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PONIENTE FLOJO & Isaías Bueno

PUBLICADO 2005

Isaías Bueno.                                           Mis huevos fritos

Si hay algo que me gusta mucho comer es, por honorable, un buen plato de papas fritas con dos huevos —que no los que le echo yo para zampármelo—, chorizo fritito y costillas de cerdo en salsa. Y para echar para abajo la tela, picoteo de una ensaladera con tomates picados con su cebolla y la melva canutera. Me da igual que sea invierno o verano. Que llueva o truene o que haya un sol de justicia. Entiendo que para estos platos copiosos la mejor época del año sea invierno, pero a mí me la suda. Cuando degusto lo que les cuento, me voy del gozo.

Pero cada cosa en su sitio. Es decir, que para embucharse el plato en cuestión, no vale cualquier banda, cualquier garito. No, no, para comerse esto tienen que elegir bien las manos que le frían a uno los huevos, le glorifiquen las costillas y los chorizos y le aliñe bien el tomatito picao, si no, no vale. Para ello, yo hace mucho tiempo elegí Casa de Porros, en Tarifa, sito en la mismísima 340, yendo pa cái o viniendo de allí. Lo mismo da que se lo zampen dentro que fuera, aunque yo elijo dentro porque el olorcito a leña que emana del horno que cuece el pan moreno que distingue a esta casa le da su puntito gastronómico al asunto. Pero ustedes, si lo desean, pueden comer fuera, viendo pasar los guiris desaliñados con la botella de Sprait bajo el brazo mientras le damos un trago al botellín de Cruzcampo fresquito y pinchan con el tenedor el tomate y la cebolla para luego sopear con el pan moreno en el caldo del condimento.

Fíjense hasta dónde llega el tema, que cuando viajo por la provincia de Cádiz por cuestión de currelo, aguanto el tirón hasta la hora que sea con tal de pasar, a la vuelta, de regreso a Algeciras, por Casa de Porros para deleitarme con la atragantada. Allí, que además me tratan como a un señor, me entretengo con las dos chicas que me frieron los huevos y el chorizo. También desayuno a veces cuando a las siete de la mañana acabo la grabación de una patera, pero a lo que voy, al almuerzo. Les decía que en Casa de Porros me lo paso bien porque las dos hermanas que sirven con maestría me cuentan cosas, o yo a ellas, y en eso se les va el tiempo y a mí los huevos, el chorizo y las costillas, entre largos tragos de cerveza fría. Allí desconecto. Me olvido de lo que grabé pasadas unas horas y regreso a mi casa con el aire renovado, limpio, sin comederas de coco, sin nada más que pensar que en volver otro día en busca de mis huevos y mi chorizo. La última vez que pasé por allí fue el viernes pasado. Me planté de Villamartín a Casa de Porros en un rato largo, pero ante comer en una venta mi rabo de toro o mi conejo al ajillo, preferí mis huevos bien fritos y mi chorizo churruscado. Siempre elijo ir a donde venden el mejor pan del mundo aunque para ello me tenga que mamar doscientos kilómetros y coma a las cuatro o las cinco de la tarde, pero me plato allí como me llamo Isaías. Decía un productor de TVE, Pepe Sabio, con el que trabajé en Ceuta hace dos años, que donde te sirven buen pan y buen aceite se guisa bien, haciéndote sentir como en tu propia casa. Y este productor ya le ha dado cuatro vueltas al mundo, o sea, que el colega sabe lo que dice.

El rodaje que hice en Villamartín no fue agradable, el tema fue un drama muy jodido, y una vez que aparqué en la puerta de Porros se esfumó el asunto de mi cabeza. Un amigo que me acompañaba, me dio el viajito hablando de los huevos y el chorizo. Se impacientaba, el estómago, decía, le hacía “glú, glú glú…” y se relamía los labios pensando en el botellín. “¿Falta mucho para llegar, Isaías?” Me preguntaba cada cinco minutos. “Que no, hombre, que ya falta menos”. Una vez en el mostrador de Casa de Porros, y tras hacer nuestro glorioso pedido, a comer. Con dos pares. Venga a mojar en el huevo y en la grasita del chorizo. Y venga tomate y cebolla. Y vengan botellines fresquitos. Joder, así da gusto.

 

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