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PONIENTE FLOJO & Isaías Bueno

PUBLICADO 2005

Isaías Bueno.Tomarse la tensión

Acaba de llegar de tomarse la tensión (que es como mi primo Miguel, un madriles chulapo y garboso,  llama a trincarse un tinto de verano)  del bar de Antonio. Cae sobre nosotros un sol de justicia y la irritante arena empieza a cocernos, de abajo hacia arriba, como a un cordero unas ascuas. No cesamos de destilar por nuestra porosidad, que cada vez más se asemeja a las esponjas esas de mar que emana una viscosidad albina,  la atragantada del día anterior —por eso dicen que sudar es bueno, porque desintoxica—. La orilla está repleta de niños jugando y transeúntes que se refrigeran los pies librando el filo de la playa de punta a rabo sorteando a los que se detuvieron en la arista misma del mar para relatar sus vivencias playeras  a los conocidos y largar fiesta de cómo está el mundo de mal hecho. A mi derecha, observo a una señora embadurnando a su nieto: lo está poniendo pastelito de merengue. A mi izquierda, cada miembro de mi familia se trae una retahíla disímil. Pero yo no los oigo. Yo a lo mío: a observar a fondo el entorno al que asisto cada año.

El agua del mar la juzgo cortante: es poniente. Fuera me ahogo. Pero me pienso el chapuzón dos veces: para penetrar ese iceberg que se presenta ante mí, hay que tener la talega muy en su sitio; y luego no urges en el interior de ella, porque no encuentras nada. A esto que se acerca a la sombrilla Manolo, un amigo que cada año abre la temporada de baño en Getares. Me pregunta lo que todos nos preguntamos al encontrarnos: “¿Cómo estás? ¿Ya has cogido las vacaciones?” Al cabo se marcha y se une a los que recorren el arenal desde Chinarrá hasta más allá del Pícaro. Al final le echo huevos al asunto y me zambullo de un tirón. Mi cuerpo reacciona de inmediato y se rila en tó lo que se menea. Pero la leche, esto no lo aguanta ni los pingüinos. Me salgo del agua y retorno a la agrupación de sombrillas: deben ser cuatro o cinco. Al final me inclino más a tomarme la tensión y advierto al resto del personal. Sólo nos apuntamos cuatro. Nos separan del bar unos cincuenta metros, está a la vuelta de la esquina. La mala leche de la arena nos abrasa las plantas de los pies. Aligeramos el paso, y en fila india nos dirigimos a lo de Antonio por la vereda de madera atravesada y, al llegar a las escaleras, joder, es como si acabásemos de conquistar el Everest, pero en calentito. La sombra del toldo del bar nos envuelve y sentimos una ligera brisa fresquita que nos anuncia que ya hemos llegado. Los camareros que nos ven aproximarnos se disponen a tomar posiciones, cada uno a su batería, y empieza el bombardeo de cubitos de hielo, de aceitunas, de sardinitas, y, cómo no, el riego veraniego para el que concibieron, por obra y gracia de Dios, los chiringuitos en las playas. El tinto con gaseosa.

Ya son las dos de la tarde. Hay que volver al secano para desmontar el tenderete de sombrillas, coger las bolsas con las pesadas toallas, los cacharros de los niños y buscar las zapatillas de entre los castillos de arena para luego aliviar los pies en el grifito que habilitan para tal fin. Pero antes de meter mano al asunto, llenamos de nuevo y nos tomamos el penúltimo tinto. Ya no queremos más sardinas, porque de lo contrario nos quitaría el apetito. Apuramos el último trago y manos a la obra. Una vez retornado a la llama del viento del Oeste, me inclino con desaplicación a la bolsa de playa para coger sus asas y colgármela de un hombro. Desclavo la sombrilla y pliego su velamen. Una vez hasta las trancas, me dejo ir abatido por la tórrida llanura que conduce al caminito cutre que pone el ayuntamiento cada verano, y me digo: pues hasta mañana, por hoy ya está bien la cosa. Pero yo me tomaba el último. Miro hacia atrás y observo que toda la familia al completo sigue mis pasos. Y pregunto al grupo: ¿tomamos otra antes de irnos? Casi al unísono dicen ¡venga! Así pues, nos despojamos de los aparejos de las artes y las ciencias playeras y arribamos de nuevo lo de Antonio. Luego de aquello, comer y más tarde tumbin, que para eso están las vacaciones. ¿Qué no?

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