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PONIENTE FLOJO & Isaías Bueno

PUBLICADO 2005

Isaías Bueno.                                   La flor de tu interior

En uno de los muchos incendios forestales que he grabado, que no son pocos, me encontré con una imagen digna de admiración —que no la de la devastación brutal del monte— y la cavilación de lo que somos y las oportunidades que nos brinda, a veces, esta corroída vida que arrastramos. Es la estampa misma del resurgimiento, de volver a nacer. Pero nacer de la ceguedad, de entre el mugriento y oscuro escenario que había dejado allí, para los años venideros, la mano de un descerebrado ayudado de su mechero o su imaginación para hacer la atroz salvajada de llevarse por delante tanta vida.

El día después de un incendio es desolador, triste. No se oye el viento ni el canto de los pájaros o los chirridos de otros animales. El lugar acaba de morir y sólo ha dejado una alfombra que, vestida de abatimiento, ha salvado de la pira a muchas plantas que proyectaban, como era natural, renacer. Así, cuando volví al día siguiente a la zona devastada, me zambullí en ese paisaje moribundo y descubrí, de súbito, un pequeño cogollo que asomaba para vivir por entre los ramajes parduscos. Y quizás a mí también me hiciera resurgir, porque cuando te ves entre un panorama así, sólo te cabe desear echarte a la cara al fulano que le prendió fuego, pero ese nacer tan bello me hizo pensar que todo lo que nos rodea se esfuerza en seguir la vereda que nos conduce a la buena sombra, y la esperanza de esa nueva yema es la que nos debe valer para darnos, a nosotros mismos o a los demás, una oportunidad. Porque lo crean ustedes o no, merece la pena.

Esa imagen que guardo en mi retina la rememoré hace un par de fines de semanas cuando cenaba con dos amigos. A mi derecha se sentó él y a la izquierda su mujer. A medida que fui librando el relato de aquel recuerdo del incendio, comprendió la mujer de mi colega, que siempre, luego de una tierra yerma y desprovista de siembra alguna, nace una flor. Emerge de la tierra porque parece intuir que ésta está desprovista de todo cuanto fue. Aquel  brote se elevaba centímetro a centímetro respirando, por vez primera, la atmósfera que le daba la vida, esa oportunidad que como a las demás plantas  les brinda la sabia naturaleza para después expirar cuando haya alcanzado su atalaya, ésa desde la que contemplará con amargura para lo que vino y por qué se ha de ir.

Sentir que en nuestro interior, del mismo modo que ocurre en el bosque, se da esa regeneración, es lo mejor que nos pueda pasar jamás. Descubrir que también nosotros podemos dar un margen a tanta destrucción, es hacer bien las cosas, y si el camino que decidimos tomar en última instancia es el contrario, descubriremos que nos hemos equivocado, nos daremos de lleno con la fatalidad.

Soy de la opinión de que cuando la coexistencia sobrevive acompañada de los errores humanos, debemos partir de cero sin desechar el camino que ya hemos salvado, y, por ello, reponer nuestras vidas pensando, siempre, en que del mismo modo que le ocurre al bosque, en nosotros también habita una hermosa flor que se debate en salir para que al fin comprendamos que no estamos desprovistos de razón, sino que ésta reside en nuestro interior a la espera de que le abramos un resquicio para nacer y hacernos comprender que, al fin y al cabo, también nosotros somos un bosque quemado, teñido de luto, pero un bosque al fin, del que nacerá una nueva vida llena de emociones y sensaciones que nos brindará, mañana, el privilegio de volver a ver salir el sol; dejando atrás el hollín en el que una vez nos vimos envueltos.

Al acabar de contar la anécdota del incendio, mi amiga me pidió que la publicara, y, cumpliendo con su deseo, así lo he hecho. Pero ahora me toca a mí pedir, y le pido a ella que se de una oportunidad y que comparta su flor con ese bosque arrasado, porque habrá merecido la pena.

                       

  

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