PUBLICADO 2005
A mí me da que los alemanes, o lo ingleses —porque son estos dos los que tienen más fama de gustarles el sol candente—, no saben lo que es un protector solar. Y si conocen el producto guardián a nuestra piel, pasan tres kilos de la historia; o bien pasan de los que recomiendan embadurnarse de esa viscosidad hasta parecernos un bollo con manteca. Si pretenden aprovechar al máximo nuestro Lorenzo, lo hacen de la peor manera.
Desde luego, yo prefiero parecerme a un bocata de margarina que a una gamba o una nécora, porque, dicho sea de paso, las noches, cuando uno se achicharra al medio día en la playa, no duerme del acaloramiento que desahucia nuestro body. Esto viene a cuento de que el otro día observé en la playa —allá por Caños de Meca— a un guiri que más que un hombre enérgico y contemplativo se asemejaba a cualquier marisco. Y creo que no fue un descuido del turista, sino más bien un empecinamiento en hacer pareja con las gambas de Sanlucar. Además, los veo en todas partes mostrando el mismo color tinto: en Marbella, en Estepona, en Málaga, en Tarifa, en Getares, en el Rinconcillo o en cualquier punto del litoral español; o en las islas, que también cuentan y en ellas me los he topado más coloraos que el tomate de un gazpacho. Debo admitir que ellos no disfrutan tanto como nosotros del sol el resto del año y que por eso se emborrachan del mismo, pero en su país no deben dar recomendaciones contra los cánceres de piel como lo hacen aquí cada día y cada noche.
Me puedo imaginar a ese señor dando vueltas en la cama a las tres de la madrugada dejándose la epidermis ampollada sobre la áspera sábana del hotel y pidiéndole a su pareja que se aleje de él al menos cuatro metros o que deje de propinarle manotazos en los hombros y espalda. Me lo imagino pidiendo un refrigerio epidérmico específico o la cubitera de hielo del mini bar para refregársela por todo el cuerpo. Y no es exagerado lo que les cuento, ustedes se habrán encontrado en las playas a hombres y mujeres luciendo un rojo chillón alguna vez, y supongo que también se habrán echado las manos a la cabeza de sólo pensar la nochecita que les espera.
La mayor parte del día, aunque se abstengan de ir a la playa, les ocurre lo mismo mientras pasean por una concurrida avenida costera, porque como visten bermudas —cosa que me parece muy acertada en esta época sofocante, yo también me las enfundo— y no se protegen las piernas, pues uno piensa que el colega está fabricado a dos colores: rojo por abajo y por arriba, blanco impoluto por los muslos abdomen y pecho. No sé, una especie de helado de fresa y vainilla, quizá.
La mochila que cuelga de sus hombros la lleva inmóvil. Al caminar, ésta roza agresivamente con la clavícula y les deja la piel de la zona en cuestión, hecha un asco: raspada; como cuando lijamos un listón de madera. A esto hay que unirle las chanclas del dedo —llamo así a las playeras que se sujetan al pie sólo por el empeine y el hueco del dedo gordo de cada uno— dejándoles las marcas mariscadas sobre sus pies, a lo que también hay que adherir un posterior roce con las sábanas del hotelito, o de cualquier otro calzado; eso los obliga a seguir utilizando el mismo porque unos náuticos los haría polvo.
Sólo se alivian interiormente, me explico. Hay días en los que apenas salen del chiringuito. Las jarras de cervezas vuelan. Unas tras otra. Y una comida ligerita; como por ejemplo una ensalada, que refrigera muy bien la sangre y la dermis. Luego, de regreso a sus países de origen, imagínense el cambio de temperaturas: de salir de España hirviendo como un puchero, a encontrarse, en un plís-plás, con temperaturas muy bajas. El cuerpo debe, entonces, sufrir una fuerte contracción que, unida al volcán corporal, debe ser algo así como los Jameos del Agua en Lanzarote. Una especie de pichchchch, puf. Si alguno de ellos me está leyendo, le recomiendo que se protejan, porque aquí pega el sol con muy mala leche.
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