PUBLICADO 2005
Sobre el respeto y la convivencia se han redactado toneladas de papeles. Tomando como referente el respeto, por ejemplo, se escribieron leyes, constituciones y los tratados más trascendentales para la humanidad y el bien común. La creación de una sociedad más justa y una avenencia sin precedentes se basaron en la consideración y la tolerancia mutua entre las personas y los pueblos. Esto, por supuesto, costó la vida a muchos pensadores y gentes de todos los fondos intelectuales que, a base de constancia y dedicación, lograron convencernos a los demás humanos de lo fundamental de la estima para una vida compartida.
No obstante, somos conscientes de que las reglas de ese juego no se “respeta” y, por consiguiente, no se hace cálida la vida en sociedad o, simplemente, matrimonial, maternal y paternal o entre amigos. Es decir, que cada vez más nos cuesta más honrar al otro. ¿Por qué? Pues posiblemente se deba a que nos agota hasta la saciedad compartir nuestras vidas por razones obvias, o sea, por falta de respeto del otro o de uno hacia esa persona. La cuestión es que, a partir de la dureza con la que tratamos los sentimientos más puros de nuestros vecinos, maridos o esposas, pareja de hecho o lo que sea, tiende a acrecentarse las distancias y, por lo tanto, la falta de diálogo y de sentido en una sociedad o, como ya cité antes, en la vida en pareja o familiar.
A mi juicio —y que conste que sólo pretendo compartir un análisis individual—, los vascos, o el lehendakari Ibarretxe, deben comprender que toda base de éxito reside en el respeto mutuo. El respeto a la igualdad de las clases y las sociedades, el respeto a decidir o pensar lo que cada uno estime oportuno y también el respeto hacia un pueblo que, de común acuerdo, creó una Constitución con el ánimo de amparar a todos y cada uno de los ciudadanos, sin distinciones o exclusiones. Como también considero legítimo (aunque no lo comparto) que los vascos, una mayoría de los vascos, una minoría de los vascos o solo un vascuence, deseen desvincularse de la administración central y, para ello, hayan creado un plan, el llamado Plan Ibarretxe. Eso, a mi entender, se llama respeto. Respeto al deseo de un pueblo o un sujeto a alejarse del resto. Simplemente eso, respeto. A partir de ese punto, como ya vengo señalando desde el comienzo, la consolidación de las relaciones entre pueblos o naciones se hace posible. Tanto, que las probabilidades de éxito pueden alcanzar su cota más alta.
Pues bien, dicho esto, si las relaciones en pareja no llegan a esa reflexión, buena gana seguir adelante. Buena gana pretender ganar un hueco en el espacio del otro o de los otros si ni si quiera somos capaces de tener como bandera lo fundamental para ser felices el uno con el otro u otros o, individualmente. Me he referido en buena parte de este artículo a las parejas tomándolas como sustento o como ejemplo de por dónde debemos comenzar nuestras andadas, porque, como no sé si ustedes sabrán, una grandísima mayoría de las separaciones y divorcios que se producen diariamente en nuestro país se debe, precisamente, a esa falta de entendimiento, de respeto a los sentimientos del uno o del otro.
Me gustaría pues —para evitar males mayores y conllevar una vida compartida felizmente—, que todos y todas nos dedicásemos de vez en cuando a disertar sobre la cuestión que les expongo con entusiasmo, pues el laurel se forja a base de eso: de consideración, estima, aprecio, miramiento, veneración, admiración, reverencia, adoración… En fin, en una sola palabra suena así: RESPETO.
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