PUBLICADO 2005
No es el mismo olor porque al de ahora le falta la columna de humo gris que se iba tejado arriba hasta alcanzar la altitud suficiente como para contemplar desde lo alto el barrio de San Isidro y algunos periféricos. Tampoco el olor de ahora se mezcla con ese otro de la leña, por eso nos parece que el inconfundible aroma a panadería noctámbula haya desaparecido, pero no, se lo digo yo. Además, recordarán ustedes que ese olor a pan, que acudía desde lejos a cualquier hora de la madrugada, se cernía también, junto con el humo del acebuche o el del eucalipto, tiro arriba y media Algeciras se aromatizaba con ese nuestro manjar que es de cada día, el pan.
La panificadora de Javi, oficio que aprendió éste con su padre, José Gómez, de Panadería San Isidro, nombre que también luce en el umbral del negocio de su progenitor, sigue oliendo a pan a cualquier hora del día. Javi libra cada hora yo no sé cuántas barras y bollos de maza dura o de la otra, panes de piña, morenos, integrales… Éste obrador aún conserva lo auténtico del mismo modo que el de su padre, el maestro de cuantos horneros amasan cada día, guarda en sus entrañas lo castizo de esta tierra que nos dio mare.
Sin embargo, ahora los hornos son de Gas-oil, por eso ese olorcito de leña mezclado con el pan calentito se ha esfumado para siempre. Ahora sólo nos queda el del pan. La ventaja es que los hornos de Gas-oil, como disponen cámaras especiales para los humos, no emiten ese hedor ni a motor Diesel ni a nada parecido, sólo a pan. Si no, procúrense un paseo por las inmediaciones de un obrador y ya verán lo que les digo. No obstante, sigo añorando lo de hace años. El horno de leña tiene su puntito y ese siempre perdurará en mi memoria por siempre jamás.
Recuerdo que cuando subía calle Monterero ya se dejaba ver atestado de troncos el camión de la leña y a Javi con sus hermanos y camiseta sujeta al cinturón del pantalón, atiborrando la carretilla que los ayudaba a transportarla hasta el patio del fondo donde se acumulaban yo no sé la de toneladas de palos. El horno siempre permanecía encendido aun cuando no se cocía pan, y caldeaba las dos plantas del edificio. Los veranos los recuerdo allí adentro peores que en el desierto del Sahara, pero las noches de las más asombrosas.
Algunas de esas nocturnidades las pasé en la tahona San Isidro ayudando a estorbar —no sabía hacer otra cosa—, y cuando a altas horas de la madrugada pasaban por allí los trasnochadores buscando el catre se decían unos a otros: “Quillo, no veas qué olorcito a pan”. Y así era. Esa fragancia se quedaba en el barrio toda la noche. En cambio ahora, como usted sabe, si el obrador se cierra a cal y canto no olfateamos lo tostado de toda la vida. Pero no se desanimen, en algún rincón de los de antes quedan a merced de nuestras fosas nasales y nuestros recuerdos más puros el olor a pan recién hecho, y prueba de ello es que ese aroma de Panadería San Isidro ha franqueado todas las provincias de nuestra comunidad y embalsamará toda la región andaluza. La mano de obra de esta casa ha sido seleccionada, junto a otros afamados productores de nuestra región, para hacer el pan de Denominación de Origen de nuestra tierra, y eso, para que vean, no sé si se debe al olor, pero, desde luego, sí a la calidad artesanal de unas manos que durante muchas décadas han llenado los estómagos de muchos algecireños.
Ojalá, y vaya por delante mi más sincera enhorabuena a la familia panadera más popular de Algeciras, seamos conscientes de la importancia de esta selección y conservemos para las generaciones venideras la tradición más antigua: hacer pan. Y eso se consigue comprando la hogaza donde toda la vida.
0 comentarios