enfrentaba, de la forma más desagradable y maleducada, a mí, espetando, como no podía ser menos, las peores frases que mis oídos podían percibir aquella mañana, y aquí les cito las más suaves: “¡Fuera de aquí ahora mismo! ¡Salvajes! ¡Sin vergüenzas! ¡Fuera de aquí!” Gritaba la mujer aquella delatando un rostro amargado por los años y la vida tan perra que la había dejado allí para los restos. Aquellas palabras las exclamaba iracunda y con los ojos fuera de sus órbitas. Con las venas del cuello apunto de estallar y los labios tumefactos de la sequedad y de la falta de riego sanguíneo en ellos, pues todo aquel afluente se desviaba a las venas más cercanas a la nuca.
Sin atreverme a franquear el umbral de su territorio, no di crédito a tan absurdo espectáculo. Los transeúntes se detenían a su paso por la bronca aquella y alucinaban. A mí se dirigió aquel maleducado porte recortado, de la siguiente manera: “¡Tú, fuera de aquí ahora mismo —yo estaba afuera, o sea, en la cancela— o no sé lo que puede pasar!” amenazaba el ogro. “Señora, pero no se ponga así” le dije templando la voz. “¡Me pongo como me da la gana, y eso es lo que hay!” lanzó la bedel, esforzándose en dar más la nota. “¿Puedo hablar con el director, señora?” Inquirí amablemente. “¡Aquí no se habla con nadie! ¡Aquí mando yo porque el director me ha dicho que no entre nadie, ¿te entera?! ¡Que te vaya, fuera de aquíííí!” —Estas palabras las recojo íntegras con la cámara y abren mi noticia en el telediario, para que luego no se diga—. Se posó a tan sólo tres dedos del objetivo de mi cámara y creí, por un momento, que aquella inepta me endiñaba un guantazo. Menudos huevos le echaba la colega al asunto.
La verja del instituto se cerró a cal y canto. Al cabo, permaneciendo aún en la calle a la espera de noticias, se oye una deslucida voz proveniente del porterillo automático del centro que blasfemaba sin excusa esta vez: “¡Los de la prensa sois unos sinvergüenzas! ¡Iros ya, que tenéis mucha cara!” Para creerlo habría que estar allí. Algunas mujeres reconocían haber tenido en alguna ocasión una disputa con ella, y me narraban las broncas injustificadas a las que se habían enfrentado. Sin embargo, nunca puse en duda la profesionalidad del profesorado y la dirección, ni de cuanto personal trabajase en ningún centro de enseñanza de la comarca campo gibraltareña, pero la señora maleducada pintaba el instituto de un color desagradable dejando lucir una imagen injusta e impropia de un o una conserje. No obstante, animo al claustro del centro de enseñanza para que continúen sin obstáculos en la maravillosa tarea de instruir, y, a la bedel, a que siga siendo así, para que cuando se jubile y no tenga cortijo que defender se dé cuenta de lo mamarracha que ha sido durante tantos años.
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