PUBLICADO 2005
Sanlúcar de Barrameda, 13:00 horas. Me planto ante frontispicio de un edificio teñido de color tinto que está situado al fondo de la ajustada calle Truco en la que se asienta del mismo modo una vetusta bodega de manzanilla (data de mil setecientos y pico). Antes de nada, miro hacia arriba y leo en aquella pared grana un letrero que dice así: Museo naval de las caracolas. Más arriba aún, se dejan ver todo tipo de artilugios como trozos de red, salvavidas con nombres de barcos ya desaparecidos, veletas… Y hasta restos de pequeños barcos. Precisamente ése lugar iba buscando, y lo encontré, pero no a su dueño, con quien ansío dar porque se avecina un aguacero y no me hace gracia que la vendita lluvia me ahogue con el equipo a cuesta. En la bodega de fachada hosca y mugrienta contigua al museo, pregunto a un señor por el marino en tierra que busco. “Pues si buscas a José, lo encontrarás en el mercado. Todos los días va por allí a coger las bocas de marrajos”. Me encojo de hombros y salgo de aquella calle poniendo los pasos hacia el mercado de abastos. Nada más entrar me pregunto qué figura pretendo encontrar si no le he visto jamás, y entre tanta gente aquello de preguntar por él me parece una gilipollez. Pero si regenta aquel hombre un museo naval fabricado con sus propias manos, si busca cada día bocas de marrajos para vender y sólo le queda una pequeña pensión además de un agente inmobiliario desalmado que lo amenaza cada día para que venda el edificio, no será difícil dar con José.
Sólo anduve unos metros hasta llegar a los puestos de pescado. De un rápido vistazo le localizo. Está de espaldas trajinando con unas cajas de desperdicios de pescados. Camiseta azul marino, pantalón del mismo color, pelo largo y gris recogido con una coleta. Se mueve con destreza por entre aquel ambiente porteño. “¿Es usted José, el del museo naval?” Le pregunto a aquel septuagenario. Al volverse y verme cargando con el material de currelo, sonríe y dice ser él al que busco.
Llueve con más fuerza que antes y avivamos el paso hasta llegar a su particular colección. Extrae una llave del bolsillo, abre la portezuela pintada de mil colores y accedemos a lo que parece un cementerio de especies marinas y barcos desmantelados, paredes forradas de caracolas; más de ocho mil, y testeros repletos de fotos que inmortalizan su pasado. La entrevista es fácil, José tiene una parla que no les cuento. La imagen también realizable, ya que el museo está atestado de objetos, valiosos o no, que te hacen permanecer haciendo planos el tiempo que quieras, y la luz interior envuelve aquella atmósfera marina dejando ver, en cada secuencia, lo que en otro tiempo se fue apagando del todo en el interior de aquel hombre. Ocurrió hace cincuenta años. José se encontraba en la popa del barco y su más fiel amigo en la proa. Al echar su colega el ancla, se le trabó en una pierna y cayó al agua. José fue en su ayuda pero ya era demasiado tarde; vio cómo su amigo se hundía con el rejón hasta desaparecer. Una semana buscando en el mar y en tierra, pero no había ni rastro. Entonces, me relató José, “le hice la cruz al Este”. Se marchó a Alemania donde trabajó en la construcción veinte años y, al regresar a su Sanlúcar del alma, se dedicó a recoger restos de naufragios de la costa para construir, con sus propias manos, en su casa, un museo naval que dice cuidar como a un hijo. Ahora, un promotor urbanístico se lo quiere arrebatar amenazándole con que si no le vende la finca le sucederá algo desagradable, pero José dice que le importa un huevo, y que de su museo, que quiere donar al pueblo cuando sucumba su paso por esta perra vida, no lo moverá nadie. Con los ojos inundados, dice sentir la salobridad del mar que lo vio nacer correr por sus venas. Cuenta que pasa el tiempo en el museo y que cuando le conviene se va a la playa a ver las mareas. Cuando no, se adentra en el mercado a recoger las bocas de marrajo que embalsama y vende para comer, pero que la finca no la traspasa, “muá, por mis muertos”, jura José ante la cámara. Al despedirnos me dice con tono de súplica: “el ayuntamiento no me escucha, ¿podrá dejarme tranquilo este constructor cuando me vea en la tele?”
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