PUBLICADO 2005
Claro que existen en nuestra ciudad otros retiros realmente bellos, pero el que les describo a continuación es, al menos para mí, muy especial.
En la esquina de Mi Tienda, sito en la calle de San Juan con la de Cristóbal Colón, se alza una farola de dos lámparas con pie de hierro grisáceo de forja, adosada a unos asientos en forma de banco circular que la dejan en el centro presidiendo la unión de las dos vías. Pues bien. Hace unos días, en una de esas repentinas visitas que hago a un amigo que regenta un negocio anexo a Pronovias, me senté en el empedrado banco y sentí una extraña sensación de soledad. Desde luego no era momento de mucha concurrencia, pero me sugirió un lugar remoto y tranquilo.
A paso lento, libraban una madre y sus hijos, uniformados de colegio, los pocos metros que les debían separar de casa. Más allá, en el flanco izquierdo de mi posición, se dejaban ver tres rótulos de neón multicolores aún centelleando como también brillaban a mi espalda los del escaparate más próximo. Nada más girarme hacia atrás, atisbé a una joven que salía unos minutos al umbral de su trabajo para distraerse —al no haber público que atender— con aquella desolación que se me antojó infinita. Pero, al cabo, otra chica, también de corta edad, y muy risueña, se asomó a la puerta ataviada con una toca ceñida a los hombros y la espalda que la protegía del rocío helado que ya empezaba a formar parte del decorado.
A mi derecha, percibí un rumor de vasos y el resoplar de una cafetera exprés que Juan, mi otro amigo del bar La Verdad —como siempre el nombre de su negocio haciendo honor a su calidad humana—, ponía a tope para calentar la leche del café que le habría pedido un cliente aterido. Frente a mí, se disputaban unas compañeras de la peluquería de Guillermo, dos ciclomotores. El resto de la plantilla académica, como hicieran las hormiguillas almaceneras, salía de sus deberes y cerraban, a cal y canto, los cientos de peinados que aquel infinito día se habían salvado allí. Unas tras otras, las peluqueras, con el ánimo y el espíritu aún en lo más alto, bromeaban a la salida del trabajo y quedaban para otra jornada más al día siguiente. Y digno fue también, cuando a la llegada de un cliente la chica de la toca le invitaba a entrar en el local, aprovechando los últimos minutos, para que éste comprase la camisa del escaparate.
Una dependienta de Pronovias salió también de su impoluta tienda para respirar aire fresco e intercambiar una simpática sonrisa con la chica de Zalo, que ya se disponía a tomar el pesado cerrojo de las rejas y concluir un día comercial bueno o malo, no lo sé, pero un día al fin.
Poco a poco, sólo la luz fría de aquella farola que iluminaba por encima de mi cabeza, quedaba sentada justo a mi lado. Al tiempo que me estremecía enfundado en mi cazadora, Paco, el amigo al que reservaba el otro lado del banco, hacía chirriar la cortina metálica que protegía al escaparate de tanto cafre y me saludó. Yo me levanté y, cuando no habían transcurrido treinta segundos, nos fuimos de San Juan y Cristóbal Colón, dejando atrás aquel lóbrego decorado que, cual estudio de televisión se tratase, quedaba allí al amparo de ser, al menos para mí, un rincón bellísimo donde disfrutar de las cómplices miradas femeninas que te devuelven el ánimo y la compañía perdida en aquel pozo de negrura.
0 comentarios