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PONIENTE FLOJO & Isaías Bueno

PUBLICADO 2005

Isaías Bueno.                                        La foto del muerto

La mañana se tornó despejada y fresca. La lluvia de la noche anterior había abanicado el ambiente y a pesar de que nos adentrábamos en un poblado apartado de la civilización en una llanura árida y pedregosa, la atmósfera que nos envolvía se hacía respirable. Apenas si habíamos dormido el conductor funerario y yo, pero se debía a que había que entregar a sus familiares los cuatro cuerpos sin vida que llevábamos en la parte de atrás del furgón y el viaje desde Algeciras hasta Kouribga había durado toda la tarde noche. Los féretros iban perfectamente cerrados y precintado, y también refrigerados. No obstante, y aunque los párpados se nos cerraban sin previo aviso, la furgoneta proseguía librando los últimos quinientos metros antes de que una avalancha humana se agolpara al vehículo gritando y llorando de dolor. De sufrimiento. De pena. De desolación y de amargura. Es ese sentimiento indescriptible de cuando nos abandona un ser querido. A ellos, a esas mujeres y hombres de bien, se les fue un joven radiante y soñador. Soñaba con alcanzar la costa española pero su final fue otro. Su fin consistió en perecer en la más estricta soledad y quedar, al cabo, envuelto en un manto de estrellas que desde lo más alto, aquella fría madrugada de febrero de hace cinco años, lloraban de impotencia.

El furgón se detuvo al fin junto al lugar donde se inhumarían dos de los cuerpos que regresaron a su país con los sueños rotos. Rotos como aquella luna menguante que los vio morir, expirar en el intento. Al apearme del transporte mortuorio puse en funcionamiento mi cámara. Resultaba casi imposible mantener firme un solo plano. El pulso casi no lo pude contener y mis ojos se inundaron cuando percibieron tanto dolor en estado puro. La cámara grababa aquellas imágenes que se verían por vez primera en los distintos telediarios y que harían, del mismo modo que a mí, llorar a media España. Pero nada de esto debió importarles un carajo a quienes de verdad tenían la solución. A quienes podían parar tanta muerte en el Estrecho de Gibraltar. Una vez sepultados y rezados sus muertos, todos volvieron a sus crueles hogares para continuar llorando, esta vez en silencio, a los suyos.

El conductor de la funeraria y yo nos dirigimos a la casa de uno de los afectados y comimos lo que nos ofrecieron aquellas buenas personas. Al cabo, un policía marroquí irrumpió en la acolchonada sala donde nos habíamos lavado y alimentado para mostrar a aquella familia las fotografías de otros frustrados soñadores que habían tenido el mismo final que los que acabábamos de sumergir en la tierra. El de la gendarmería intentaba identificar los cuerpos y pedía que se observara con atención la foto por si alguno de los allí presentes los reconocía. Pero todos negaron con la cabeza en silencio tragándose la pena. Entonces, por mi cabeza empezó a pulular lo que debían estar pensando al tiempo que observaban aquella masacre. Posiblemente, pensé, tras ver caer una lágrima por la mejilla del padre de Rachid, uno de los desafortunados, que aquel hombre se preguntaba si así quedó su hijo la noche del naufragio. Aquel rostro ensangrentado que se le mostraba en papel DIN A4 a ese hombre era la muerta imagen de su hijo, yo, que aquella madrugada grabé la noticia del naufragio, junto a otros compañeros de los distintos medios, y observé, además de la escena que allí se presentaba, a Rachid, le miré a los ojos y asentí con un leve movimiento de cabeza reafirmando lo que se debía estar preguntando. Al poco, el hombre devolvió la foto al agente y se retiró. Yo permanecí unos segundos cabizbajo preguntándome cuándo grabaría el próximo siniestro. Porque las muertes se sucederían imparablemente. Y así ha sido durante los siguientes cinco años: una patera tras otra ha ido cayendo en esta costa o la Canaria. Y así seguirá ocurriendo mientras un hombre sea capaz de soñar y a otros se las traiga al pairo que eso suceda o no. Aquella foto y quien la observó durante unos minutos con el corazón contraído, siempre permanecerán en mi memoria, no sé por qué, pero siempre estará ahí.

     

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