PUBLICADO 2005
Algunas veces, cuando contemplo comportamientos nada nuevos en muchas personas, esbozo una sonrisa un tanto extraña que refleja más bien el alucine con el que me detengo ante la falsa y la comedia de la gestión de algunos para salvar determinadas situaciones. Y es cuando más cuenta me doy de que somos una sociedad vacía, despoblada, pobre y patatera —nada desconocido lo que les digo, por cierto—. Además de mentirosa. Y mal guiada o aconsejada, y mal nutrida de principios que ante el espantoso espejo que a veces nos hace volver el careto de vergüenza pretendemos disfrazar de otra cosa que en nada se parezca a nosotros mismos. Pero más me duelen los higadillos cuando descubro el aprovechamiento desleal de terceros que, al no poder mostrar su deseosa repulsa dando los morros, lo hacen desde el agujero que los ampara pero que los descubre, porque a la vista están.
Me pregunto qué pensarán de nosotros los que están cumpliendo condena en el trullo, los enfermos de SIDA o los alcohólicos cuando leen en la prensa, o ven en la tele u oyen en la radio, en lo pamplinas que nos hemos convertido al creernos o alegrarnos de que una asociación, un departamento gubernamental o cualquier oenegé que se nutre de las subvenciones o de la buena voluntad de los que en un tiempo reciente acorralaban a sus vecinos, anuncian un programa, o plan, o lo que sea, para reinsertarlos en esta sociedad más falta de porte humano que de coches de lujos y tanta pamplina. Se deben decir los que se sienten marginados, que eso de la reinserción no nos lo creemos ni nosotros. Porque no me digan ustedes que el rechazo social absoluto que en ocasiones descubrimos, es lo más justo para unas personas que vislumbran desde sus balconadas rechazadas ya desde el principio cómo todo un pueblo los señala con el dedo y los desprecia privándoles, incluso, de su derecho más legítimo que, por añadidura, se escribe con letras claras en la Constitución española. Letras claras, sí, pero también negras, oscuras como el futuro al que estamos contribuyendo a construir entre todos. Mientras, éste ramo desechado por mayoría absoluta, permanece en la gélida sombra de aquella sociedad más lamentable a la espera de que le toque el turno de defensa, un turno que, como no puede ser de otro modo, se le otorgará cuando también los que publicitamos tan mísero gesto social creamos oportuno. Nada de esto me parece justo. Tampoco me resulta plausible que un malhechor, por haber cometido o incurrido en un comportamiento delictivo, esté campando a sus anchas por cualquier rincón de nuestra ciudad. Creo pues, que todo aquel que comete, o presuntamente comete un delito, debe pagar por ello. Pongamos como ejemplo la batahola que montó Farruquito, que se ha librado del talego por aquello que hizo y la que se ha formado con el chaval que va a pringar en el trullo unos añitos por dar la del pulpo a un conductor que le calentó los huevos. Pues así las cosas, y no pudiendo apartar la vista de mi espejo, no me cabe más que repudiar tales gestos de amotinamiento, a veces inicuos —aunque de iniquidades solo sabemos en Navidad, que es cuando más solidarios somos—, que no arriban en los puertos de mejor calado, porque de ése modo no impediremos que siga habiendo gente dispuestas a esquinar el bienestar social y la paz entre nosotros (aquella paz por la que brindamos en Año Nuevo después de la ingestión de uvas). Creo, del mismo modo, porque es nuestra obligación y condición de seres civilizados, que debemos contribuir a la reinserción en todas sus reglas. Porque si no somos nosotros los que estemos dispuestos a tomar esas riendas, que coexistimos como los principales guardianes de una vida digna y en sociedad, no pretendamos que lo haga nadie ajeno a nuestras culpas, esas de las que también nosotros somos a veces poseedores.
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