PUBLICADO 2005
Con nuestros recuerdos ocurre lo mismo que con el spot de la lotería de navidad y la campaña de juguetes, que siempre vuelven por estas fechas. El turrón también está apareciendo ya y con él la banda sonora que atrae a nuestra memoria ese ser querido que está lejos o ya desaparecido. Ya empiezan nuestras conciencias a tomar provecho de nuestros corazones. Comenzamos también a ver en los espacios publicitarios de los periódicos esas fotos reivindicativas en las que aparece un niño atenazado a su madre con su inocente rostro poblado de moscas; “colabora con 1 euro”, reclama el anuncio. Los más pobres de este país se agolpan a las puertas de las grandes superficies para solicitarnos ayuda económica cuando salimos con el carro hasta las trancas. Las asociaciones de vecinos colaboran en la recogida de juguetes para repartir el seis de enero y las cadenas de televisión subasta los objetos personales de los famosos. Y todo esto se me antoja loable, digno de cualquier ser humano, pero, ¿y la soledad? ¿Qué hacemos con los que están solos?
No hace mucho, advertí una mirada confusa en un señor de avanzada edad, yo diría que podía rondar los ochenta, y fue precisamente su aparente buen estado de salud el que me hizo fijar un gran interés en aquel decepcionado rostro con ojos agotados de tanto ver la crueldad a la que posiblemente se enfrentaba. Sin embargo, ahí estaba, de una pieza, aguantando el tirón. Aquellos vientos y mareas quedaron atrás hacía tres lustros. Ahora se encaraba a algo peor. Y fíjense que yo, precisamente pasmado por su fortaleza, deseé llegar a su edad, estar como aquel hombre.
Al cabo, cuando comprendí el verdadero motivo de su plácida observación al infinito, descubrí la inexpugnable tapadera que le cubría. Ni su buen estado físico ni los años de dedicación a sus cuidados, lograron hacerle del todo feliz cuando llegó a esa cumbre de sabiduría. A esa montaña que desde abajo contempló y a la que de llegar a alcanzar, deseaba hacerlo de la forma más honesta y responsable. Orgulloso de haber conquistado tales latitudes, el señor aquel estaba derrotado. Hastiado ya. No deseaba sino proseguir respirando el aire aquel que, en un tiempo ya remoto, estaba limpio, puro, como también el alma de los que nunca le hubiesen dejado más solo que nunca. En aquellos tiempos, debió recordar el anciano, cuidábamos de los nuestros: mi padre y mi madre. De mi tía Frasquita y de mi tío Pacuelo. De mi hermana, mi abuela, que tan bien aseaba mi madre cada mañana. Aquellos tiempos en los que no era necesario guardar cola en ninguna administración para que te diesen un techo digno bajo el que encontrar un soplo de compañía. ¿Antes? Nada de eso. Se obligó a decir una y otra vez. ¿La pensión? Bueno, para comer llega, y para pagar la luz y el agua. Pero me llega. Se consoló el hombre. En cambio, la soledad… La soledad no se compra ni se vende, la soledad se tiene o no se tiene. La soledad es mía y la muy jodida está sentada a mi lado. Y de aquí no se va. Ni falta que hace ya. Ésta es mía, para siempre. En otro tiempo —recordaría también— no hubiese dejado solos a mis padres, ¡por Dios! ¿En qué cabeza cabe? ¡Ni hablar! Ahora mis hijos tienen muchos gastos… Los colegios de mis nietas, los coches esos con Turbo, el chalet, el inglés de mi Carmina... No, no. Qué va. Mejor seguir así que crear un problema. Mejor guardar cola en la administración, ¿no lo hacen los parados? ¿Por qué no yo? En mis tiempos había trabajo para todos, también sitio en nuestras casas para los nuestros. Ahora, ni hay trabajo ni un techo efusivo que te diga cada mañana: Buenos días, abuelete. En fin, esta soledad es mía, y punto. Siempre fui un hombre fuerte, ¿por qué no he de serlo ahora? Claro que, si viviera mi… —supuse que su memoria enmudeció porque de sus ojos brotaron, casi trabajosamente, unas lágrimas—. En su dedo anular lucía dos anillos de compromiso: el suyo y el de la mujer que una vez le acompañó. Aquella a la que recordó, creo yo. Un pañuelo inmaculado extraído sigilosamente del bolsillo del pantalón absorbió el dolor. Luego de secarse, se levantó enérgicamente y se marchó, posiblemente camino de algún asilo en el que apostarse a la cola y contar a otros como él que ya mismo le toca entrar.
Me gustaría saber, quién va a pagar un anuncio en todos los medios de comunicación pidiendo a nuestras conciencias que no dejemos solos a los nuestros. Porque dicho sea de paso, en verano sí pagan para que no dejemos desatendidos a los perros.
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