PUBLICADO 2005
Pocos cuadros navales me hacen frenar en seco sin desclavar los ojos de lo que muestran. Pocas obras alcanzan mi atención si en ellas no percibo la lucha incesante del hombre, la nave, la furia de los elementos y la luz que envuelve el argumento. Por eso, ante un lienzo de William Turner (Londres 1775-Chelsea 1851), El valeroso Téméraire remolcado a su último fondeadero, incluso me llegué descubrir la cabeza. Observé una entrada en el río Támesis que se hacía agonizante. El remolcador a vapor que trasladaba aquel fantasma gigante —venciendo la tecnología a la navegación tradicional—, bosquejaba la imagen misma de la amargura como si de un transporte fúnebre se tratara —aunque en realidad así era—, al tiempo que el sol se despedía abandonando una luz anaranjada que fulguraba sobre aquel río victorioso que observaba callado la herida incurable del Temeraire mientras era llevado, en silencio, hacia su reposo eterno en los astilleros de Beatson, en diciembre de 1838. Allá quedaron los zumbidos de sus noventa y ocho cañones que seis lustros atrás habían arrojado sobre la escuadra franco-española, especialmente sobre el Santísima Trinidad, ayudado de otro barco inglés, toda su furia incontenible.
Turner, que inmortalizó en 1839 al Temeraire —óleo sobre lienzo que se encuentra actualmente en Londres, National Gallery—, narra el último aliento de la nave que luego de la Batalla de Trafalgar quedó destinada al avituallamiento. En la obra no aparecen los mástiles del Temeraire vestidos, con sus velámenes, sino desnudos de cuanto fue y de cuantas maniobras con el trapo arrojado al viento le dieron gloria. Aparece en el cuadro como un barco fantasma que oculta en sus entrañas los secretos de la marinería más sabia y los gritos desesperados de quienes se morían poco a poco al toque incesante del tambor que marcaba los tiempos de disparo de cada batería. Un barco fantasma asaltado sólo por el mutismo de quien más allá, desde una goleta, lo veía morir muy despacio a medida que libraba los últimos aguajes del remolque que lo precedía. Así aparece el Temeraire en esta grandiosa obra de Turner.
Esta nave de tres puentes, botada en 1798, estuvo mandada en Trafalgar por el capitán Eliab Harvey, que vio morir a 47 de sus hombres en la contienda naval y del que se dice fue un luchador bravo que recibió aplausos del Parlamento inglés, una medalla de oro y la espada de honor del fondo patriótico, siendo asimismo ascendido a almirante. En aquellas aguas de Trafalgar, teñidas de un rojo rendido de sangre, permanecieron a su suerte los más de 4.400 cuerpos sin vida que posiblemente el temporal hiciera reposar para siempre en los bajos de Aceitera y en aquella tierra firme, frágil y lastimosa, que vio morir a sus hijos bajo un estruendo colérico y frenético vomitado a propósito por aquella artillería enemiga. La inglesa. Como en otros cuadros del artista londinense, dedicados en buena parte a la Batalla de Trafalgar —siendo algunos muy criticado, por cierto—, el rendido al Temeraire no está exento de la victoria inglesa. Aun dejando derramar su último quejido, el Temeraire era un orgullo para la tripulación del lanchón que lo lleva a su tumba. Quizá, desde la popa del remolcador, estuvieran los ojos de quien lo gobernaba recorriendo el desarrapado mascarón de proa y el bauprés que mirando al cielo enconado que lo veía morir, permanecía erguido cual cabeza de noble que, a pesar de los avatares, jamás doblegaría ante la muerte misma o la última derrota. Siempre permanecerá garboso. Siempre será el Temeraire. De todos los cuadros de la marina del XVII o XVIII que he contemplado, y de todos en los que se muestran naves descuartizadas, semihundidas o mutiladas a cañonazos, ninguno me ha expresado, jamás, la imagen misma de la muerte de un navío con tanto ceremonial.
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