PUBLICADO 2005
El ambiente genuino de un puerto ha desaparecido. O casi se ha extinguido. Y aunque el lienzo callejero y navegante haya eternizado esa primera línea de tiro de la literatura, de historias cinematográficas y hasta de animados cuadros que desde lejos dejan ver ese paisaje porteño que antaño todo artista exponía para unos cuantos amantes de la mar, ya nada es lo mismo que antes, de ninguna manera. De igual forma que ese olor a mar y a vísceras podridas cosidas a las redes casi ha dejado de formar parte del horizonte en el ir y venir de los viejos lobos de mar, ya en dique seco, que junto a la dársena pesquera o mercante se pasean y entretienen reviviendo las miles de millas libradas por aquellos mares que les hizo pasar tanta fatiga a cambio de dejarles llevar a casa unos cuartos para dar de comer a los suyos. Esos recuerdos fríos y apesadumbrados que hielan el alma aún permanecen vivos en la memoria curtida de estos hombres.
Con todo, en algo no ha mudado mucho de aires la marina. Aún se atisba alguna que otra vieja meretriz que de clientela fija hacían su despacho las tardes, noches o madrugadas, cuando la marinería más veterana y sabia pisaba tierra firme. De rostro pintoreado hasta rayar la exageración y el chiste, o el ridículo, y vestiduras desusadas, se sabían currar al fulano al toque, casi, de corneta. “Ya toca” le decía un marino a otro. “¡Ya está ahí la colega!” vociferaba el motorista, o el que amarraba el barco al bolardo. Ellas deambulaban pacientes por entre cajas y camiones que llegaban allí para trasladar las capturas. Sabían que sus Luises o Manolos, Andreses o Paquitos nada más desembarcar les daría mil duros para que les rascasen la entrepierna después de unos largos días de pesca en el moro o donde fuera, pero las cinco mil pelas caían seguro. Extramuros de cualquier puerto del mundo (paseos marítimos, por ejemplo) se adivinan decenas de prostitutas a altas horas de la noche, que como al son de un saxo apuntalado a un balcón con vistas al avituallamiento se relajan reposando sus carnes en cualquier esquina portuaria. ¿Los clientes? Antes eran los mismos, ahora no. Esas mujeres, también “veteranas de la mar” —porque cuentan que para la marinería eran pañuelos de lágrimas— están ahora metidas en los cuarenta y pico y la clientela ya no es aquella, sino otra que ha acabado por hacerse con el muelle. Me refiero a los camioneros que desde el norte de Europa llegan hasta el puerto de Algeciras, o cualquier otro, para embarcar rumbo a Tánger. Ahora los treinta euros se los endiña un alemán o un francés. Un italiano o un holandés. No se invitaban a copas —ahora tampoco—, lo más es un cigarrillo rubio americano mientras cierran el trato.
En las muchas ocasiones que he ido al puerto las he visto saltar de las cabezas tractoras estrechándose más los pitillos o el sujetador para seguir con la ruta porteña. A veces coinciden dos o tres que intercambian algún chisme: “no veas lo cabrón que es éste”, espeta la una. “Pues el mío me ha dado más de lo que le pedí”, dice satisfecha la otra. Así. Sí señor. Eso no se ha perdido. Aún resisten estas buscavidas en el puerto a aquellas noches estrelladas o de aguaviento. Con otros currantes, o clientes, da igual, pero continúan rulando por allí embadurnadas, fingiendo una agradable sonrisa y cagándose en to lo que se menea cuando un asiduo les falta al respeto o le da menos de lo pactado. Ya se acabó aquello de andar por la lonja o el filo del atracadero intentando pescar al pescador. Aquellos tiempos se esfumaron y los jubilados ya no están para trotes. Pero ellas, de una forma u otra, siguen allí. Estarán de por vida, hasta que envejezcan, porque forman parte del muelle, ese que las vio hacerse y desarrollar un sentido especial para clavar con astucia el ojo en un tipo y montárselo para seguir subsistiendo, y porque desde tiempos lejanos, muy remotos ya, la trata en los viejos embarcaderos de madera podrida ha sido necesaria. La figura valiosa de estas mujeres, cuando piratas y bucaneros recalaban sus navíos ansiando ron y mujeres con mucha guasa, no puede morir.
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